Santa Elena: el legado de la verdad

Epilogo

Epílogo: La paz de las colinas verdes

(Tres años después)

El viento frío del norte golpeaba con fuerza, pero ya no era ese viento pastoso y lúgubre que solía meterse por los ventanales rotos del convento. Este era un aire limpio, con olor a lluvia fresca y a pasto mojado.

Tres años habían pasado desde la noche en que todo se prendió fuego. Tres años en los que la justicia argentina avanzó con los papeles de la caja , dejando al descubierto la red de horror del General, aunque el viejo demente siguiera prófugo en las sombras, postrado en alguna silla de ruedas clandestina. Pero en ese rincón del mundo, el miedo ya no tenía poder.

Anne caminaba despacio por los senderos de piedra de la Necrópolis de Glasgow, en Escocia. A su lado, como siempre, firmes como dos robles, caminaban Mauro y Alma, abrigados hasta la nariz para combatir el crudo clima escocés. Subieron la colina del cementerio victoriano, rodeados de monumentos antiguos y árboles altos, hasta llegar al imponente nicho de la familia de Alistair.

Frente a la piedra gris que llevaba grabado el apellido de sus ancestros, Anne se frenó. Mauro dio un paso adelante y, con total delicadeza, le entregó la urna de madera que habían traído desde Buenos Aires. Dentro descansaban las cenizas de sus padres, finalmente reunidas.

Anne acarició la madera tallada, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero esta vez no eran lágrimas de rabia, sino de un alivio profundo.

—Llegamos, papá y mamá, Alexis . Están en casa —susurró con la voz entrecortada, mientras Alma le apretaba el hombro con cariño.

Con la ayuda de Mauro, acomodaron la urna en el nicho familiar. Anne sacó del bolsillo una copia de la foto que había encontrado bajo el altar: la de Alistair y su madre sonriendo, jóvenes y libres, y la dejó junto a ellos. Al lado, colocó también la foto de su hermanito chiquito. El círculo por fin se había cerrado; la verdad les había devuelto su lugar en el mundo.

Mauro miró hacia el horizonte, donde las agujas de la catedral de Glasgow se recortaban contra el cielo gris de Escocia, y suspiró hondo, pasando un brazo por los hombros de Anne.

—Lo lograste, —le dijo Mauro con una sonrisa franca, esa sonrisa que ya no tenía rastro de culpas ni amenazas—. Los trajiste de vuelta.

Anne apoyó la cabeza en su hombro, mirando las colinas verdes a lo lejos. El General Fitzgerald podía estar escondido en cualquier agujero del mapa, rumiando su locura y su derrota, pero ellos tres caminaban bajo la luz. Habían sobrevivido, se tenían el uno al otro, y el legado de su familia descansaba, por fin, en una paz eterna e inquebrantable.




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