Santa Marta

Capítulo 2 - La noche de las frutillas

En menos de una semana, lo que había empezado como simple compañía se volvió un vínculo profundo, se eligieron sin decirlo. Se entendían en miradas, se cuidaban en gestos mínimos, y sin darse cuenta se volvieron algo parecido a hermanas sin lazo de sangre.

Aquel día el internado estaba más ruidoso de lo habitual. Desde la ventana del pasillo, Anne y Alma habían visto llegar el carro de la mercadería. Era grande, gris,algo gastado por el paso del tiempo, y traía el olor a campo mezclado con madera húmeda.

Los cajones se bajaban uno tras otro. Frutas, verduras, pan recién llegado de la ciudad. Pero lo que más les llamó la atención fueron las frutillas.

Estaban perfectamente acomodadas, rojas como pequeñas luces atrapadas en cajas de madera.

-Mirá eso... -susurró Alma, pegando la frente al vidrio y saboreando con la imaginación

Anne no respondió de inmediato. Solo las miraba, imaginando su sabor

Esa noche, ya en la habitación, el internado parecía más silencioso que nunca. Las monjas habían apagado casi todas las luces

-Podemos bajar cuando todo esté tranquilo... -murmuró Alma, sin mirar a Anne directamente.

Anne tardó en responder. Sabia que no debían pero la tentación era más fuerte

-Solo algunas... -dijo al fin-. Solo las que podamos agarrar rápido.

Se quedaron en silencio. Era un acuerdo sin palabras.

Cuando todo pareció dormido, se levantaron con cuidado. Los pies descalzos apenas hacían ruido sobre el suelo frío.

se movieron con cuidado dentro del cuarto. Nadie hablaba en voz alta; no hacía falta. El plan ya estaba en sus miradas.

Bajar rápido.Y volver antes de que alguien notara su ausencia.

Lo que ellas no sabían era que, en la cama de la esquina del cuarto vecino, una niña había abierto los ojos.

No era valiente. Nunca lo había sido.

Cuando escuchó el mínimo roce de la puerta, se incorporó apenas, lo suficiente para ver.

Y las vio.

El pasillo era una línea larga de sombras, y cada puerta cerrada parecía observarlas.

Bajaron lentamente las escaleras, conteniendo la respiración en cada escalón.

El orfanato era grande, con pasillos largos y fríos que se estiraban como si no tuvieran final.

Las habitaciones de las niñas quedaban en el ala más alejada de la cocina y del depósito. Para ir de un lado al otro había que atravesar corredores oscuros, apenas iluminados por lámparas viejas que parpadeaban cuando querían.

Esa noche, el silencio era más pesado de lo habitual.

Sus sombras se alargaban en el pasillo como si el mismo edificio las tragara.

El silencio volvió a tragarse todo.

Cada paso descalzo era un pequeño riesgo.

-No hagas ruido... -susurró Alma.

Anne asintió sin hablar.

Avanzaron despacio, pegadas a la pared,

Cuando por fin llegaron, la puerta estaba apenas entreabierta.

Adentro, la cocina era un espacio grande, oscuro, con mesas largas y ollas colgando que reflejaban la poca luz como sombras quietas.

Y ahí estaban.

Las frutillas.

En una de las mesas, dentro de cajones de madera, rojas, brillantes, como si el resto del mundo no existiera.

-Ahí están... -murmuró Alma, con una sonrisa nerviosa.

Sin pensarlo demasiado, se acercaron rápido. Tomaron algunas con cuidado, casi con alegría, como si por un momento se olvidaran del miedo.

Fue entonces cuando escucharon el sonido.

Un paso luego otro.

Desde el pasillo exterior.

Las dos se quedaron quietas de inmediato.

El corazón de Anne golpeó fuerte.




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