Santa Marta

Capítulo 4- Las parias

La hermana Ester las obligó a permanecer de pie frente a todo el comedor, mientras las demás niñas desayunaban en silencio

-Robar ya es suficientemente grave -dijo con dureza-, pero destruir la cocina del convento... desperdiciar mercadería eso es imperdonable un pecado gravísimo

Anne tragó saliva.

-Nosotras no rompimos todo eso...

-¡Basta de mentiras! -la interrumpió la monja golpeando la mesa con la palma-. Fueron vistas entrando ala cosina anoche.

Alma bajó la mirada. Sentía las mejillas arderle de vergüenza mientras las demás niñas las observaban desde lejos.

-Van a limpiar cada rincón ustedes solas por una y no saldrán hasta dejar todo impecable.

Les entregaron baldes, trapos y cepillos. Apenas la puerta se cerró detrás de la hermana Ester, el silencio cayó pesado sobre ambas.

Por un momento solo se escuchó el sonido del agua y el roce de los trapos contra el piso pegajoso de frutilla aplastada.

Luego ya cuando estuvieron solas

Alma fue la primera en hablar

-nosotras no dejamos la cocina así-

-si pero nadie va a creemos -le contestó Anne ,levantando un cajón vacío para ponerlo sobre la mesa visiblemente afectada mientras su
Barriga protestaba a gritos
-debemos averiguar quién lo hizo y limpiar nuestros nombres - dijo alma con solemnidad a quién también
las tripas le sonaba como acompañando

Para cuando llegó la tarde, Anne y Alma además de estar muy cansadas ya se sentían completamente apartadas del resto.

Ninguna niña quería sentarse cerca de ellas.
Algunas las ignoraban al pasar; otras les lanzaban miradas llenas de enojo o algún insulto. El rumor se había extendido rápido por todo el convento de que por su culpa no habría postre en días.
Las frutillas destinadas a los postres de la semana habían quedado arruinadas en el desastre de la cocina y otra parte de la mercadería terminó echándose a perder.
Las monjas repetían una y otra vez que el proveedor no volvería hasta la semana siguiente, así que tendrían que arreglarse con lo poco que quedaba.
eso solo empeoró el humor de todas.
Las hermanas pasaban y ni una mirada les dirigian
La cena fue silenciosa y triste: sopa aguada y pan duro.
Las monjas parecían decididas a lograr que las otras internas terminaran odiándolas.
Anne revolvía la cuchara sin ganas mientras sentía las miradas clavadas sobre ellas.
Alma permanecía callada a su lado incapaz de levantar la vista.

-Genial... ahora comeremos basura toda la semana -murmuró una niña desde otra mesa y otra vez el murmullo castigador

Anne apretó fuerte los labios.

Nunca antes se había sentido tan observada. Tan culpable.

Pero, en el fondo, algo seguía molestándole más que los castigos o las miradas.

Ella sabía que no habían echo nada más que llevarse un par de frutillas

No podia entender quién había destruido la cocina




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