La mañana las despertó entre gritos y atropellos de las chicas, que corrían de un lado a otro vistiéndose, eligiendo prendas a último momento y peinándose a las apuradas.
Alma despertó a Anne, que dormia como un tronco.
-Vamos, arriba, que se nos hace tarde.
-Ahhhh... soñé lindo -dijo Anne, desperezándose.
-Bueno, arriba...
Y así, de un salto, bajó de la cama. Ya estaba vestida.
Alma la miró con gracia.
-¿Y eso? -preguntó, señalándole la ropa puesta.
-Ahorré tiempo -contestó Anne, guiñándole un ojo con una sonrisa-. Vamos, nos peinamos, nos lavamos la cara y ¡voilà!
Ella siempre era tan ocurrente y graciosa. Anne nunca se despertaba de mal humor.
Alma sonrió mirando a su amiga, la tomó del brazo y juntas salieron hacia el baño, donde las demás peleaban por un lugar frente al espejo.
Luego del desayuno, salieron en fila hacia el patio por indicaciones de las hermanas. El micro ya estaba afuera esperándolas y la emoción se notaba en todos esos rostros.
Una vez en marcha, alegraban el viaje cantando canciones, riendo y comiendo los pochoclos caseros que las hermanas les habían preparado. El ambiente estaba lleno de alegría.
Ya llegando, las hermanas volvieron a contar cabezas, igual que al subir. Bajaron unas cuadras antes, ya que el micro no podía estacionar más adelante, así que caminaron el resto del camino observando los negocios, las luces y a los vendedores ambulantes. Estaban maravilladas con todo.
Eran un grupo grande: treinta chicas de diferentes edades y ocho monjas que las rodeaban, temerosas de perder a alguna.
-No se separen, chicas.
Ese parecía ser el canto de ellas; cada cinco minutos repetían lo mismo.
En la entrada las recibieron y comenzaron una visita guiada antes de la función. Pero antes, las hermanas les dieron una pequeña cantidad de dinero para que pudieran comprarse algunas golosinas.
-¿Qué podemos comprar? -preguntó Alma, queriendo llevarse todo, aunque sabía que el dinero no alcanzaba. Además, las chicas estaban amontonadas y casi no les dejaban espacio; ellas eran demasiado menuditas para imponerse físicamente.
-Si compramos afuera va a ser más rápido y capaz hay otras cosas ricas -se le ocurrió a Anne.
Alma dudó, pero tenía ganas de comprar golosinas y ya no quería seguir esperando.
-Vamos por allá -Anne señaló una esquina contraria-. Las monjas no podrían vernos salir.
Y así lo hicieron. Se apartaron del grupo, mezclándose entre las demás personas.
Ya afuera del teatro recorrieron algunos negocios, pero todo era tan caro que terminaron comprando apenas unas pocas golosinas, prácticamente las mismas que habrían conseguido dentro del teatro. Así que decidieron volver.
Solo que no sabían cómo.
La gente caminaba en todas direcciones y, de repente, se sintieron mareadas.
-¿Y ahora? -preguntó Alma, angustiada.
-No sé... dejame pensar por dónde vinimos...
En realidad, Anne estaba muy asustada, pero no quería demostrarlo.
Empezaron a correr por las veredas llenas de gente, chocando contra las personas sin importarles nada. Solo querían volver al teatro, sin darse cuenta de que iban en dirección contraria.
Cansadas, terminaron sentándose en una banca frente a una cafetería. Alma ya lloraba bajito y Anne intentaba consolarla, sintiéndose culpable.
-Perdoname, Almita... yo y mis ideas...
Eso solo consiguió que Alma llorara todavía más.
-¿Les pasa algo? -preguntó un niño de unos diez u once años.
Las dos levantaron la vista sobresaltadas. El chico tenía el pelo oscuro despeinado, una campera enorme y una sonrisa tranquila que contrastaba con el caos que ellas sentían.
-Nos perdimos... -admitió Anne conteniendo las lágrimas ya que debía ser la fuerte de las dos
-Tenemos que volver al teatro -agregó Alma-, pero todas las calles parecen iguales.
El chico señaló hacia atrás con el pulgar.
-Yo conozco el teatro. Mi tío trabaja ahí... y mi viejo también anda seguido por la zona.
-¿Vos podés llevarnos? -preguntó Anne esperanzada.
-Claro. Me llamo Mauro -le paso la mano solemnemente - pero mejor díganme Mauri
-Yo soy Anne y ella Alma.
Alma saludó tímidamente con la mano.
El niño miró a Anne detenidamente
-me haces acordar a una frutilla
- ay que decís - alma.no.pudp.evitarlo y comenso a reírse con ganas
- si es que sos roja con pecas y las frutillas son asi- le dijo el chico con simplicidad levantando los hombros ,Anne lo miró enojada aunque le gustó más eso que zanahoria podrida
- no te ofendas frutillita , bueno volviendo al teatro podemos entrar por atrás -dijo Mauro con una sonrisa pícara-. Por donde entra la gente importante.
Los ojos de Anne brillaron enseguida.
-¿En serio?
-Las hermanas nos van a matar... -murmuró Alma.
-Solo miramos un poquito y volvemos -insistió Anne.-ahora que podemos volver y hacer como que no paso nada podemos ir asi
Mauro, las llevó por unas callecitas más angostas hasta llegar a una puerta metálica lateral. Miró a ambos lados antes de abrirla.
Adentro todo era distinto. Ya no estaban las luces elegantes ni el lujo de la entrada principal. Ahí había pasillos estrechos, olor a pintura, madera y telas viejas.
-Acá están los talleres -explicó Mauro mientras caminaban-. Hacen decorados y arreglan vestuarios.
Las niñas miraban fascinadas los enormes escenarios de cartón, las máscaras apoyadas contra las paredes y las telas brillantes colgadas por todos lados.
-Esto es mucho mejor que la visita guiada -susurró Anne maravillada.
-Shhh... -Mauro se rió-. Si nos descubren, estoy muerto.
Pasaron cerca de unos camerinos donde se escuchaban risas y música. Anne se asomó apenas por una puerta entreabierta.
-¡Mirá esos vestidos!
-Parecen de princesas... -susurró Alma sonriendo.
Mientras cruzaban uno de los pasillos de servicio, Mauro se adelantó unos pasos y aprovechó el amontonamiento de personas alrededor de una mesa con bebidas. Con una rapidez increíble tomó un pequeño paquete de caramelos y lo hizo desaparecer dentro de su campera.