Durante varios días después de la salida al teatro, las hermanas prácticamente no las dejaron solas ni un segundo.
Si iban al patio, Sor Ángeles las vigilaba desde una ventana.
Si caminaban hacia el comedor, alguna monja les recordaba que no debían separarse.
Y cada vez que Anne hacía un intento de alejarse demasiado, una voz aparecía detrás suyo como por arte de magia:
-Anne.
-¡Pero si no hice nada! -protestaba ella.
Alma apenas se reía, en el fondo estaba cansada de sentirse observada todo el tiempo.
Poco a poco, los días fueron recuperando su rutina habitual.
Las clases.
Los rezos.
Las camas tendidas a la perfección.
El ruido de las chicas corriendo por los pasillos antes de dormir.
Pero había algo en el hogar que empezaba a incomodarles.
Los ruidos.
Primero fueron pequeños golpes aislados en mitad de la noche.
Después pasos.
A veces murmullos apagados que parecían perderse detrás de las paredes.
-Seguro son las cañerías -decía Alma intentando convencerse sola.
Anne sabía que no era eso
-Las cañerías no caminan.
Una tarde lluviosa, Sor Ester las mandó a guardar unos libros viejos en un pasillo poco usado del segundo piso. Era una parte del hogar donde casi nunca iba nadie. El aire olía a humedad y las ventanas eran tan pequeñas que apenas entraba luz.
-Odio este lugar -murmuró Alma abrazando los libros contra el pecho.
-Pero a mi me encanta -respondió Anne divertida.
Mientras acomodaban cajas y libros polvorientos, Alma tropezó accidentalmente contra la pared.
El golpe produjo un sonido hueco.
Las dos se quedaron quietas.
Anne levantó lentamente la cabeza.
-Eso no sonó normal.
Alma volvió a apoyar la mano sobre la madera oscura que cubría la pared. Uno de los tablones se movió apenas bajo sus dedos.
-Anne...
La pelirroja dejó rápidamente los libros en el suelo y tiró con cuidado de la madera. El tablón cedió unos centímetros, dejando escapar una corriente de aire frío.
Detrás había oscuridad.
Oscuridad profunda.
Las dos abrieron grandes los ojos.
-Hay algo ahí atrás... -susurró Alma.
Anne sonrió fascinada.
-Te dije que este lugar escondía cosas raras.
De repente escucharon pasos acercándose.
Las niñas volvieron a colocar el tablón en su lugar tan rápido como pudieron justo antes de que Sor Ester apareciera doblando el pasillo.
-¿Por qué tardan tanto?
-N-no encontrábamos dónde iban estos libros -mintió Alma enseguida.
La monja las observó unos segundos antes de suspirar cansada.
-Apúrense.
Esa noche ninguna de las dos pudo dormir bien.
Y al día siguiente tampoco dejaron de pensar en el tablón.
Ni al otro.
Cada vez que pasaban cerca de aquel pasillo, Anne miraba de reojo hacia la pared.
Y cada noche los ruidos parecían escucharse más fuertes.
Hasta que una madrugada Alma abrió los ojos de golpe.
Tac
Tac.
Tac.
Alguien caminaba.
Se incorporó lentamente en la cama. Todo el dormitorio estaba oscuro y silencioso excepto por aquellos pasos lejanos.
Giró hacia la cama de Anne.
-Anne... despertate.
-¿Qué pasa...? -murmuró ella medio dormida.
-Los ruidos otra vez.
Entonces ambas los escucharon claramente.
Pasos.
Un golpe seco.
Y algo parecido a un susurro.
Anne se sentó despacio.
-Vienen del pasillo...
Alma de tragó saliva.
Por primera vez parecía nerviosa de verdad.
-¿Y si vienen del lugar del tablón?
Las dos se quedaron en silencio.
Sabían que era una mala idea.
Sabían que las hermanas podían castigarlas.
Sabían que tenían miedo.
Pero también necesitaban saber qué había ahí.
Así que, temblando y todavía en pijama, salieron lentamente de la habitación mientras el hogar entero descansaba
El piso de madera crujía bajo sus pies descalzos.
Anne llevaba una pequeña linterna que apenas iluminaba unos centímetros delante de ellas.
-No deberíamos estar haciendo esto... -susurró Alma abrazándose a sí misma.
-Ya llegamos hasta acá -contestó Anne intentando sonar valiente, aunque tenía la garganta apretada.
Las sombras de los santos colgados en las paredes parecían observarlas mientras avanzaban.
Cuando llegaron al pasillo abandonado, Anne retiró despacio el tablón flojo.
Un aire frío volvió a salir desde la abertura.
Las dos intercambiaron una mirada nerviosa.
-No veo nada... -murmuró Alma.
Anne acercó la linterna. Detrás del hueco había un pequeño espacio angosto, como un viejo corredor oculto entre las paredes del hogar.
-Dios mío... -se persino alma
-¿Entramos? -preguntó Anne casi emocionada.
Alma dudó unos segundos.
Después asintió.
Se metieron una detrás de la otra por el estrecho pasadizo. El lugar olía a tierra húmeda y madera vieja. Apenas podían caminar encorvadas.
Al principio solo se escuchaba su respiración.
Pero entonces...
Tac.
Las dos se congelaron.
Tac.
Otra vez.
Como si alguien caminara del otro lado de la pared.
-Anne... -susurró Alma aterrada.
-Shhh.
Siguieron avanzando lentamente hasta que el pequeño corredor desembocó en otro pasillo desconocido del hogar. Uno mucho más antiguo y descuidado.
Había puertas cerradas, muebles cubiertos con sábanas y ventanas altas por donde entraba apenas la luz azulada de la madrugada.
Entonces escucharon voces.
Anne apagó rápidamente la linterna.
Las dos se escondieron detrás de un viejo armario mientras observaban.
Entonces escucharon un ruido mucho más cerca.
Un crujido.
Como si alguien hubiera pisado madera justo detrás de ellas.
Anne giró la linterna de golpe hacia el fondo del viejo pasillo.
La luz apenas alcanzó a iluminar algo que se movió rápidamente entre las sombras.