Ahora nosotras somos las mayores
-¡Arriba, perezosas! Vamos, que es tarde -gritó la voz chillona de la hermana Ángeles, demostrando que hay cosas que nunca cambian.
Aquel grito atravesó el dormitorio como todas las mañanas, logrando que el día empezará con dolor de cabeza incluso antes de abrir los ojos.
Anne se tapó hasta las orejas con la almohada; hubiera dado cualquier cosa por dormir aunque fuera diez minutos más. Alma, en cambio, ya estaba despierta y terminaba de peinarse frente al pequeño espejo agrietado junto a su cama. Siempre había sido la más aplicada de las dos.
Habían pasado varios años desde aquella noche fatídica en la que, sin querer, terminaron enfrentándose a las chicas mayores del convento. Desde entonces, todo cambió.
Las amenazas, los castigos y el miedo a ser descubiertas les mostraron la peor cara de Santa Elena. Durante meses fueron el blanco de los maltratos de las otras niñas, obligándolas a abandonar las investigaciones y los juegos que antes llenaban sus tardes.
A Anne aún le quedaba una pequeña cicatriz sobre la ceja: un recuerdo permanente de que, dentro del convento, la curiosidad podía salir cara.
Aquello también moldeó sus personalidades. Anne, antes tan inquieta y divertida, se había vuelto más seria; aprendió a defenderse sola y a pelear si era necesario, ya no confiaba tan fácilmente en nadie.
Alma seguía siendo más tranquila, pero había dejado de ver el convento como un hogar. Ahora sabía que su único hogar era Anne, y que solo se tenían la una a la otra.
Bajaron al comedor para desayunar antes de los rezos matutinos. El ambiente olía a café quemado y a pan de ayer, el clásico aroma de Santa Elena.
Después vendría el micro que las llevaría a la escuela secundaria. Ya estaban en quinto y último año, así que trataban de no faltar nunca.
Deseaban graduarse y tener un plan claro antes de cumplir la mayoría de edad y abandonar el convento de una vez por todas. Habían planificado trabajar, estudiar y empezar una vida muy lejos de allí. Alma soñaba con estudiar Psicología, mientras que Anne quería convertirse en médica forense. Le fascinaba la idea de resolver crímenes, descubrir secretos y trabajar con cadáveres.
Mientras se mezclaban con el resto de las niñas en el comedor, una voz las interrumpió:
-Eh, zanahoria podrida, hoy exponemos. Espero que hayas estudiado -le gritó Clara.
-Cállate, narigona. Y más vale que no te trabes como siempre -respondió Anne de inmediato, sin mirarla mientras untaba su tostada.
A Clara se le borró la sonrisa de golpe y la mandíbula se le tensó. Le molestaba profundamente, de una forma casi enfermiza, que le recordaran esa parte de su cuerpo y el pasado del que tanto intentaba distanciarse aunque con los años sus facciones se habían armonizado , ese apodo nunca la dejo
-Se hace la inteligente y es la que nunca estudia -la defendió Alma, con una sonrisa de lado, aprovechando el punto débil de su compañera.
-¡Eso es mentira! -replicó Clara. Su voz sonó más aguda de lo normal, una reacción automática de pura rabia y frustración, aunque no pudo sostenerles la mirada. Después de todo, Anne y Alma siempre sacaban excelentes notas, mientras que ella apenas lograba aprobar raspando y aguantándose la humillación.
El repique de las campanas anunció que era hora de salir. Las alumnas se agolparon en el gran pasillo de entrada hacia el patio exterior, donde el micro escolar ya roncaba con el motor encendido. Al mismo tiempo, el pesado portón de hierro de la entrada principal se abrió para dejar pasar a un grupo de hombres de trabajo. La corriente de aire frío de la mañana golpeó la cara de Anne, pero no fue eso lo que la hizo detener el paso. Fueron dos de las personas que ingresaban mezcladas con hombres vestidos de obreros.
El primero era un muchacho apenas unos años mayor que ellas. Llevaba ropa gastada, adecuada para trabajar, y las mangas de la camisa arremangadas de forma descuidada. Sin embargo, cargaba las herramientas con una soltura que rozaba la insolencia y llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Tenía el pelo negro revuelto, ojos marrones profundamente traviesos y una sonrisa llamativa. Era increíblemente apuesto, pero lo que realmente perturbó a Anne fue una punzada de familiaridad en el pecho. Ella conocía esos ojos.
Caminando justo a su lado, desentonando por completo con las bolsas de cal y las herramientas de los albañiles, iba un hombre mucho mayor. Vestía un traje de corte impecable, elegante y sobrio, que parecía ridículo en medio de una obra en construcción. Lo que más destacaba de él era su cabello colorado, un tono similar al de Anne, aunque un poco menos encendido. Avanzaba con la cabeza sutilmente inclinada, lo que impedía ver bien los ojos, pero irradiaba una autoridad pesada, casi gélida.
Al pasar cerca de ellos, una extraña corriente de aire pareció arrastrar un escalofrío que recorrió la espalda de Anne. Se quedó estática, con la mochila colgando de un hombro.
En ese momento, sintiendo la intensidad de su mirada, el muchacho de pelo negro levantó la vista. Sus ojos marrones chocaron directamente con los de Anne. Lejos de incomodarse por haber sido descubierto
mirándola , su sonrisa se ensanchó y, con un movimiento rápido y fluido, le guiñó un ojo.
No fue un gesto de coqueteo común. Fue una chispa de complicidad absoluta. Una mirada que decía: Te conozco, sé que me conocés, y guárdame el secreto.
Anne abrió los ojos como platos y contuvo el aliento, completamente descolocada. ¿Qué hacía él ahí?
-¿Qué mirás tanto, Zanahoria? Caminá que nos deja el micro -susurró Alma, dándole un empujón suave con el hombro para hacerla reaccionar.
-Nada... -alcanzó a decir Anne, dejándose arrastrar hacia la salida, aunque giró la cabeza una última vez antes de cruzar la puerta-. Creo que conozco a ese chico, Alma. De verdad.
-¿A un albañil? Sí, seguro, tu amigo el de las mezclas -bromeó Alma mientras subían los altos escalones del micro.
Aquel muchacho seguía caminando por el patio interior junto al hombre colorado. Era la primera vez en su vida que pisaba el convento de Santa Elena, y se notaba: no dejaba de mirar las ventanas altas, las vigas, los pasillos y las cornisas con una curiosidad desmedida.
El micro arrancó con un traqueteo violento y avanzó lentamente por las calles arboladas . El murmullo del resto de las chicas llenaba el vehículo, mezclándose con el ruido del motor. Alma se acomodó en el asiento junto a la ventana y abrió su carpeta, repasando en voz alta los puntos clave de la exposición de historia
-...entonces, si el profesor pregunta sobre la guerra fría, acordate de los dos bloques , estados unidos capitalista vs unión soviética comunista no te olvides por qué Clara se va a desmayar en vivo y... ¿Anne? ¿Me estás escuchando?
Anne apenas pestañeaba. Tenía la mirada clavada en el vidrio empañado, pero su mente había viajado en el tiempo, lejos del convento. Recordó aquella excursión escolar de hace años. Recordó el pánico de haberse perdido con Alma en la inmensidad de ese enorme ciudad , alejadas del grupo. Y recordó al chico que apareció de la nada para rescatarlas.
Él no solo las había llevado de vuelta, sino que las había guiado con una facilidad asombrosa a través de los pasillos ocultos del teatro , los entrepisos y los rincones prohibidos que no eran de acceso para el público; se movía por las sombras como si fuera el dueño del lugar. había un detalle que nadie más en el mundo compartía: él era el único que se atrevía a llamarla "frutillita"
Aquella mirada en la entrada del convento no había dejado lugar a dudas. Mauro la había reconocido al instante. Un ladronzuelo experto en escabullirse, que se había criado con su papá y su tío aprendiendo los secretos del oficio, no creía que estubiera en Santa Elena para levantar una pared con ladrillos.
Se incorporó de golpe en el asiento, golpeando la rodilla contra el respaldo delantero. El micro ya se había alejado varias cuadras de Santa Elena.
-No puede ser... -murmuró, sintiendo que la sangre se le congelaba.
-¿Qué pasa? Me estás asustando -preguntó Alma, cerrando la carpeta de golpe al ver la palidez en el rostro de su hermana.
Anne giró lentamente hacia ella, con los ojos inyectados en una mezcla de asombro y alarma.
-Ese chico, el que entró con los albañiles... Es Mauro, Alma...es mauro
Alma frunció el ceño, completamente desconcertada por el cambio de ritmo.
-¿Mauro? ¿El chico del teatro? -El tono de Alma cambió, volviéndose más bajo, contagiada por la urgencia de Anne-. Pasaron años, Anne. Además, ¿qué haría él en el convento? Es imposible.
-Sii es él ...lose Alma, pensá un poco -susurró Anne, acercándose más a ella-. Me guiñó el ojo. Tenía esa misma sonrisa de cuando nos mostró los pasadizos prohibidos. Sabía exactamente quién era yo.
Anne volvió a mirar por la ventana trasera. A lo lejos, las torres grises del convento de Santa Elena empezaban a desaparecer detrás de la frondosa línea de los árboles. Una sensación pesada, como una piedra en el estómago, se instaló en su pecho. La adrenalina de haberlo encontrado se transformó rápidamente en una enorme alegría
Pero también le quedaba una pregunta,quién era ese hombre colorado tan elegante que caminaba a su lado como si fuera el dueño de todo.