Santa Marta

Capítulo 3 - Helados y recuerdos

Fueron caminando al pueblo que llevaba el mismo nombre que el orfanato. Recorrieron los negocios mientras comían un helado cada uno. Alma andaba los saltos con su crema del cielo que se le chorreaba por los dedos, mientras Anne la gastaba y Mauro las miraba divertido, disfrutando de verlas tan sueltas.
-¿Qué pasó luego de la salida del teatro? -quiso saber Mauro.
-Pues, como era de esperarse, nos castigaron -respondió Anne.
-Si no recuerdo mal, estuvimos como tres semanas limpiando la cocina y la capilla -interrumpió Alma, limpiándose la mano con un pañuelo.
-¡Noooo! Y luego se sumó lo de las chicas y sus novios; casi dos meses castigadas.
-¿Las chicas y sus novios? -se interesó Mauro.
-Pues resulta que... -las chicas le detallaron con lujo de detalles la noche en que, sin proponérselo, delataron a las mayores.
-¡Fua! Ustedes sí que no se pueden quedar quietas.
-Desde ahí las cosas cambiaron un montón -dijo Anne, pateando una piedrita.
-¿Por qué? -Mauro estaba genuinamente interesado.
-Es que las chicas se enojaron tanto que nos hacían la vida imposible, especialmente a Anne.
-Pero no entendí por qué salían de noche... A leguas se nota que es un lugar tétrico para salir cuando está oscuro.
-Es que a veces se escuchan cosas por la noche y queríamos ver qué eran.
-Sí, éramos re chusmas, nos creíamos detectives -acotó Alma sonriendo
-Jajaja, ¡y por eso se metieron en líos! ¿Y vos qué hiciste todo este tiempo? -preguntó Alma.
Mauro cambió el tono, poniéndose más serio:
-Yo seguí en las mismas. Mi viejo se metió a robar a una mansión en las afueras, Villa Éire creo que se llama. Cuestión que lo descubrieron y está preso. Yo zafé por poco; se me hizo tarde y le salió mal.
-Uhh, lo siento, Mauro -dijeron ambas, verdaderamente apenadas por él.
-No pasa nada, chicas. Sabía que tarde o temprano podría pasar algo así.
Ambas asintieron sin decir nada, ya que no querían lastimar más su herida.
Mauro, para cambiar de tema, miró para arriba y tiró:
-Che, ¿y qué escuchan? El otro día estuve por River, habían venido los Guns N' Roses... me quedé escuchando afuera un rato. Estaban Pappo y los Ratones Paranoicos de teloneros, terrible quilombo se armó. Me encantó.
Anne, con sus 16 años y ese carácter de fierro, saltó enseguida:
-A mí me gusta más el rock nacional, Los Redondos, de heavy metal Hermética, esa onda es lo más.
Alma, que tenía 17 y era la más romántica, puso cara de espanto y se defendió al toque:
-¡No! ¡A mí no me hables de eso! Yo soy más de Ricky Martin, Luis Miguel, cosas así, no me gusta el laterío que ni se entiende
Anne la miró riéndose, cargándola frente a Mauro:
-Es que no sabe nada de música, déjala, pobrecita... es un caso perdido -dijo Anne agarrándole la cabeza divirtiéndose a costa de Alma, mientras Alma le pegaba un empujoncito en el hombro, indignada pero también riéndose.
-¿Y ustedes cuándo dejan el convento? -preguntó Mauro después de un rato.
-Podemos estar hasta los 18 o los 21, la mayoría deja a los 18 -explicó Alma.
-Y nosotras no seremos la excepción -dijo Alma, soñadora.
-No, siempre que consigamos trabajo -corrigió Anne, más plantada en la realidad.
-Ajá, así podemos estudiar.
-¡Estudiar! Las dos cosas no son fáciles, el mundo fuera del convento es otra cosa, chicas.
-Lo sabemos, pero nosotras somos el Equipo Dinamita -dijeron ambas, golpeando sus puños una a otra.
Mauro las miró. No quería bajarlas de su burbuja, así que mejor se quedó callado.
-Bueno, volvamos, Anne. Ya van a ser las seis, lleguemos antes así nos evitamos regaños.
-Ok, vamos. ¿Nos acompañas?
-Pero solo la mitad del camino, sino me queda lejos la vuelta.
Las chicas estaban contentas de disfrutar la compañía de Mauro, así que la vuelta fue despacio mientras hablaban de todo un poco. El interés de él hacia Anne ya era imposible de disimular, y Alma caminaba un pasito más adelante, dándose cuenta de que algo estaba queriendo nacer ahí.
Cuando llegaron a la mitad del camino, donde el sol ya empezaba a caer y la tierra se ponía más oscura, tocó despedirse. Mauro se acercó primero a Alma, le dio un beso en la mejilla y un "cuidense". Pero cuando se dio vuelta hacia Anne, la cosa fue completamente distinta. Se acercaron y, al rozar sus mejillas para saludarse, el tiempo pareció detenerse. Fue un beso lento, que se estiró más de lo común. Sintieron una corriente extraña, algo fuerte que les movilizó el pecho a los dos y les aceleró los latidos. Se separaron mirándose a los ojos, un poco colorados y sin saber bien qué decir. Mauro se metió las manos en los bolsillos, les dio una última mirada de costado y pegó la vuelta.
Las chicas siguieron caminando hacia el orfanato. Anne iba en silencio, todavía sintiendo el calor del beso en la cara.
Al llegar, Sor Ángeles las estaba esperando en la puerta de entrada. Las chicas sintieron una mezcla de miedo y escalofríos al ver la silueta de la monja recortada en la penumbra. El portón de hierro pesado pareció chillar más fuerte que de costumbre al cerrarse detrás de ellas.
-Chicas, ¿dónde andaban? -preguntó con voz de reproche, clavándoles una mirada fría que parecía leerles la mente.
-Bajamos al pueblo, hermana -respondió Alma casi en un susurro, escondiendo las manos manchadas con helado.
-pero llegamos temprano -continuó Anne a la defensiva, tratando de disimular los nervios y esperando el reto.
Sor Ángeles se les quedó mirando las caras, disfrutando del silencio tenso que se había armado. Ella amaba ese tipo de situaciones con las internas; en un lugar tan gris donde nunca pasaba nada, lograr ponerlas nerviosas y asustadas era su mayor diversión. Tras unos segundos eternos, soltó una sonrisa indescifrable:
-Tranquilas, chicas, solo quería saber. Caminen para adentro.
Las chicas, por su parte, suspiraron aliviadas y apuraron el paso por el pasillo frío, sintiendo que dejaban atrás la libertad del pueblo para volver a encerrarse en su jaula de siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.