Santa Marta

Capitulo 4-Hermanas del corazon

El comedor de Santa Elena parecía zona de guerra. Habían corrido las mesas largas contra las paredes y el piso de granito estaba tapado de colchones viejos, uno al lado del otro. Las monjas les habían dicho que iban a reformar los dormitorios, empezando por el de ellas, y que por el polvo y el aire frío que entraba, por un tiempo el comedor sería una especie de campamento.

Esa noche, el ambiente era distinto. No estaban encerradas por edades en las habitaciones; estaban todas juntas en la penumbra, iluminadas apenas por un par de lámparas que Sor Ángeles les había dejado antes de cerrar la puerta. Lejos de dar miedo, el lugar se sentía extrañamente cálido, como si el encierro masivo las hubiera ablandado.

-Che, ¿vieron el lío que están haciendo los obreros del General? -susurró una de las chicas más grandes, acomodándose en su colchón-. Rompen todo, parece que buscan oro.

-Olvidate, lo que buscan es terminar rápido para que volvamos arriba -contestó otra.

De a poco, las voces se fueron cruzando en la oscuridad y la charla se puso más íntima. Sin la mirada vigilante de las monjas, empezaron a hablar de lo que hacían cuando las dejaban salir los fines de semana.

-A mí me fue bien el sábado -contó bajito una nena de doce años, con los ojos brillando-. Vinieron mis papás a buscarme. Fuimos a la plaza, me compraron unos alfajores... Los extraño un montón, pero bueno, mi viejo me explicó que todavía no tienen plata para mantenerme a mí y a mis hermanos juntos, por eso me tengo que quedar un tiempo más acá. Pero sé que me van a venir a buscar.

-Qué suerte tenés -suspiró otra desde el fondo-. Yo voy a lo de mi tía. Mis viejos murieron cuando era chica, pero por lo menos mi tía me cocina lo que me gusta y me cuenta historias de cuando mi mamá era joven. Dice que me parezco un montón a ella en la sonrisa.

Otra de las chicas se sumó

-A mí me dejaron acá cuando era muy chiquita... Mis viejos eran re jóvenes, no tenían un mango y se asustaron, no sabían qué hacer conmigo. Sor Ángeles me contó una vez que le prometieron que iban a volver cuando acomodaran su vida, pero bueno... se ve que nunca pudieron o se olvidaron de mí en el camino. Al menos sé que andan por ahí, supongo.

Las chicas seguían hablando, compartiendo pedacitos de sus vidas afuera. Alma escuchaba atenta, abrazando sus rodillas, suspiró y decidió compartir lo suyo:

-A mí me dejaron a los 9 años... Mi mamá murió en el parto. Mi papá se quedó conmigo hasta los cinco años más o menos . se asustó un montón con todo lo que pasó creo y no supo cómo manejarse ni cómo criarme así que me dejó en lo de mi tía, estuve ahí hasta que ella tuvo su primer hijo. mi tía dijo que no podía con todo busco a mi Papá pero no lo encontró así que me trajo acá. Sor Ángeles me contó una vez que ella prometió visitarme pero nunca vino

Las chicas asintieron en silencio, conmovidas por las historias.

Anne, en cambio, se quedó completamente muda. Se le hizo un nudo tremendo en la garganta. Escuchaba que una tenía papás pobres, la otra tenía una tía, la otra recordaba el olor de su casa... y ella no tenía nada. Absolutamente nada. Ella era la única en todo el convento que había sido abandonada ahí de bebé, como un paquete sin remitente.

Miraba el techo alto del comedor, escuchando las risas de fondo, pero su cabeza ya estaba en otro lado. Por primera vez en sus 16 años, el silencio de su pasado le dolió en serio. No dijo una sola palabra, pero para sus adentros se hizo la promesa más firme de su vida: Necesito saber quién soy. Necesito saber de dónde vengo.

El murmullo general se fue apagando de a poco. Las lámparas se apagaron y solo quedó el zumbido eléctrico de algún tubo fluorescente que fallaba y el sonido de las respiraciones. El comedor, tan grande y frío, se sentía ahora como un refugio compartido, pero Anne no podía pegar un ojo.

Se dio vuelta, mirando hacia el pasillo que llevaba a la parte antigua del convento, donde estaban los dormitorios de las monjas.

-¿Estás despierta? -susurró Alma muy bajito, pegada a su oreja.

-Sí... no puedo dormir -respondió Anne, también en voz baja.

-¿Te quedaste pensando en lo que decían las chicas? -Alma la conocía demasiado bien.

Anne no contestó enseguida. Se quedó mirando las sombras que dibujaban los andamios en el patio interno.

-Es raro, Alma. Todas tienen algo, alguien que las recuerda o un lugar de donde vienen. Vos te acordás de tu papá, sabés lo de tu mamá... pero yo... yo ni siquiera sé si alguien me miró a los ojos antes de tirarme acá. Es como si hubiera aparecido de la nada.

A Alma se le llenaron los ojos de lágrimas al escucharla. Le dolió en el alma ver a su amiga tan desamparada, sintiendo culpa por haber contado su propia historia cuando Anne tenía ese vacío total en el pecho. Un par de lágrimas le empezaron a rodar por las mejillas en silencio.

Al verla así, Anne se tragó su propio nudo en la garganta, se olvidó de su tristeza, se acercó más y la abrazó fuerte bajo la frazada, consolándola a ella.

-Ey, no llores, tonta. Vas a hacer que nos escuchen -le susurró Anne con cariño, acurrucándola contra su pecho mientras le secaba una lágrima con los dedos-. Estoy bien, de verdad. Además, te tengo a vos.

Alma se limpió la cara rápido con la manga del pijama y la miró a los ojos en la penumbra.

-Y vos me tenés a mí, Anne. No importa quién haya afuera o si no hay nadie. Nos tenemos la una a la otra. Somos hermanas del corazón, y eso no va a cambiar nunca.

Anne le apretó la mano con fuerza, sintiendo que el pecho se le aliviaba un poco.

-Hermanas del corazón -repitió en un susurro y entrelazando los meñiques-. Siempre.

-Algún día vamos a averiguar todo, vas a ver -prometió Alma con la voz todavía un poco quebrada-. Pero ahora, fijate... -señaló hacia el pasillo-. ¿Escuchás eso?

Ambas se quedaron heladas, conteniendo el aliento. No eran ruidos comunes de construcción. A esa hora, ya pasada la medianoche, se escuchaban unos pasos pesados, de botas, que caminaban despacio por el pasillo de las monjas, y de repente un arrastre sordo, como si estuvieran moviendo un mueble pesado o levantando una alfombra.




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