A la mañana siguiente, luego de volver de la escuela, una de las niñas más pequeñas se acercó corriendo a Anne. Con una sonrisa cómplice, le extendió un trozo de papel arrugado antes de perderse dando saltos por el pasillo. Anne desdobló la nota con el corazón acelerado: Mauro la estaba citando para ver una película en el cine del pueblo.
Con los ojos brillantes, corrió a buscar a Alma. Le mostró la nota y ambas festejaron juntas, saltando de la emoción en medio del pasillo.
—¡Ayudame a ver qué me pongo! —le dijo Anne entusiasmada, tomándole la mano para salir corriendo hacia las habitaciones.
—Pará, loca, que así estás bien —la frenó Alma, riéndose de su apuro.
—¡No! Estoy con la ropa de la escuela.
—Y es la mejorcita que tenemos, la que usamos para estudiar.
—¡Sí, pero no combina nada! —se lamentó Anne, afligida mientras miraba su reflejo.
Después de muchas vueltas y risas compartidas, Anne logró arreglarse lo mejor posible. Más tarde, se encontró con Mauro en el camino de la arboleda. Caminaron hacia el pueblo charlando animadamente de todo un poco; ella desbordaba felicidad, aunque intentaba disimularlo para no parecer demasiado ansiosa.
En un momento dado, mientras cruzaban bajo la sombra de los árboles, Mauro se le quedó viendo. Se concentró tanto en su rostro que dejó de escuchar lo que decía, completamente hipnotizado por su sonrisa y la forma en que movía las manos al hablar. Anne notó el silencio, se detuvo y lo miró con timidez.
—¿Qué pasa? —preguntó, con las mejillas empezando a teñirse de rosa.
—Nada... —respondió él, aclarándose la garganta, atrapado en el momento—. Solo me preguntaba si podía llevarte de la mano.
A Anne se le congeló el aire en los pulmones. No sabía cómo reaccionar. Nunca había tenido una cita con un chico; lo máximo que hablaba con alguno era para pedir la tarea en la escuela, y mucho menos se había enfrentado a alguien que le gustara tanto como Mauro. Sintió un vuelco en el estómago.
—Ehh... yo creo que sí —logró modular, con una sonrisa tímida.
Mauro estiró la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Así continuaron el resto del camino, ahora en un silencio absoluto pero sumamente cómodo, disfrutando de ese contacto físico que les producía una especie de electricidad desconocida, una corriente tan nueva como intensa que ninguno de los dos lograba identificar.
El pequeño cine del pueblo estaba casi vacío, envuelto en penumbras y en el aroma a palomitas de maíz. Sentados uno al lado del otro, la película pronto pasó a un segundo plano. La verdadera acción ocurría en el espacio que separaba sus asientos.
Cada roce accidental de sus brazos encendía una electricidad silenciosa. En mitad de una escena cómica, ambos giraron la cabeza al mismo tiempo para compartir una risa, pero las sonrisas se congelaron a mitad de camino. Se miraron de más. Los ojos de Mauro se clavaron en los de Anne con una intensidad que la hizo contener el aliento, bajando por un segundo hacia sus labios antes de volver a sostenerle la mirada. El aire se volvió espeso, cargado de una atracción evidente que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras, pero que inundaba el espacio entre ellos.
—Esto a la noche se debe llenar, ¿no? —trató de cambiar de tema Anne, buscando un refugio frente a tanta intensidad—. Ahora no hay nadie.
—Calculo que sí, sobre todo en los estrenos —respondió él, sin quitarle los ojos de encima—. Elegí este horario por dos razones.
—¿Cuáles? —preguntó ella.Mauro sabía que preguntaría; de hecho, ya había ideado una escena similar en su mente. Sonrió con suavidad antes de responder:—Una, porque de noche no te dejan salir. Y la otra... para que estemos solos un ratito.
—Ah... —fue lo único que Anne logró modular.
Las palabras se le escaparon, pero el rubor encendido de su cara habló por ella, delatándola por completo.Se quedaron mirando en la penumbra de la sala, como estudiándose las caras, memorizando cada facción del otro. Entonces, en cámara lenta, como si formaran parte de la misma película que se proyectaba en la pantalla, sus labios se unieron en un casto beso. Fue un roce suave, una sensación tan desconocida, profunda y placentera que les dio un vuelco en el corazón. Asustados por la intensidad de lo que acababan de sentir, se separaron despacio, mirándose fijos con la respiración entrecortada.
Al salir, caminaron despacio de regreso, estirando los minutos todo lo posible para no tener que despedirse. Mauro la miraba hablar con una atención absoluta; se detenía a contemplar cómo el viento de la tarde le alborotaba el cabello, completamente cautivado por ella.
Unos metros antes de llegar, justo antes de entrar al convento, Mauro la tomó de la mano con suavidad y la guio detrás del gran árbol que marcaba el fin del camino, ocultándose de las miradas curiosas.
Buscó en el suelo, tomó una piedra de punta y, con paciencia, escribió sus iniciales en la corteza, rodeadas por un corazón.Al terminar, dejó caer la piedra, la miró a los ojos y la volvió a besar. Esta vez fue un beso un poco más profundo, pero sumamente dulce, cuidando de no asustarla.
Cuando se separaron, Anne lo miró con el corazón en la boca y, dominada por una mezcla de timidez y emoción, salió corriendo hacia la entrada del convento.Antes de cruzar la puerta, se detuvo, se giró hacia él y le tiró un beso volador con la mano. Mauro sonrió de par en par, fingió atrapar el beso en el aire con complicidad y se lo llevó primero al pecho, justo sobre el corazón, y después a los labios.
La pesada puerta de madera del convento se cerró detrás de Anne. El corazón todavía le latía a un ritmo acelerado, atrapado en los recuerdos de los momentos con Mauro. Al girarse en el patio, se topó de frente con Alma, que la esperaba con los brazos cruzados y una ceja levantada.
Antes de que Alma pudiera reclamarle el retraso, Anne estiró el brazo y le pasó una bolsita de pochoclos comprada especialmente para ella, junto con unos chocolates de su elección.
—Mirá lo que te traje, Almita —dijo Anne con una sonrisa conciliadora.Alma tomó la bolsa mirando el contenido. Luego, clavó los ojos en Anne con un enojo exagerado, dramatizando la situación.
—Claro, me sobornás porque me dejaste acá sola con las chiquitas y tardaste un montón —reclamó Alma, celosa. En el fondo, sentía miedo de que su amada hermana la dejara de lado—. Y todo por un muchacho.
—No, no digas eso. ¡Jamás te voy a dejar por nadie, por nadie, ¿sabés?! —repitió Anne con firmeza, dándole más énfasis a sus palabras mientras la miraba a los ojos—. Vos sos mi hermana y eso no va a cambiar nunca.Alma suspiró, ablandándose por completo ante la declaración.
—Lo sé —admitió Alma, bajando la guardia—. Solo estuve un poco celosa. Vos nunca me dejás sola, por eso me dio cosa.
Anne la miró con una sonrisa pícara y le dio un codazo amistoso.
—El año pasado fuiste con Maty, el chico del colegio, al cine también, y yo no te dije nada —le recordó.
—¡Ay, no me recuerdes a ese boludo! —se quejó Alma, haciendo un gesto de fastidio.Ya no le gustó que se lo recordaran porque sabía que iba a perder la discusión.
Y es que Alma siempre tenía muchos pretendientes detrás de ella, mientras que Anne, por su carácter más reservado y huraño, nunca había estado en esa situación hasta ahora con Mauro el chico.que había llamdo.su atención hacia años atrás
.Alma sacudió la cabeza para cambiar de tema, ansiosa por los detalles.
—Mejor contame qué pasó —le pidió, tomándola del brazo.Abrazadas y compartiendo los pochoclos, se fueron directo al comedor para sentarse a conversar tranquilas, donde Anne, con la cara encendida de la emoción, empezó a contarle todo sobre su primer beso.
Más tarde Anne dejó a Alma en la biblioteca, uno de los pocos lugares del convento donde todavía no habían empezado a romper con las reformas. Ya con la cabeza otra vez dándole vueltas por el misterio de su origen, Anne comenzó a buscar a Sor Ángeles o a la Directora, Sor Ester.
En el trayecto por los pasillos, se cruzó con Pamela, una de las chicas de su edad que siempre sabía absolutamente todo lo que pasaba en el orfanato.
—Ni te gastes en buscar a la Directora —le dijo Pamela, frenándola un segundo—. Salió por unos días a visitar a su familia, no está en el convento.
Anne, frustrada, cambió de rumbo. Decidida a encontrar al menos a Sor Ángeles, fue los hacia la capilla creyendo que la encontraría allí limpiando el altar o acomodando los bancos. Pero al abrir las pesadas puertas de madera, el corazón le dio un vuelco. No estaba la monja.
En medio de la penumbra de la capilla, se encontró frente a frente con el General Fitzgerald. El hombre estaba de espaldas, ensimismado, parecía estar buscando algo minuciosamente en las paredes, deslizando las yemas de sus dedos sobre los relieves de los ladrillos viejos.
El hombre se dio vuelta y la miró detenidamente, con una fijeza que a Anne la hizo sentir inmediatamente incómoda.
-Disculpe... -alcanzó a balbucear ella, sintiéndose una extraña sensación y amagando con dar la vuelta para irse.
-Un momento... -la frenó la voz imponente del General-. ¿Cómo te llamás, nena?
Anne se quedó estática, como clavada al piso de mármol. Lo miró de frente, estudiando su rostro a la distancia. Se le quedó viendo fijo a los ojos y notó algo extraño: tenía ojos negros, profundos, aunque ella hubiera jurado por lo que se dejeron las chicas o por lo que había creido ver de lejos que eran claros.
El General caminó hacia ella sin apuro. Rompiendo toda distancia, estiró una mano, tomó uno de los bucles colorado de Anne y lo enredó en su dedo, despacio.
-Decime, no seas tímida -insistió él, con una voz extrañamente suave que a Anne le heló la sangre.
-Me llamo Anne... Anneliz en realidad, solo que me gusta más Anne -respondió ella en un susurro, casi sin aire.
Al escuchar el nombre "Anneliz", el General la miró de una manera extraña, indescifrable. Anne sentía que el aire no le llegaba a los pulmones; estaba completamente paralizada, muerta de miedo bajo esa mirada que la aplastaba como una piedra. El terror no la dejaba ni pestañear.
Entonces, el General deslizó la mano que tenía en su pelo por todo su rostro, bajando lentamente por la mejilla hasta llegar a su cuello, presionando apenas. Justo cuando Anne sentía que el aire le empesaba faltar y el pánico la dominaba, una voz firme cortó la tensión como un cuchillo desde la entrada.
-¡General ! El arquitecto lo está esperando en el ala norte, Anne no interrumpas el trabajo de los señores.
Era Sor Ángeles, que venía caminando a paso apurado por el pasillo central. Había usado el grito llamando al arquitecto como una estrategia perfecta para interrumpir la escena sin acusar directamente al dueño de todo.
Al verse interrumpido por la monja, el General soltó el cuello y el rulo de Anne despacio. La miró a Sor Ángeles con profundo desprecio y, con una mueca burlona, se dio la vuelta y se fue con paso firme hacia los andamios del fondo.
Sor Ángeles llegó al lado de Anne a toda prisa y la agarró fuertemente del brazo, un poco asustada pero más que nada enojada por la situación.