Santa Marta

Capítulo 7 -El misterio de Mauro

Durante los dos días siguientes a la charla con Sor Ángeles, Anne y Alma se obsesionaron con una sola cosa: encontrar la ropa de marca y el escudo que la anne traía el día de su ingreso. Como eso había pasado hacía ya diecisiete años, sabían que no iba a ser fácil encontrar pistas sobre las cosas seguramente estarían escondidas en algún depósito viejo o baúl olvidado. El problema era el espacio. Con los obreros del General Fitzgerald picando paredes y copando cada sector, y las monjas más estrictas patrullando los pasillos para que nadie interfiriera con las obras, las chicas tenían el terreno recontra reducido. Prácticamente no podían dar dos pasos sin que alguien les llamara la atención.
La única persona que se movía libremente entre las refacciones y el exterior era Mauro, así que se propusieron acorralarlo para ver si él, trabajando entre los escombros, había visto algún sótano o depósito antiguo que ellas no conocieran.
El problema era que Mauro parecía haber sido tragado por la tierra, o mejor dicho, hacía todo lo posible por esquivarlas. Cada vez que Anne lo divisaba cerca de los andamios y amagaba con acercarse, el chico metía la cabeza entre los hombros, agarraba una carretilla y se marchaba hacia el ala norte a paso apurado.
A la tarde del tercer día, lograron cruzarlo de frente en el pasillo que daba a los talleres. Al verlo de cerca bajo la luz del sol, Anne se quedó helada. Mauro estaba demacrado. Se lo veía notablemente más delgado, con la ropa de trabajo colgada y unas ojeras negrísimas que le hundían la mirada. La energía pícara que siempre tenía había desaparecido por completo.
-¡ Eh Mauro, pará un poco! -lo frenó Anne, poniéndose adelante mientras Alma cuidaba la retaguardia-. Te venimos buscando hace días. ¿Qué te pasa? Estás re flaco... ¿Estás bien?
Mauro ni siquiera las miró a los ojos. Esquivó la pregunta con la voz ronca y apurada.
-No puedo responder preguntas ahora, Anne. En serio, no me rompan las bolas. Solo les pido que por favor se cuiden, no anden dando vueltas solas por el convento.
-Pero Mauro, necesitamos saber si ..... -quiso insistir Alma.
-¡Ustedes dos! ¿Qué están haciendo ahí interfiriendo con las obras?
El grito filoso de Sor Ester cortó el pasillo. La Directora venía caminando con el rostro rígido, de un humor de perros desde la desaparición de Lucía. Los miró a los tres con desprecio.
-Es la segunda vez que las encuentro distrayendo a los albañiles. Ellos están acá trabajando, no para perder el tiempo con chiquilinas caprichosas. Vayan directo al pabellón de estudio, ¡ahora mismo! Y usted, jovencito, vuelva a sus tareas o voy a tener que hablar con el capataz.
-solo queriamos saber si no vio la pelota de voley -se excusó Anne
-nada nada he dicho se van al pabellón ya!!!
Las chicas bajaron la cabeza y caminaron hacia el pabellón , masticando la rabia del reto. Sin embargo, Mauro no se quedó de brazos cruzados. Sabiendo que les debía una explicación para que no cometi i'lleran una locura, esperó a que Sor Ester se metiera en la oficina de administración, dio la vuelta por el patio trasero y buscó a las chicas a escondidas detrás de los galpones de las herramientas, antes de que entraran al pabellón.
-¡Che, esperen! -les susurró saliendo de entre las sombras.
Anne y Alma se dieron vuelta, sorprendidas. Mauro se acercó con el pecho agitado.
-Perdón por lo de recién... Perdón por tratarlas así -les dijo, hablando bajito y con una angustia que le partía la voz-. En serio, entiendan que si me ven hablando con ustedes, me van a despedir al toque. Y yo... yo no puedo perder este laburo por nada del mundo. Tengo que llevarle plata a mi papá a la cárcel todas las semanas. Si no pago lo que debe ahí adentro... lo matan, chicas. Lo matan de verdad.
A Anne y a Alma se les estrujó el corazón. El misterio de su frialdad se resolvió en un segundo: el pibe estaba cargando con el mundo en los hombros. Las chicas lo miraron con una empatía absoluta; le creyeron cada palabra porque el dolor en su cara era real.
-Mauro, no sabíamos... perdón -alcanzó a decir Anne, con los ojos brillosos.
-Está bien, pero hagan caso, no se metan en quilombos -dijo él, mirando hacia atrás por el miedo a ser descubierto-. Me tengo que ir ya.
Antes de dar la vuelta para correr hacia las obras, Mauro dio un paso rápido hacia adelante, acortó la distancia, tomó a Anne de la nuca y le robó un beso corto pero intenso en los labios, un beso que a ella le dejó el corazón latiendo a mil por hora.
Al separarse, la miró fijo con esos ojos ojerosos y le regaló una media sonrisa triste.
-Cuidate, mi frutillita -le susurró.
Andando a paso apurado, se esfumó entre el polvo de los ladrillos, dejando a Anne estática en el lugar, tocándose los labios, con el miedo y el amor mezclados en el pecho.
Mauro dio la vuelta y se esfumó entre el polvo de los ladrillos, dejando a Anne estática en el lugar, tocándose los labios, con el miedo y el amor mezclados en el pecho. Alma la agarró del brazo, apurándola para meterse al pabellón antes de que alguna otra monja las viera ahí afuera.
Ninguna de las dos se dio cuenta de que, un piso más arriba, asomado a una de las ventanas sin vidrio del ala en refacción, el General Fitzgerald las observaba fijamente.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada asesina, cargada de una furia fría y contenida. El General estaba furioso, de un humor terrible; los días pasaban, las chicas andaban husmeando donde no debían y los plazos se le acortaban. Necesitaba encontrar lo que buscaba en ese convento cuanto antes, y cualquiera que se interpusiera en su camino la iba a pasar muy mal.
Con los ojos negros fijos en la silueta de Anne cruzando el patio, el General se dio la vuelta hacia la penumbra de la obra en construcción, masticando su impaciencia. El tiempo se le estaba terminando.




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