Santa Marta

Capítulo 8- La chimenea de

comedor-campamento era denso. Anne y Alma se movían con una lentitud milimétrica bajo las sábanas. Antes de deslizarse fuera de la cama, acomodaron unos buzos y un par de almohadas debajo de las frazadas, armando un bulto perfecto para que, si alguna celadora pasaba a controlar, creyera que seguían durmiendo plácidamente allí.

Con el corazón latiéndoles en la garganta y las zapatillas en la mano, se pararon descalzas. El gran obstáculo era salir del comedor: todas las internas dormían en el centro, pero las monjas más estrictas habían acomodado sus camas justo en la entrada principal para vigilar que nadie entrara ni saliera de noche.

Caminaron como sombras, conteniendo la respiración a cada paso. El temor a que alguna se despertara las volvía rígidas. Justo cuando estaban pasando a centímetros de las camas de las religiosas, un sonido fuerte las hizo congelarse en el lugar: Sor Ester lanzó un ronquido tremendo, áspero, que rompió el silencio de la noche. Del susto, Alma casi se cae hacia atrás. Acto seguido, debido al mismo ronquido, la Directora se giró abruptamente en el colchón, acomodándose de espaldas a ellas. Las chicas se quedaron duras, sin pestañear, esperando a que la respiración de la monja se estabilizara otra vez. Por suerte, Sor Ester siguió profundamente dormida. Salieron invictas del comedor y apuraron el paso por el pasillo frío hacia la cocina vieja.

Ese era su destino por una razón muy clara. A la mañana, como penitencia por haberlas encontrado "molestando" a los albañiles y hablando con Mauro, Sor Ester las había mandado a la cocina a limpiar la enorme chimenea y a encender el fuego para calentar el ambiente del convento. Fue ahí, agachadas entre el hollín, donde Anne había notado una inconsistencia extraña en la estructura de la pared, justo en la parte de adentro de la chimenea. Era un relieve raro en los ladrillos que nunca antes habían visto porque nadie se metía ahí a mirar. Por eso, ahora que la noche les daba privacidad, habían vuelto a revisar.

La cocina estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz de la luna. Anne encendió una linterna de llavero y apuntó directo al hueco de la chimenea de hierro y ladrillo. Se metieron agachadas, raspándose los hombros contra las paredes negras de ollin.

-Es acá -susurró Anne, tocando la parte del fondo.

Apoyaron las manos sobre la inconsistencia de la pared y empujaron juntas. No eran ladrillos fijos; era una especie de panel camuflado que cedió hacia atrás con un chirrido pesado y hueco, revelando que la estructura estaba partida. Ante ellas se abrió una brecha oscura y estrecha.

Anne apuntó con la linterna hacia el interior. La luz se perdió en la negrura de una especie de pasadizo sucio, de paredes de tierra y ladrillos gastados que bajaba en pendiente. El piso estaba cubierto de una capa gruesa de polvo , telarañas y escombros sueltos , al mover la luz, el reflejo de unos ojos diminutos las hizo retroceder: un par de ratas enormes cruzaron el suelo chillando antes de perderse en la oscuridad del túnel.

A Alma se le cortó la respiración y se tapó la boca para no gritar del asco.

-Anne, esto está horrible... vámonos. Esto no es un depósito de ropa, es un nido de ratas y arañas

Anne, en cambio, se quedó hipnotizada mirando el pasadizo. El aire que salía de allí adentro era frío y rancio, pero soplaba con una leve corriente, lo que significaba que llevaba a alguna parte profunda del convento A un lugar que no figuraba en ningún plano escolar , esto despertó su lado forense , como solía decir a veces cuando se excusaba por ser chusma

-Pensá, Alma... -susurró Anne, con los ojos fijos en la boca del túnel-. Las monjas no deben saber de esto. Esto es viejísimo. ¿Y si por acá es adonde llevaron a Lucía?

El miedo las envolvía como una capa, pero la intriga y la adrenalina eran más fuertes. Anne dio el primer paso hacia el interior del pasadizo mugriento, obligando a Alma a seguirla por el terror de quedarse sola en la cocina.

-Anne, en serio... esto es una locura. Si Sor Ester se llega a levantar a mear y ve los bultos de almohadas en las camas, nos va a mandar al reformatorio directo. Déjalo para mañana.

-Mañana va a estar lleno de obreros, Alma, no seas miedosa -la cortó Anne, testaruda-. Vamos un poco

Caminaron por el pasadizo que parecía no tener fin, avanzando a ciegas entre las paredes de ladrillo húmedo. Siguieron el curso del túnel hasta llegar a una curva cerrada donde el espacio se reducía y las paredes se afinaban drásticamente, obligándolas a avanzar casi de costado.

De repente, el eco de unas voces masculinas rebotó en el corredor. Las chicas se quedaron quietas al toque, congeladas en el lugar y conteniendo la respiración por miedo a ser escuchadas. Con la poca luz de la linternita de Anne, que ahora apuntaba hacia el suelo para que no se viera el destello, pudieron divisar una puerta camuflada en el recodo de la pared.

Quisieron abrirla con cuidado para espiar o esconderse, pero el chirrido metálico que hizo el picaporte las detuvo en seco, dándoles un tremendo susto. Apenas se movió unos milímetros, pero quedó una pequeña rendija de luz. Al mirar por esa ranura, el corazón se les paralizó: del otro lado se veía pasar a varios hombres con ropa de trabajo, llevando cajas pesadas y bultos extraños de un lado a otro. El pánico de que esos tipos se dieran vuelta, las descubrieran y las encontraran ahí atrapadas en la oscuridad las empezó a asfixiar.

De repente, un grito desgarrador de una mujer cortó el silencio subterráneo. Las chicas creyeron reconocer la voz de Lucía, y esa fue la gota que derramó el vaso.

-¡Es Lucía! -exclamó Alma, olvidándose de callarse, con los ojos abiertos de par en par.

-¡Shh! ¡Corré! -gritó Anne.

Muertas de miedo por los hombres que acaban de ver y por ese alarido espantoso, las dos se dieron la vuelta y salieron corriendo con el corazón en la boca, tropezando en la negrura, desesperadas por escapar del túnel y regresar cuanto antes a la chimenea de la cocina.




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