Al día siguiente, el comedor-campamento amaneció con el mismo olor a café quemado de siempre, pero para Anne y Alma todo había cambiado. Tenían las caras lavadas y los ojos hinchados por no haber dormido nada. Desesperadas y muertas de miedo, decidieron ir a buscar a Sor Ángeles antes de que empezaran las tareas, ya que era la única monja en la que de verdad confiaban.
La encontraron acomodando unos manteles en la sacristía. Al ver las caras de pánico de las chicas, la religiosa frunció el ceño.
-Sor Ángeles, ¿podemos hablar con usted? -susurró Anne, mirando hacia todos lados.
-Espero que no sea otra vez una travesura. Chicas, ya están grandes, ¡por favor! Ya no puede ser, ¡son grandes!
-No, hermana, es algo serio, por favor -Alma suplicó.
-Bien, las escucho -accedió al fin la monja.
-Anoche escuchamos voces y fuimos a ver. Había hombres en el lado oeste del convento.
-¡¿Y si ellos se llevaron a Lucía?! -interrumpió Alma.
-Y también escuchamos un grito, un grito de mujer. ¡Deben tener a Lucía en alguna parte!
Sor Ángeles las miró con una mezcla de sorpresa y severidad, pero enseguida les llamó la atención, cruzándose de brazos.
-¿Qué hacían ustedes levantadas a la madrugada en la cocina? -les recriminó en voz baja pero firme.
-¡Pero eso no es lo importante, hermana! -Anne se desesperó, al borde del llanto-. Saben perfectamente que está prohibido deambular de noche. Chicas, el encierro y la desaparición de su amiga las está afectando. La cocina es vieja, las maderas crujen y los obreros trabajan duro de día. Deben haber imaginado cosas por el estrés. Vuelvan al comedor y que no se repita lo de andar rompiendo las reglas nocturnas, ¿está claro?
-Pero hermana...
-¡¿Por qué no nos hace caso?! -gritó Anne-. Desapareció una chica y ni la buscan.
-No hagan que sean castigadas. Saben que pueden ser trasladadas a diferentes hogares, así que no colmen la paciencia.
Las chicas se fueron de ahí con una frustración tremenda. Sin embargo, la duda quedó sembrada en la mente de Sor Ángeles. Más tarde esa mañana, aprovechando un momento a solas en la oficina principal, la religiosa decidió plantearle el tema a la Superiora.
-Madre Superiora, quería consultarle... ¿Usted sabía si los obreros del General están haciendo turnos y trabajando también por la noche? -preguntó con cautela.
La Superiora levantó la vista de sus papeles, con los ojos fríos y calculadores.
-No, por supuesto que no. De ser así, yo sería la primera en saberlo y autorizarlo. Además, eso no sería propio. ¿Por qué lo pregunta, Sor Ángeles?
-Es que... creí oír ruidos extraños y voces provenientes del ala vieja a la madrugada -mintió sutilmente Sor Ángeles, cubriendo a las chicas.
La Superiora dejó la lapicera sobre el escritorio con un golpe seco y la miró fijamente, con una sonrisa helada que no le llegaba a los ojos.
-Sor Ángeles, me preocupa su estado. El estrés de las refacciones nos está superando a todas, pero que usted empiece a escuchar fantasmas a la madrugada ya es un límite. Debería pensar seriamente en atenderse con psicólogos, ya que su mente parece estar inventando cosas. No queremos que estos delirios alteren la paz del convento, ¿no cree?
-Pero quizás no avisaron. Le aseguro que se escuchaban claramente...
-El General es una persona honorable y sabe perfectamente que no sería bien visto ese tipo de situación habiendo jóvenes en el convento.
Sor Ángeles tragó saliva y bajó la mirada, dándose cuenta de que había tocado un cable de alta tensión.
Mientras tanto, en el patio, Anne y Alma procesaban el rechazo de la monja.
-No nos creyó nada -dijo Alma en un susurro desesperado-. ¡Estamos viviendo arriba de una boca de lobo y nadie nos hace caso!
-No importa. Si las monjas no nos ayudan, nos queda Mauro -sentenció Anne-. Él labura ahí adentro. Tiene que saber qué carajo hacen esos tipos. Creo que tienen a Lucía.
-Tenemos que buscar la forma de ayudarla.
A la hora del descanso, Anne vio su oportunidad. Divisó a Mauro cargando unas bolsas de cal cerca del ala norte y, sin importarle que Sor Ester anduviera cerca, lo arrastró hacia el hueco debajo de la escalera exterior. Alma se quedó a unos metros, haciendo de campana con los ojos bien abiertos.
-¡Mauro, pará un segundo! -le siseó Anne, agarrándolo del brazo con fuerza.
El chico se dio vuelta de golpe, con el rostro desencajado por las ojeras y los nervios al límite. Al verla, se soltó del agarre de Anne con brusquedad y miró hacia los andamios de reojo, aterrado de que alguien los viera.
-¡¿Qué hacen acá?! -les soltó Mauro en un susurro violento y masticado-. ¡Les dije que no se me acerquen! ¡Miren para otro lado y fúmense de acá ya mismo! No me expongan ni lo hagan ustedes.
-No nos vamos a ir a ningún lado, Mauro -le plantó cara Anne, dándole un paso al frente-. Anoche vimos hombres llevando cosas.
A Mauro se le borró el color de la cara. Se quedó duro, mirando a Anne como si estuviera viendo a un fantasma.
-¿Qué...? ¿Estaban jodiendo por el convento de noche? ¿Están completamente enfermas de la cabeza?
-¡Escuchamos hombres, Mauro! -intervino Alma, arrimándose al hueco de la escalera, muerta de miedo pero furiosa-. Tipos con ropa de trabajo cargando cosas a las tres de la mañana. Y escuchamos un grito... un grito de mujer, Mauro. ¡Tienen a Lucía! Decinos la verdad, vos sabés lo que está pasando. Ayer el General te estaba retando, lo vimos desde la ventana.
Mauro sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La desesperación por protegerlas y el miedo a que Lisandro lo estuviera vigilando lo hicieron estallar por dentro. Agarró a Anne de los hilos de los hombros, no con cariño, sino con una fuerza desesperada, y le habló pegado a la cara.
-¡Cállate! ¡Cállate la boca, esa chica se escapó! Hasta la policía lo sabe -le dijo, con los dientes apretados y los ojos inyectados en sangre-. ¡Ya les advertí que no anden solas por el convento! ¿No les entra en la cabeza? ¡No jueguen a los detectives porque esto no es un juego! ¡Métanse en el comedor, dejen de romper las bolas y no se vuelvan a salir de noche! ¿Entendieron? ¡Si aprecian su vida, olvídense de todo!