Santa Marta

Capitulo 10-Lo menos pensado

resonaban contra el piso de ladrillo gastado, quebrando el silencio sepulcral del subsuelo. En la penumbra del túnel subterráneo, los hombres avanzaban a paso firme, cargando con el peso de la emboscada. Llevaban a Anne, a Alma y el cuerpo inerte de Sor Ángeles hacia las profundidades del ala clausurada. Uno de los encapuchados marchaba un poco más atrás, en silencio, con la mirada fija en el suelo húmedo para evitar el contacto visual con las huérfanas. En la negrura de los pasadizos, el eco de los llantos ahogados se mezclaba con el recuerdo de otra noche trágica, una que había ocurrido lejos de los muros del convento: la noche del asalto en la mansión Èire.
Ese golpe fatal no había sido obra de criminales experimentados. Detrás de las máscaras de aquella noche en la mansión de los Fitzgerald, solo había desesperación. Dos de los intrusos eran simples punguistas de profesión; tipos acostumbrados al arrebato rápido en la calle, al descuido en los colectivos llenos para sacar una billetera y pagar la olla del día. Jamás habían forzado una cerradura ni pisado una propiedad privada. Pero las deudas los estaban asfixiando, empujándolos al borde del desalojo. El tercer integrante, el tío de uno de ellos, era un hombre laburante y completamente ajeno a ese mundo que, conmovido por la miseria de su familia, y la insistencia ,aceptó sumarse . El plan parecía sencillo: dar un golpe grande, llevarse objetos de valor de la biblioteca de roble y desaparecer. Una sola vez.
Pero el frío de esa noche lo había cambiado todo cuando las luces se encendieron de golpe. El General Fitzgerald los esperaba en el umbral, impecable y armado, escoltado por el implacable Lisandro. Ante la amenaza de llamar a la policía, el General prefirió guardarse una idea más perversa. Fue en ese milisegundo de pánico cuando el tío, desbordado por el miedo, intentó saltar por la ventana. No llegó a tocar el pasto. El General gatilló con una frialdad espantosa. El estruendo liquidó al hombre en el acto. Cuando el hijo del punguista intentó abalanzarse, Lisandro lo molió a culatazos y patadas en las costillas, dejándolo sin aire en el piso mientras el padre se tiraba encima, llorando y suplicando por la vida de su hijo.
De esa masacre nació el pacto de sangre. Con el padre cautivo en los sótanos de la mansión Èire como garantía, el joven sobreviviente se vio obligado a convertirse en el topo del General dentro del convento. Su misión era rastrear una antigua caja fuerte oculta desde hacía diecisiete años y, para no levantar las sospechas de la comunidad religiosa, los trabajos pesados debían ejecutarse en la clandestinidad de la noche. El muchacho había tenido que mimetizarse entre las huérfanas y el personal durante el día, actuando un papel que cada vez le pesaba más en el pecho.
Las cosas se habían salido de control con Lucía. La chica había ido al baño de madrugada, cruzó una línea que no debía y terminó secuestrada para ser usada en un tramo del túnel tan angosto y colapsado que ningún hombre grande lograba atravesar. Pero ella se resistió. En medio del forcejeo en la oscuridad profunda, Lucía cayó al vacío en un pozo de inspección y murió contra las piedras.
De vuelta en el presente, los hombres arrastraron a las chicas y las metieron a empujones en un sótano húmedo, oscuro y frío que olía a encierro y a tierra muerta. Al fondo, dejaron caer el cuerpo de Sor Ángeles...

El General Fitzgerald caminaba de un lado a otro, visiblemente alterado, maldiciendo entre dientes mientras se guardaba la pistola en el saco. El imprevisto de la monja le había arruinado la prolijidad del plan.
-¡Maldita monja metiche! -renegó el General, frotándose las sienes con frustración-. ¡Maldito sea también el Padre Anselmo por ocultar la caja fuerte, no hubiese perdido años acá buscando esa maldita caja
Se detuvo en seco, mirando hacia el techo del sótano.
-Si este lugar se derrumba o rompen mal las estructuras, esa caja va a quedar enterrada para siempre y se va a perder , era simple: secuestrar a las chicas para que pasaran por el tramo angosto del túnel y me trajeran lo que es mío. Pero ahora... ¿cómo carajo justificamos la ausencia de una religiosa? Mañana la Superiora va a notar que falta. Hay que pensar.
Uno de los encapuchados se adelantó un paso, acomodándose la máscara.
-General... se me ocurre algo. Dejemos a una de las chicas libre. Pero vigilada, bien cortita. Que vuelva al comedor antes de que amanezca y diga que la hermana se tuvo que ir de urgencia con la otra chica a visitar a un familiar enfermo de último momento a la provincia. Y que se la llevó para que la acompañe.
El General entornó los ojos, procesando la idea mientras reanudaba su caminata. La coartada era perfecta. Nadie dudaría de una emergencia médica familiar.
-Bien -asintió el General, deteniéndose frente a las chicas y señalando con el dedo índice-. La que se queda para entrar al túnel va a ser la pelirroja.
Anne ahogó un sollozo al escucharlo. El General miró entonces a Alma, clavándole una mirada que infundía pánico absoluto.
-Y vos... vas a volver arriba. Vas a decir exactamente lo que acordamos. Si decís una sola palabra diferente, si llorás de más o si intentas pedir ayuda, tu amiga pelirroja y la monja van a compartir el mismo pozo. ¿Entendiste?
Alma, temblando descontroladamente y con las lágrimas corriéndole por las mejillas, no sabía qué hacer ni cómo reaccionar. El miedo la estaba paralizando. Tenía que volver al comedor antes de que las celadoras se despertaran.
En un movimiento rápido, antes de que las separaran, Alma se agarró con fuerza de la mano de Anne. Se fundieron en un abrazo desesperado, apretándose con el alma rota.
-Te prometo que te voy a ayudar... No sé cómo, pero lo voy a hacer -le juró Alma al oído a Anne en un susurro bajísimo, aguantando la respiración.
-Sáquenla de acá a esta -ordenó con desdén por Alma-. Y a esta y a está llevenla al ala sur. Al pasadizo ciego. Que empiece a buscar lo que su protector escondió.
Dos pares de manos fuertes y toscas -las de los secuaces de Lisandro- entraron en calor. Una de ellas agarró a Alma de las axilas, despegándola de su amiga. Alma pataleó, arañó el aire y mordió una de las mangas, pero el agarre era de hierro. La arrastraron hacia la escalera que subía a la superficie, directo a los pasillos transitados del convento.
-¡Anne! ¡Anne! -gritaba Alma mientras su voz se apagaba a medida que la subían por los escalones de piedra.
-Llevátela. Y que no cometa ninguna estupidez -ordenó el General.
El encapuchado que había ideado el plan, y la guio a la fuerza hacia la salida del sótano, subiendo por las escaleras de piedra que conducían de vuelta a los pasillos del convento.
El secuestrador avanzaba a paso rápido en la penumbra, manteniendo un silencio absoluto para evitar ser reconocido por su voz. Con sus manos expertas, acostumbradas a la precisión del pálpito de la calle, ahora sostenía el brazo de la chica cuidando que no se cayera en la oscuridad. Pero Alma estaba deshecha. Los nervios, el recuerdo de Sor Ángeles muerta y el terror de dejar a Anne la hicieron entrar en un ataque de pánico total en medio del pasillo oscuro. Empezó a respirar de forma entrecortada, a hiperventilar, y se soltó de su agarre intentando tirarse al suelo.
El encapuchado, asustado de que los gritos de la chica alertarán a alguien o de que los matones del General subieran y la acallaran para siempre, intentó contenerla. La agarró de las muñecas para calmarla, acercándola a él.
-Pará, pará por favor... -intentó susurrarle, olvidando el tono de su voz por la pura desesperación de ayudarla.
Alma, cegada por el pánico y la adrenalina del momento, empezó a forcejear violentamente, tirando manotazos y patadas para liberarse de ese monstruo que la llevaba. En medio del forcejeo salvaje, sus dedos se engancharon con fuerza en la tela de la máscara del secuestrador.
Con un tirón desesperado, Alma arrancó la máscara de golpe.
La luz de la luna, que se colaba débilmente por uno de los ventanales altos del pasillo, iluminó por completo el rostro del encapuchado.
Alma se quedó muda, el aire se le congeló en la garganta y el pánico se transformó en puro horror. No era un extraño del General. Era Mauro. Su cara limpia, sus ojos desencajados por la culpa y las lágrimas contenidas la miraban fijamente en la penumbra.




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