Debía estar enfocado, debía concentrarme en lo que había que hacer, pero me era imposible... Sabía que este día llegaría algún día, pero que Haru tuviera que finalmente entrar a este mundo tan horrible me preocupaba y mucho.
A diferencia de a Haru, que a pesar de todo siempre ha sido la "consentida" de esa bruja a mi jamás se me ocultó la existencia de la magia, quizá es por ser primogénito de alguien tan importante en el consejo de magia o quizá simplemente porque ella deseaba torturarme desde temprana edad. Llevaba muchos años metido en este mundo y conocía absolutamente todo lo asombroso pero también todo lo detestable de él, y a veces para sobrevivir en este mundo hacia falta dejarse corromper por el sistema.
Al menos había algo que aún me mantenía cuerdo después de todas las cosas horribles que había experimentado a raíz de la magia (y de mi madre, claro), mi familiar espiritual Ikki. Sí, era un niño, al menos en apariencia pero también había sido prácticamente quien me crió.
Bueno, comprenderás porque me preocupaba tanto que mi dulce y amable hermanita entrara en este mundo, y precisamente por ello, no podía concentrarme en lo que tenía frente a mí.
"Estás distraído, Haru estará bien" Escuche en mi cabeza, en medio de todos los pensamientos de preocupación.
Miré al niño pelirrojo que flotaba de forma despreocupada mirando las estanterías de mi oficina. —No entres en mi cabeza sin permiso, Ikki.
—Bueno, sabes que no lo hago si no es necesario y precisamente ahora es necesario. —Me respondió el niño mirándome de cabeza.
—Me preocupa. —Solo pude responderle dejándome caer en la silla en la que estaba sentado.
—Ella es muy lista, sabrá seguir siendo ella a pesar de todo.
—Aun así me preocupa lo que pueda llegar a vivir, entrar al mundo de la magia es lo peor que me pasó en la vida. —Me sinceré ante el pelirrojo.
Ikki flotó más cerca y me miró.
—Si tú estás ahí para hacer que no viva lo peor de este mundo en la medida de lo posible no será tan malo y puede que menos traumático. —Me respondió Ikki con calma, con ese tonto y esa expresión que a veces lo hace parecer de los años que realmente tiene el "niño".
Por un momento pensé en Takeshi, mi gemelo muerto del cuál Haru no sabía nada y que quizá, solo quizá, pude proteger de alguna forma para que no fuera consumido por este mundo tan horrible. Ikki siempre me decía que nada de lo que ocurrió fue mi culpa, aun así no podía evitar que quizá si hubiera hecho algo distinto él aún seguiría vivo... A veces también pensaba que por eso era tan sobreprotector con Haru.
—Lo de Takeshi no volverá a pasar. —Mencionó amable Ikki viéndome.
—Deja de leer mi mente. —Murmure volviendo a mirar las hojas encima de mi escritorio, algunas cuentas de la empresa, a veces mi padre me enviaba algunas cuentas para ayudarlo con la empresa aunque sea un poco.
—Era necesario. —Dijo aun amable Ikki.
En gran parte por la experiencia con Takeshi me asustaba el que Haru entrara en el mundo mágico y también por ello nos habíamos mudado de país (Aunque yo no creo que funcione del todo la idea que mis padres tienen en mente con todo esto de la mudanza).
Suspiré y miré la hora; al ver que Kazuo entraría en cualquier momento por la puerta de mi oficina me senté bien en la silla y volví a suspirar. Mi madre me detestaba; tanto que incluso a pesar de ser un adulto me controlaba en cada acción bajo la amenaza de hacerme daño a mí o a Haru, y realmente lo hacía: Nos lanzaba cosas, nos golpeaba o, en algunos casos, me quemaba o torturaba. Sé que suena loco, suena increíble, pero era la verdad... Kiyomi Yamato era una persona muy poderosa en el mundo mágico y en el mundo mortal; esposa del poderoso líder de Yamato Company y miembro distinguida en el consejo mágico. Y en el mundo de la magia y más si ostentabas un título o poder (o, peor, ambas cosas), las consecuencias no existían: ¿quemaste algo? Fácil, se arregla con magia; ¿heriste a alguien? Si lo curas con magia, luego no hay problemas. Incluso en el mundo humano, con pagar una buena cantidad de dinero (que lamentablemente, mi madre tenía), las cosas se arreglaban. El mundo mágico era oscuro, un mundo de manipulaciones y crímenes sin ninguna consecuencia muchas veces a costa de los non y por ello me asustaba que mi querida hermana menor se adentrara en él.
Al pensar nuevamente en esto volví a suspirar, cosa que hizo que Ikki me mirara de forma un tanto extraña con esa expresión que ponía cuando se frustraba pero antes de que él pudiera decirme alguna de sus frases motivacionales que siempre solía usar conmigo en momentos así, Kazuo entró a la oficina, Ikki seguía flotando cerca de mi escritorio pero nuestro mayordomo también era un mago y la verdad solía ignorar un poco a Ikki (cosa que entendía un poco, a veces podía ser un poco irritante su forma de ser).
—Es hora de sus clases de idioma. — Me indicó amable Kazuo mirando el iPad que traía en la mano. Kazuo era una persona bastante formal y un mayordomo que solía ignorar todo lo que no fuera su trabajo ni su asunto.
— Voy. — Murmuré levantándome de la silla, el saber idiomas de distintos países e incluso razas mágicas era de esas cosas que llevaba aprendiendo desde los 3 años, pero dada la cantidad enorme de ellos a pesar de mi edad seguía teniendo clases, jamás era suficiente para mi madre (quizá era otra forma de torturarme de forma un poco más indirecta).
Mis itinerarios eran bastante variados, y tenía clases de diverso tipo; Esgrima, clases de música, de idiomas, de cultura mágica, de baile y también en mis tiempos libres me debía dedicar a aprender nuevos hechizos, en especial del área de curación; incluso a veces me tenía que dedicar a modelar o dar entrevistas puesto que mi padre se había esforzado en que mientras lo ayudaba en pequeñas cosas con la empresa Yamato sería la cara pública de ella. Habrás entendido, sin embargo, que estos itinerarios eran totalmente organizados por mis padres y sin consultarme en absoluto (aunque mi padre era un poco más flexible, claro, cuando contestaba los mensajes o llamadas y eso rara vez ocurría).