Saudade

UNO

Septiembre 2019.
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Querido diario:
Tal vez he mencionado a Licht en las páginas anteriores, si es así ya sabrás que sus ojos y sonrisa brillante son de mis cosas favoritas en el mundo.

Que hemos pasado año tras año viéndonos en los pasillos del Instituto, compartiendo miradas y unos que otros saludos.

Siempre le tuvimos miedo o pena a dar el paso,
Tuvimos miedo para acercarnos y charlar
Y solo nos sonreímos al pasar,
Y así transcurrió el tiempo, su graduación llegó y con ella su despedida. No pude verlo, ni saber más nada de él hasta aquella noche.

Has recibido un mensaje de Licht H.

Así fue el comienzo de todo esto. Textos a medianoche compartiendo anécdotas, audios cantando nuestras canciones favoritas, fotos de nuestras caras haciendo muecas graciosas y no podían faltar las llamadas antes de dormir.

Desde cada sonrisa que nos dedicamos cada mañana, sabía que era un chico dulce y agradable.

Sin duda alguna amaba lo que aquel chico de sonrisa bonita me trasmitía, una paz y alegría plena.

Creamos un lazo tan poco creíble que lo único que nos frenaba es que él está a kilómetros de mí. En otro país. Estudiando lo que le gusta.

Pero, sin duda alguna Licht hacía de mis días los mejores.

Y estaba tan feliz de tenerlo aquí, aunque no fuese físicamente.
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Termine de leer lo que había escrito en mi libreta hace varios años atrás.

No había cambiado nada desde ese día, pero mis ganas de tenerlo cerca y compartir con él, eran tan grande como aquellas hormigas que desean con su vida un cubo de azúcar.

Licht, era de esas personas que llegan a tu vida a colocar todo de cabeza, absolutamente todo.

Mordí mis uñas mientras caminaba por el pasillo que daba hacia la sala, necesitaba dejar de pensar en él, me estaba volviendo loca y más porque hoy o mejor toda la semana me había estado evitando. Lo cual me irritada un montón y me daban muchas ganas de ir a su casa corriendo y quejarme. Pero, no podía hacer eso. No podía salir corriendo, no estando él en otro continente.

Sacudí de un lado a otro la cabeza para así tratar de quitar todo rastro de él de mi mente y poder concentrarme en mi hermana que estaba sentada en el sofá, leyendo un libro.

Fruncí mi ceño, no debería estar aquí. Debería estar en el trabajo.

—¿Qué haces aquí, Dulce?—Pregunté, sin dejar de mirarla. Llevaba su cabello castaño claro en un moño alto y cargaba la típica vestimenta de su trabajo: Falda de tubo negra, blusa de botones blancas y el típico delantal floreado con el logotipo del local.

Mi hermana, la cual era cinco años mayor que yo. Trabajaba en un restaurant, siendo la chef de todos esos platillos que el menú contenía.
Tenía manos bendecidas, un sazón extraordinario heredado de papá.

Aunque tenía un lindo departamento en el centro de la ciudad, vivía más en la casa de nuestros padres que allá.

Dulce levantó la mirada del libro de cocina que sostenía y sus grandes ojos azabaches me miraron con diversión.

—El jefe me dejó salir temprano.— respondió, me lanzó una mirada indescifrable y volvió su vista a aquel recetario.

Asentí no muy convencida, era raro cuando su jefe la dejaba salir temprano, siempre era cuando; tenía una emergencia, una reunión familiar o algo importante. Y lo que más raro era; es que todo lo que llevamos de la semana había estado saliendo temprano.

—¿Sucedió algo?—Pregunté una última vez, preocupada porque seguro la despidieron y no quería mencionarlo.

Ella negó levemente y volvió a mirarme:

—Nada importante, Ela. —Dijo antes de darme una sonrisa tranquilizadora. La cual me dejó un poco más intrigada de lo que estaba.

Me di la vuelta, lista para ir por algo de cereal a la cocina, sea lo que sea que sucedía iba a contármelo tarde o temprano.

Su voz me detuvo antes de dar el primer paso:

—¿Podrías buscar a Joi? No lo consigo en ningún lado y ya le toca comer.

Joi, nuestro tierno y escurridizo felino, estaba desaparecido una vez más. No era algo raro viniendo de él. Siempre desaparecía para ir a visitar a su novia Lili, la gata albina de la vecina.

No me fastidiaba el hecho de buscarlo, siempre lo hacia. Me fastidiaba el hecho de que tenía muchas ganas de comer cereal y era una tarea que iba a dejarla para otra ocasión.

Que mala suerte.

Cambié de rumbo y me encamine hacia la puerta trasera, que da a nuestro pequeño y bonito jardín. De seguro estaba por allí, le encantaba estropearle las plantas a mamá, la cual se enojaba mucho y papá se reía entre dientes, catalogando al pequeño gato de ojos azules y pelaje oscuro Mishi maligno.

Al salir de casa, la brisa fría calo mis huesos y me estremecí por ello. Últimamente los días estaban lluviosos y fríos, algo que me motivaba a leer y tomar chocolate caliente en exceso.
Estaba anocheciendo y el cielo se estaba tornando de un color grisáceo. Llovería una vez más.

Caminé cerca de la casa del árbol, donde en un terreno húmedo por la pequeña llovizna que había caído horas atrás, se encontraba las flores intactas de mamá. Se puede notar desde lejos que Joi no estuvo por allí.

¿Dónde te encuentras, gato maligno?

—Joi—Lo llamé mientras caminaba por todo el jardín, pendiente de cualquier movimiento o situación extraña que podría haber—Joi, ¿Dónde andas?

Un pequeño y leve maullido se escuchó a lo lejos.

Voltee hacia todas las direcciones. Buscando de donde podía venir aquel sonido.

—Joi, ven con mamá. Te daré tú comida favorita.

Otro maullido.

—Ven...

Y uno más alto que el anterior, tan alto que me hizo voltear directamente a la casa del árbol que papá había construido para mí cuando tenía cinco años.

—¡No puede ser! te has quedado atrapado ¡Voy por ti, compañerito!—Hablé como si aquel animalito me fuera a responder.




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