Dos días después, el vendaje ya no servía para nada más que para esconder lo que había debajo.
Valerius lo supo por el olor antes de quitárselo del todo: algo dulce y podrido, distinto al de la sangre seca. Ren lo miró desenrollar la tela con la misma cara que había puesto en el canal.
—Esto no se arregla con trapos limpios —dijo Ren—. Voy a buscar a Lirian.
—¿Quién es Lirian?
—Alguien que te va a doler mucho menos de lo que te va a doler si no lo busco.
Se fue antes de que Valerius pudiera preguntar algo más.
Lirian resultó ser más joven de lo que Valerius esperaba, y más tranquilo de lo que la situación merecía. Entró con una bolsa de tela gastada al hombro, miró a Valerius un segundo entero antes de saludar —el tipo de mirada que evalúa, no que juzga— y dejó la bolsa en el suelo con el cuidado de quien ha aprendido que los movimientos bruscos asustan a la gente herida más de lo que ayudan.
—Ren exagera con casi todo —dijo, sin levantar la vista mientras desenvolvía instrumentos—, pero contigo no exageró. Necesito que te sientes derecho y que no te muevas. Y necesito que sepas de entrada que esto va a doler. No te voy a mentir sobre eso.
—¿No puedes simplemente...? —Valerius movió la mano en un gesto vago.
—¿Arreglarlo como si nunca hubiera pasado? —Lirian negó con la cabeza—. No borro. Reordeno. Tu cuerpo tiene que enterarse de que ya no está roto.
Se arrodilló junto a él y apoyó dos dedos sobre el borde de la herida. Un color blanco con vetas celestes empezó a moverse bajo su piel, ordenado, geométrico, nada parecido al caos rojo del Estrado.
—Necesito que hagas algo con las manos mientras trabajo —dijo Lirian—. Algo que no sea apretar los dientes. Ren me contó lo de las cerraduras.
Valerius se estiró hasta alcanzar las herramientas gastadas y empezó, con la mano buena, a desarmar el mecanismo. Contar los tornillos era más fácil que contar el dolor. Tres. Cuatro. El resorte estaba doblado, no roto.
El dolor, cuando llegó de verdad, fue más lento, más profundo, como si algo tirara de un hilo desde dentro del hueso. Valerius apretó los dedos alrededor del resorte con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué es esto?
Lirian se había detenido. Tenía la mano izquierda de Valerius sostenida con cuidado, mirando la veta roja alrededor de la marca azul.
—No lo sabemos —dijo Ren, desde la puerta—. Apareció esa noche.
—No es un Fragmento que yo reconozca. —Lirian pasó el pulgar cerca, sin tocar—. Y no se comporta como una infección ni como una Runa asentándose. No sé cómo se comporta. Eso es lo que me preocupa.
—¿Es peligroso? —preguntó Valerius, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido.
—No lo sé —repitió Lirian, y esta vez lo miró directamente—. Y prefiero decirte eso a inventarte algo tranquilizador.
Fue el sonido, no la palabra, lo que lo hizo. Un golpe seco en la calle, abajo, demasiado parecido al de una bota contra piedra. Algo en el pecho de Valerius se cerró de golpe. El resorte que tenía en la mano se rompió entre sus dedos sin que hiciera fuerza para romperlo.
El aire de la habitación cambió. Un frío repentino, seco. La vela de Ren tembló. Y en la mano de Valerius, la veta roja se encendió, no como fuego, como un pulso, latiendo al ritmo exacto de algo que no era su corazón.
—Valerius. —La voz de Ren, tensa—. Mírame.
No pudo. Algo tiraba de su atención hacia la puerta, hacia el sonido que ya no estaba, con una claridad que no era suya: podía sentir la diferencia exacta entre un guardia y un vecino, y una parte de él, una parte que no reconocía como propia, ya estaba decidiendo qué hacer con esa información.
—Valerius. —Esta vez Ren le puso las manos en los hombros, con más fuerza que cuidado—. No es un guardia. Era el gato del piso de abajo tirando una maceta. Escúchame.
El frío tardó un segundo entero en irse. Cuando se fue, se fue de golpe. Valerius sintió las piernas fallarle de puro alivio.
Lirian no había soltado su mano en ningún momento. Cuando habló, su voz sonaba más despacio de lo normal.
—Eso no lo decidiste tú.
Nadie dijo nada durante un momento largo. Valerius miró el resorte roto en su mano, las dos mitades exactas, y pensó que por primera vez en su vida había roto algo que no sabía cómo arreglar de vuelta.
Ren salió esa tarde a buscar comida y volvió con algo más que comida.
—Los Ejecutores del Gremio están apretando en el mercado bajo. Más de lo normal. Dicen que es por "irregularidades después de La Noche".
—¿A quién le están cobrando?
—A todos. Pero a la vieja Ilse más que a nadie. —Ren se sentó, cansado—. Tú la conoces. La de la puerta que huele a tinta vieja. Sobrevivió tres Noches. Le dieron una semana para pagar una deuda que su hijo dejó antes de que se lo llevaran en la segunda.
Valerius conocía esa puerta. La había pasado cientos de veces de niño. Recordaba el gesto de Ilse cuando les daba un trozo de pan a los niños de la calle: nunca abría del todo la cadena, pero nunca dejaba de darlo tampoco.
—Una semana —repitió.
—Una semana.
Lirian, guardando sus instrumentos, no levantó la vista, pero su voz llegó clara.
—No sé qué es lo que tienes en la mano, Valerius. Pero si algo de lo que pasó en el Estrado sigue siendo tuyo... esta sería una forma pequeña de averiguarlo.
Valerius miró su mano izquierda, la veta roja ya en calma. No sintió el impulso frío y ajeno de antes. Sintió algo más simple, algo que reconocía de toda una vida arreglando cosas que nadie más se molestaba en arreglar.
—¿Dónde guardan los contratos de deuda del Gremio? —preguntó.
Ren sonrió, por primera vez en dos días, con algo que no era del todo alivio pero se le parecía.
—Ahora sí estás hablando como tú