Scarlet Eclipse

Lo Que No Se Cura Con Vendas

Valerius despertó con la luz gris de la mañana colándose por la rendija de la ventana, y lo primero que vio fue a Ren. No se había movido de donde lo dejó la noche anterior: seguía sentado contra la puerta, con la espalda apoyada en la madera y la cabeza ladeada, los ojos abiertos y fijos en la mano izquierda de Valerius, como si en las horas que había durado el sueño esa veta roja pudiera haber cambiado a sus espaldas. No había cambiado. Seguía ahí, delgada y oscura, enroscada alrededor del número azul del Registro, igual que cuando cerró el puño y dejó que el cansancio ganara.

—Sigue igual —dijo Ren, sin que él preguntara, con la voz rasposa de quien no ha dormido—. Llevo contándola desde que amaneció. No se movió ni un poco.

Valerius habría sonreído por la ironía de oírle decir esa palabra, pero al intentar incorporarse el hombro le respondió con un tirón tan hondo que tuvo que volver a recostarse. Esa mañana, y la siguiente, el cuerpo le cobró todo lo que había gastado en la noche: una fiebre sorda que subía y bajaba sin avisar, un sudor frío pegado a la camisa, un cansancio que no se curaba durmiendo. Ren le llevaba agua y pan duro, le cambiaba los trapos con una torpeza cuidadosa, y se negaba a hablar de lo que ambos pensaban. Afuera, la ciudad seguía removiéndose, y de vez en cuando llegaban hasta la habitación voces apuradas y pasos de botas que se acercaban, se detenían un instante y se alejaban otra vez.

Al segundo día, el vendaje ya no servía para nada más que para esconder lo que había debajo. Valerius lo supo por el olor antes de quitárselo del todo: algo dulce y podrido, distinto al de la sangre seca. Ren lo miró desenrollar la tela con la misma cara que había puesto en el canal.

—Esto no se arregla con trapos limpios —dijo Ren—. Voy a buscar a Lirian.

—¿Quién es Lirian?

—Alguien que te va a doler mucho menos de lo que te va a doler si no lo busco.

Se fue antes de que Valerius pudiera preguntar algo más, y la puerta quedó cerrada con el pestillo de repuesto, con ese ruido breve que Valerius ya había aprendido a odiar. Pasó el resto de la tarde solo, mirando la grieta del techo y escuchando cada sonido de la calle, sin atreverse a cerrar los ojos del todo.

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Lirian resultó ser más joven de lo que Valerius esperaba, y más tranquilo de lo que la situación merecía. Entró con una bolsa de tela gastada al hombro, miró a Valerius un segundo entero antes de saludar —el tipo de mirada que evalúa, no que juzga— y dejó la bolsa en el suelo con el cuidado de quien ha aprendido que los movimientos bruscos asustan a la gente herida más de lo que ayudan. Tenía las manos limpias y firmes, la ropa remendada con puntadas minuciosas, y una forma de moverse por la habitación que parecía pedir permiso a cada objeto antes de tocarlo.

—Ren exagera con casi todo —dijo, sin levantar la vista mientras desenvolvía instrumentos—, pero contigo no exageró. Necesito que te sientes derecho y que no te muevas. Y necesito que sepas de entrada que esto va a doler. No te voy a mentir sobre eso.

—¿No puedes simplemente...? —Valerius movió la mano en un gesto vago.

—¿Arreglarlo como si nunca hubiera pasado? —Lirian negó con la cabeza—. No borro. Reordeno. Tu cuerpo tiene que enterarse de que ya no está roto.

Se arrodilló junto a él y apoyó dos dedos sobre el borde de la herida. Un color blanco con vetas celestes empezó a moverse bajo su piel, ordenado, geométrico, nada parecido al caos rojo del Estrado. Valerius lo miró avanzar con una fascinación incómoda, porque cada línea de luz parecía saber exactamente adónde ir, como un mecanismo bien armado que por fin encontraba su lugar.

—Necesito que hagas algo con las manos mientras trabajo —dijo Lirian—. Algo que no sea apretar los dientes. Ren me contó lo de las cerraduras.

Valerius se estiró hasta alcanzar las herramientas gastadas y empezó, con la mano buena, a desarmar el mecanismo. Contar los tornillos era más fácil que contar el dolor. Tres. Cuatro. El resorte estaba doblado, no roto. El dolor, cuando llegó de verdad, fue más lento y más profundo de lo que había imaginado, como si algo tirara de un hilo desde dentro del hueso, y Valerius apretó los dedos alrededor del resorte con más fuerza de la necesaria, aferrándose a esa pequeña pieza de metal como a lo único firme que había en la habitación.

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—¿Qué es esto?

Lirian se había detenido. Tenía la mano izquierda de Valerius sostenida con cuidado, mirando la veta roja alrededor de la marca azul.

—No lo sabemos —dijo Ren, desde la puerta—. Apareció esa noche.

—No es un Fragmento que yo reconozca. —Lirian pasó el pulgar cerca, sin tocar—. Y no se comporta como una infección ni como una Runa asentándose. No sé cómo se comporta. Eso es lo que me preocupa.

—¿Es peligroso? —preguntó Valerius, con la voz más pequeña de lo que hubiera querido.

—No lo sé —repitió Lirian, y esta vez lo miró directamente—. Y prefiero decirte eso a inventarte algo tranquilizador.

Fue el sonido, no la palabra, lo que lo hizo. Un golpe seco en la calle, abajo, demasiado parecido al de una bota contra piedra. Algo en el pecho de Valerius se cerró de golpe, y el resorte que tenía en la mano se rompió entre sus dedos sin que hiciera fuerza para romperlo. El aire de la habitación cambió: un frío repentino, seco, que le erizó la piel de los brazos. La vela de Ren tembló. Y en la mano de Valerius, la veta roja se encendió, no como fuego, como un pulso, latiendo al ritmo exacto de algo que no era su corazón.

—Valerius. —La voz de Ren, tensa—. Mírame.

No pudo. Algo tiraba de su atención hacia la puerta, hacia el sonido que ya no estaba, con una claridad que no era suya: podía sentir la diferencia exacta entre un guardia y un vecino, el peso de cada paso en la escalera, el ritmo de cada respiración al otro lado de la pared, y una parte de él, una parte que no reconocía como propia, ya estaba decidiendo qué hacer con esa información.



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En el texto hay: magia, fantasia oscura, acción

Editado: 01.11.2026

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