El depósito de contratos del Gremio no tenía guardia en la puerta principal. Tenía algo peor: un sistema de registro que anotaba quién entraba y a qué hora, así que la única entrada era la que no dejaba constancia de nada.
—Ventana del segundo piso —dijo Ren, señalando con la barbilla desde la sombra del callejón de enfrente—. La reja lleva sin aceitar desde antes de que naciéramos. Se puede forzar sin que suene.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque de niño robé aquí antes de saber que era illegal robarle a un edificio y no a una persona.
Valerius no preguntó más. Contó las ventanas del segundo piso, de izquierda a derecha, cuatro, y memorizó cuál era la que Ren había señalado. Contar seguía siendo lo único que hacía que sus manos dejaran de temblar antes de algo así.
Subieron por la cañería lateral, despacio, con el peso repartido para no hacer crujir el metal viejo. La reja cedió con el chasquido exacto que Ren había prometido: ninguno.
Adentro, el aire olía a papel viejo, a tinta y a cera de sellos derretida y vuelta a derretir cientos de veces. Filas de estantes se perdían en la oscuridad, cada uno con carpetas numeradas, y Valerius entendió, de golpe, que ese olor era el olor de doscientos años de gente reducida a una cifra.
—El Registro de Contribución está en el ala este —susurró Ren—. Los contratos de deuda individual, en el sótano. Sable dice que hay un índice por nombre en la primera sala.
—¿Sable ya sabe de esto?
—Sable sabe de todo lo que pasa en este edificio. Trabajó aquí. —Ren no dijo más, y Valerius no insistió. Había cosas de los nuevos que todavía no le tocaba preguntar.
Encontraron el nombre de Ilse en la tercera carpeta que revisaron, bajo un número que no significaba nada para nadie más que para ella: la deuda heredada de un hijo que ya no estaba, sumada durante años a un interés que el Gremio calculaba sin que nadie más lo entendiera. Valerius lo sostuvo un momento antes de acercarlo a la vela.
El papel ardió más lento de lo que esperaba. Tuvo tiempo de ver el nombre de Ilse desaparecer letra por letra antes de que el fuego llegara a lo que importaba.
Fue el crujido de una tabla, no la puerta, lo que los delató.
—¿Quién anda ahí?
La voz era joven. Demasiado joven para el tono de autoridad que intentaba, y Valerius lo supo antes de ver la cara: alguien que llevaba el uniforme del Gremio como quien lleva ropa prestada, no como quien la eligió.
—Apaga eso —dijo el chico, y su mano temblaba tanto como su voz alrededor de la empuñadura de un bastón de metal—. No sé qué están haciendo, pero...
—Baja el arma —dijo Ren, con las manos abiertas, la voz calmada—. No venimos por ti.
—No me importa por quién vengan. —El chico dio un paso más, y algo en el miedo de su cara se volvió más peligroso que la firmeza que intentaba fingir—. Si los dejo ir, mañana la deuda es mía. Así funciona esto. Alguien siempre paga lo que falta.
Valerius lo reconoció entonces, no la cara, sino el tipo de cara: la de alguien que había tomado ese trabajo porque era el único que había, igual que él había reparado cerraduras porque era lo único que sabía hacer con las manos.
—Nadie tiene que pagar nada —dijo, despacio, con las manos también abiertas—. Baja eso.
No funcionó. El chico dio un paso adelante en lugar de atrás, decidido de la forma en que solo puede estarlo alguien que tiene más miedo de perder su trabajo que de lo que tiene enfrente, y levantó el bastón.
Y en ese instante, antes de que el metal terminara de subir, Valerius sintió el impulso llegar —conocido ya, la misma tensión que había roto el resorte en la habitación— y no lo detuvo.
No fue una decisión con palabras. Fue más simple y más feo que eso: una parte de él hizo la cuenta más rápido que el resto —si nos descubre, todo esto fue para nada, Ilse sigue debiendo, alguien más paga por nosotros— y la cuenta salió a favor de dejarlo pasar.
El aire se abrió en un rojo pequeño, apenas una fracción de lo que había sido en el Estrado, pero suficiente: el bastón salió volando de la mano del chico junto con algo del hueso que lo sostenía.
Por medio segundo, antes del grito, antes de cualquier otra cosa, Valerius sintió algo que no fue horror.
Funcionó. Estamos a salvo.
Después llegó el grito, y no fue de miedo. Fue de dolor real, del tipo que no se olvida. Y detrás del grito, con el retraso exacto de quien tarda en darse cuenta de lo que acaba de sentir, llegó el horror, tan fuerte que por un momento Valerius no supo si el que temblaba era el chico en el suelo o él mismo de pie.
—¡Valerius! —Ren ya se había movido, sujetándolo del brazo con una fuerza que no era de contención sino de pánico—. Basta. ¡Basta!
Se detuvo. El rojo se apagó tan rápido como había llegado, dejando solo al chico en el suelo, sosteniéndose el brazo contra el pecho, con la respiración entrecortada de alguien tratando de no gritar más fuerte de lo que ya había gritado.
Valerius se quedó mirando sus propias manos como si no fueran suyas. Lo peor no era lo que habían hecho. Era que, durante medio segundo, no habían querido hacer otra cosa.
No lo mataron. No lo dejaron ahí tampoco: Ren improvisó un torniquete con la manga de su propia camisa, rápido, con las manos firmes de alguien que ha tenido que hacer eso antes por gente que le importaba menos, mientras el chico —Tobin, dijo entre dientes, cuando Ren le preguntó su nombre para que se concentrara en algo que no fuera el dolor— repetía que no iba a decir nada, que solo quería que se fueran, que por favor se fueran.
Se fueron. Salieron por donde habían entrado, con el contrato de Ilse quemado hasta la mitad todavía en la mano de Valerius, y ninguno de los dos habló hasta que estuvieron tres calles lejos del depósito.
—¿Qué fue eso? —La voz de Ren no tenía el filo de la broma que solía tener. Tenía otro filo—. No fue como en la habitación. Ese no fue miedo tuyo.