La luz de la mañana entraba filtrada por la tela que hacía de cortina, gris y sin fuerza, del mismo color que el cielo de los Bajos casi todos los días del año. Abajo, en la calle, alguien ya estaba discutiendo el precio del pan, y más lejos un carro cargaba algo pesado con el chirrido de una rueda que necesitaba grasa. Los sonidos de siempre. Eso, al menos, no había cambiado.
—Déjame ver la mano.
Lirian no lo preguntó como pregunta. Se sentó frente a Valerius con la misma calma de siempre, le tomó los dedos de la izquierda entre los suyos y los dobló uno por uno, despacio, mientras Valerius intentaba no hacer una mueca y fallaba. Tenía ojeras nuevas, más oscuras que las que traía la semana pasada, y Valerius se preguntó cuántas otras manos habría revisado esa misma noche antes de llegar a la suya.
—El meñique no responde.
—Responde. Solo tarda.
—Eso no es lo mismo. —Lirian pasó el pulgar por la veta roja, que seguía en calma, apagada desde la mañana anterior—. No es una herida que pueda cerrar con el Equilibrio. Es como si algo se hubiera cobrado un préstamo que tu cuerpo no sabía que había pedido.
Valerius no dijo nada. Contó los nudillos de su propia mano, tres veces, y en la tercera el meñique respondió un poco más rápido que en la primera.
—¿Vas a decirme que pare? —preguntó, sin mirarlo.
—Voy a decirte que tengas cuidado. Parar ya sé que no me vas a hacer caso. —Lirian soltó la mano y se puso de pie, guardando los instrumentos que ni siquiera había llegado a usar—. Solo quiero que la próxima vez que vengas así, sea porque no había otra forma. No porque decidiste que no la había.
Ren, sentado en el marco de la ventana, no dijo nada tampoco, pero había algo distinto en su silencio esa mañana: menos filo, más cansancio compartido. Cuando habló, fue sin la tensión de los últimos días.
—Mira dijo que nos fuéramos del barrio unos días.
—No podemos.
—Podemos. —Ren no lo dijo con enojo, esta vez, sino con la paciencia de quien ya sabe la respuesta antes de terminar la frase—. Lo que no queremos es irnos.
La respuesta llegó antes de que terminaran de discutirlo, y no fue de ninguno de los tres.
Fue Seln, la mujer Umbri que vivía dos pisos más abajo y que sabía, sin que nadie le preguntara nunca cómo, todo lo que se movía en ese edificio, quien tocó la puerta con dos golpes secos y entró sin esperar respuesta. Tenía las líneas grises de sus antebrazos —la marca de todos los Umbri, que se oscurecían con el cansancio como si la piel misma llevara un registro del día— más oscuras de lo habitual, casi negras desde el codo hasta la muñeca.
—El Gremio recalculó el Registro de todo el sector esta mañana. —Dejó un papel sobre la mesa, un aviso oficial con un sello de cera roja que Valerius no reconoció—. A todos. No solo a los que deben.
Ren tomó el papel primero. Lo leyó en voz baja, casi para sí, las palabras exactas del formulario: "Ajuste de contribución por irregularidades no resueltas en el distrito. Aplicable a la totalidad del sector conforme a responsabilidad colectiva." No decía Cuervo Escarlata en ningún lado. No necesitaba decirlo.
—Lo que significa —dijo Seln, antes de que nadie preguntara— es que como no encontraron al Cuervo, van a cobrarle a todo el que viva cerca de donde el Cuervo estuvo.
Ren volvió a leerlo, y su cara perdió el poco color que le quedaba.
—Esto es de Ilse.
—No. —Seln negó con la cabeza—. Ilse ya no debe nada, ustedes se encargaron de eso. Este es nuevo. Una deuda distinta, calculada distinta, para una mujer que nunca debió nada en primer lugar. La generaron hoy, de la nada, con el mismo formato que usan para todos los demás. Tres semanas para pagar.
Valerius miró el sello rojo, tan distinto de la veta roja de su propia mano y tan parecido en lo que hacía sentir: algo que se cobraba sin que nadie hubiera pedido el préstamo.
—Por nosotros.
—Por lo que el sistema necesita hacer sentir cuando algo se le escapa. —Seln se cruzó de brazos, sin la calidez que a veces tenía y sin la crueldad que hubiera sido fácil ponerle a la frase—. Ya vi esto antes, con otros nombres. Cuando algo se les escapa, cobran a los vecinos hasta que alguien entregue al que se escapó, o hasta que se cansen de pagar por algo que no hicieron. No hace falta que nadie arriba sea un monstruo. Alcanza con que alguien quiera quedar bien con su jefe a costa de gente que no puede pelear.
—¿Cuántos recibieron el aviso? —preguntó Valerius.
—Todo el edificio. El de al lado también. —Seln ya estaba en la puerta, con la prisa de quien tiene otros seis pisos que avisar antes del mediodía—. La vieja del segundo lloró cuando lo leyó. No porque no pueda juntar el dinero. Porque ya sabe que aunque lo junte esta vez, va a volver a pasar la próxima.
Salieron a la calle a media tarde, sin capucha esta vez —esconderse ya no servía de nada si el problema no era que los reconocieran a ellos sino a todo el barrio— y Valerius contó los sellos rojos en las puertas mientras caminaban. Siete en dos cuadras. Puertas que reconocía, algunas, de haber pasado frente a ellas toda su vida sin saber los nombres detrás.
En la sexta, un hombre mayor estaba sentado en el escalón de entrada, con el aviso todavía en la mano, sin llegar a guardarlo ni a soltarlo. Levantó la vista cuando pasaron, y por un segundo Valerius pensó que iba a reconocerlo, a señalarlo, a gritar algo. No hizo nada de eso. Solo volvió a mirar el papel, como si repetir la lectura fuera a cambiar lo que decía.
—¿Necesita algo? —preguntó Valerius, sin poder evitarlo.
El hombre no contestó enseguida. Siguió mirando el papel, y cuando por fin habló, no levantó la vista para hacerlo.
—Si van a hacer algo con esto, que sea rápido. Yo ya no tengo tres semanas.
No dijo su nombre. No preguntó el de ellos. Volvió a leer el aviso, como si Valerius ya no estuviera parado frente a él.