Scott nació en un pequeño pueblo costero donde el mar determinaba la rutina de todos: fijaba los horarios de pesca, marcaba el comercio y condicionaba el día a día. El horizonte funcionaba tanto de sustento como de amenaza; daba trabajo a los hombres, pero a menudo se cobraba vidas.
Su madre lo nombró Scott con la intención de alejarlo de las supersticiones locales, pensando que un nombre común lo mantendría vinculado a la seguridad de la tierra. Sin embargo, en el puerto las cosas eran distintas. Los apodos cambiaban según las costumbres, las anécdotas o el carácter de cada uno, y Scott demostró una actitud particular desde la infancia.
En cuanto aprendió a caminar con firmeza, el niño empezó a frecuentar la playa con una constancia que llamaba la atención de los lugareños. Iba directo a la orilla, atento al movimiento del agua.
—Míralo —comentaba uno de los viejos pescadores desde el muelle, observándolo—. No anda dando vueltas como los demás muchachos.
—No tiene prisa —respondía otro con una carcajada—. Se queda ahí parado mirando el agua como si estuviera pendiente de un aviso.
Su madre lo vigilaba desde la puerta de la casa, tratando de disimular la inquietud que le causaba su fijación.
—Scott... —lo llamaba, intentando sonar estricta—. No te acerques tanto a la orilla.
Él se giraba de inmediato con un gesto alegre y espontáneo. Tenía una mirada viva que anticipaba cualquier respuesta ingeniosa antes de hablar.
—No voy lejos, mamá —contestaba divertido, tomándose la advertencia con ligereza—. Solo quiero ver qué ha dejado la marea hoy.
—¿Qué va a dejar?
—A veces trae madera útil, a veces cosas extrañas —decía él de forma natural—. Es entretenido.
La mujer guardaba silencio. No le gustaba que un niño mostrara tanta familiaridad con el agua. En la costa, ese tipo de obsesiones no solían acabar bien.
Fue en esos años cuando surgió su apodo. Los marineros dejaron de llamarlo Scott porque consideraban que el chico pasaba demasiado tiempo en los muelles. En el habla de la zona, "Xion" se usaba para referirse al flujo de la marea, y a un pescador se le ocurrió juntar los términos una tarde en que el pequeño examinaba una concha marina brillante junto a las barcas.
—Scoxion —lo llamó el hombre, probando el nombre—. Te queda mejor. El niño de las mareas.
Scott se rió, conforme con la ocurrencia.
—Suena a nombre de capitán —dijo, irguiéndose y parodiando las posturas de los oficiales que veía en los barcos grandes.
Los adultos celebraron la ocurrencia, pero su madre se acercó para quitarle el salitre de los hombros y lo miró con seriedad.
—No necesitas ser capitán de nada, Scott —le dijo en voz baja—. Con que vuelvas a casa a salvo es suficiente.
Él cambió el tono de broma por una actitud más madura, mostrando que entendía la preocupación de su madre.
—Estoy bien, mamá. Conozco cómo se mueve el agua.
—El mar no reconoce a nadie —replicó ella con firmeza—. Se traga al que se descuida, sin importarle si es un niño o un marinero experimentado.
Scott no pretendía discutir ni contradecirla, solo intentaba explicar lo que percibía.
—No es por peligro —explicó despacio—. Es que noto cuándo cambia la corriente o cuándo viene una marejada. Se siente en el ambiente.
La madre aceleró el paso hacia la vivienda, perdiendo la paciencia.
—Pues si lo notas tanto, fíjate también en que la marea está subiendo y es hora de entrar.
—De acuerdo —respondió él, y para quitarle tensión al momento, añadió con sorna—: Si el mar me va a llevar, que al menos me pille cenado.
La mujer soltó un suspiro, conteniendo una sonrisa, y lo guio hacia el interior.
—Me vas a sacar canas antes de tiempo.
—Tú no cambias nunca —le contestó él con total seriedad—. Eres más dura que el acantilado.
—No digas tonterías y entra.
Ese era Scoxion: un chico abierto, de buen humor incluso cuando las condiciones eran difíciles, pero firmemente conectado a la rutina costera.
Mientras los otros muchachos del pueblo jugaban entre los callejones, él prefería revisar los restos que dejaba el oleaje. Recogía fragmentos de madera flotante, piezas de metal oxidado o cuentas de vidrio desgastadas por el roce de la arena. Le gustaba imaginar de dónde provenían esos objetos y les inventaba historias con tanto detalle que los propios pescadores se quedaban escuchándolo.