El puerto amaneció gris. No llovía, pero el aire estaba frío y húmedo. Las tablas del muelle estaban resbalosas y las gaviotas volaban bajo, como si también estuvieran esperando que algo pasara.
Caminé apoyado en mi bastón. Me dolían las rodillas, la espalda y los dedos de la mano derecha, la misma mano con la que durante años había sujetado cabos, remos, timones y hombres a punto de caer al agua. Ya no podía fingir que el cuerpo me respondía igual que antes.
Aun así, subí al barco sin pedir ayuda.
La tripulación estaba esperándome en cubierta. Algunos habían navegado conmigo más de media vida. Otros eran jóvenes que todavía miraban el mar con demasiada confianza. Todos guardaban silencio. Eso me incomodó más que cualquier tormenta.
Me detuve frente a ellos y apoyé el bastón contra la madera.
—No voy a hacer un discurso largo —dije con la voz ronca—. Ya saben que cuando hablo demasiado es porque estoy incómodo.
Algunos sonrieron. Eso ayudó un poco.
Mi contramaestre dio un paso al frente.
—Capitán...
Le levanté una mano para que esperara.
—Déjame terminar, Garrik. Si me interrumpes ahora, voy a olvidar lo que quería decir y vas a tener que aguantarme otra media hora.
Garrik cerró la boca, aunque se le notaba en la cara que quería discutir.
Miré a los demás.
—Hoy zarpamos una vez más. No vamos a comerciar ni a buscar una ruta nueva. Tampoco vamos a perseguir restos de naufragios. Esta travesía es mi despedida.
El silencio se hizo más fuerte.
Un marinero joven, Narel, bajó la mirada hacia las tablas.
—¿Es definitivo, capitán?
Respiré hondo. No quería decirlo, pero todos merecían escucharlo claro.
—Sí. Es definitivo.
Garrik apretó los puños.
—Nadie le está pidiendo que se retire. Si usted decide seguir, nosotros seguimos.
Lo miré con calma. Esa lealtad era lo que más me pesaba.
—Lo sé. Por eso mismo tengo que hacerlo bien. Si les pido una travesía más, ustedes aceptan. Si les pido diez más, algunos también aceptarían. Pero ya no se trata de orgullo. El barco necesita pasar a otras manos antes de que yo cometa un error por ser un viejo terco.
—Usted no comete errores así —dijo Garrik.
—Claro que sí. Lo que pasa es que siempre tuve gente rápida para corregirme antes de que el error nos hundiera.
Eso hizo reír a algunos.
Uno de los marineros más viejos, que llevaba una cicatriz en la mejilla desde hacía años, habló desde el fondo.
—El casco también cruje más que antes, capitán.
Me miré las manos y luego miré la borda.
—Entonces estamos iguales. Por eso nos entendemos.
La risa fue más abierta esta vez. No borró la tristeza, pero la hizo más llevadera.
Después de eso empezaron los preparativos. Nadie corrió de un lado a otro como en los viajes de comercio. Todos trabajaron despacio y con cuidado. Revisaron los cabos, las velas, los botes de salvamento, los barriles de agua y las cajas de comida. Yo caminé por la cubierta tocando la madera con la mano, revisando cada zona como lo había hecho miles de veces.
No quería que nada quedara a medias.
Garrik se acercó mientras yo miraba la base del mástil.
—Todavía puede cambiar de opinión.
—No empieces.
—Solo digo que puede.
—Ya dije que no.
Garrik suspiró.
—Nunca fue fácil hacerlo entrar en razón.
—Porque casi siempre la tenía.
—Eso es mentira, capitán.
—Pero suena bien.
Garrik negó con la cabeza, pero sonrió.
Cuando llegó la hora, ordené soltar amarras. El barco se apartó del muelle con suavidad. Vi el puerto alejarse poco a poco: los techos bajos, las redes colgadas, los niños mirando desde las escaleras y los hombres que levantaban la mano para despedirse.
No dije nada.
Me quedé en la proa, respirando el aire salado. La garganta me dolía un poco. Tal vez por el frío, tal vez por todo lo que estaba dejando atrás.
Garrik se puso a mi lado.
—¿Todo en orden?
—Sí.
—No suena muy convencido.
—Estoy viejo, no muerto. Puedo estar tranquilo y triste al mismo tiempo.
Garrik bajó la mirada hacia el agua.
—La tripulación lo va a extrañar.
—Tú te vas a encargar de que no tengan tiempo para eso.
—¿Yo?
—Claro. Tú serás el capitán después de este viaje.
Garrik se quedó callado. Durante años había evitado hablar de eso, aunque todos sabían que era lo correcto.