El día amaneció cubierto por una capa gris que no amenazaba lluvia, pero mantenía el ambiente pesado. En el puerto, la actividad arrancó despacio. Las gaviotas planeaban en lo alto sin hacer ruido y el mar permanecía inusualmente calmo.
Scoxion avanzó por el muelle apoyado en su bastón; el desgaste de los años y el trabajo en las cubiertas le pasaban factura. A pesar de la fatiga, caminaba con la espalda recta y la mirada atenta de siempre.
A bordo lo esperaba la tripulación. Algunos llevaban décadas bajo sus órdenes; otros eran jóvenes que apenas empezaban el oficio. Todos permanecían alineados en la cubierta en un silencio estricto. Scoxion subió la pasarela, se detuvo un instante al pisar la madera y los miró de frente.
—No voy a alargar esto —dijo con voz ronca—. Ya me conocen. Si hablo demasiado es porque estoy incómodo, y a mi edad no voy a ponerme a disimularlo.
Un par de marineros sonrieron levemente, rompiendo la tensión. El contramaestre, un hombre robusto y de pelo canoso, dio un paso adelante.
—Capitán...
Scoxion lo interrumpió con un gesto.
—Escuchen —continuó—. Hoy zarpamos una vez más. No vamos a comerciar, ni a buscar nuevas rutas comerciales, ni a ver qué encontramos. Esta travesía es para retirarnos.
El silencio en el puente se volvió más marcado. Un marinero joven, de barba rala, miró hacia las tablas de la cubierta.
—Capitán... —intervino con timidez—. ¿Es definitivo?
—Es lo que toca —respondió Scoxion—. He pasado a bordo más tiempo del habitual. He tenido suerte, he sido testarudo y, sobre todo, he contado con ustedes.
El contramaestre insistió, visiblemente contrariado por la situación.
—Nadie le está pidiendo que lo deje, capitán. Si usted decide continuar, la tripulación responde.
Scoxion lo miró fijamente y su gesto se relajó.
—Eso es lo más difícil —admitió—. Sé que si les pidiera un esfuerzo más, responderían el doble. Pero no se trata de lo que ustedes puedan aguantar, sino de lo que yo debo dejar organizado. Esta embarcación es de todos, y el oficio también.
Desde el fondo de la fila, uno de los marineros más veteranos habló con tono áspero:
—El casco ya cruje por los años, capitán.
Scoxion sonrió de lado.
—Como yo —replicó—. Por eso nos compenetramos bien.
Esta vez la respuesta fue generalizada, aliviando el ambiente antes de iniciar la faena.
Los preparativos se realizaron sin las prisas habituales de los viajes comerciales. Los hombres revisaron los cabos, aseguraron los nudos y repasaron el velamen con minuciosidad. El barco acusaba el paso del tiempo y los temporales, pero mantenía una estructura sólida. Mientras la tripulación terminaba las tareas, Scoxion recorrió la borda pasando la mano por la madera.
—¿Se acuerdan de la tormenta del norte? —preguntó a los que estaban cerca.
El contramaestre soltó un bufido.
—¿El del norte? Estuvimos a punto de irnos a pique, capitán.
—A punto —subrayó Scoxion—. Pero salimos de esa.
Un tripulante joven se acercó con curiosidad.
—Capitán, ¿por qué le resta importancia diciendo "a punto"?
—Porque estar a punto de caer no es caer —explicó Scoxion—. Mientras salgas entero, la experiencia sirve para el siguiente viaje. Ya tendrás tiempo de darle vueltas a estas cosas cuando te fallen las articulaciones como a mí.
—¿Le molestan mucho?
—Lo justo para recordar que ya no tengo veinte años, pero no lo suficiente para quedarme en el muelle.
La nave zarpó a media mañana y el perfil del puerto fue quedando atrás. Scoxion se situó en la proa, cerró los ojos un instante y respiró el aire húmedo. El contramaestre se situó a su lado, hablando en voz baja para no romper la rutina de la navegación.
—¿Todo en orden?
Scoxion abrió los ojos.
—Estoy conforme —contestó—. Es raro. La mayoría de los marineros dan las gracias cuando pisan tierra firme tras un susto. Yo prefiero hacerlo aquí, donde todavía estamos expuestos.
—Quizá por eso tiene más valor —sugirió el contramaestre.
Scoxion lo miró con sorpresa y sonrió.
—Vaya... Te estás volviendo observador. Tendré que retirarme rápido antes de que me quites el puesto.
Las jornadas siguientes transcurrieron con una meteorología favorable. El viento empujaba el aparejo de forma constante y el mar se mantenía llano, facilitando el rumbo. Por las noches, la tripulación encendía pequeños fuegos controlados en recipientes metálicos sobre la cubierta. A la luz de las lámparas de aceite, los hombres conversaban y recordaban anécdotas de antiguas travesías.
Scoxion permanecía escuchándolos. A veces intervenía con alguna frase corta o tarareaba alguna tonada antigua, observando a su dotación. El joven de barba rala se acomodó cerca de su puesto y esperó a que el capitán le prestara atención.
—Capitán... ¿cómo recuerda su primera tormenta mar adentro?