Scoxion - El Errante del Mar

Capítulo 3 - El regalo de la cueva

Los días pasaron rápido y sin previo aviso. Al principio, Scoxion intentó ignorar lo que había vivido en la cueva, convenciéndose de que era mejor procesarlo después, cuando estuviera más tranquilo. Sabía que había sobrevivido a un golpe durísimo que lo dejó sin barco y sin recursos, pero entendió que su única prioridad real ahora era localizar a su tripulación.

Sin embargo, los cambios físicos eran innegables. Durante la primera semana, notó que las molestias desaparecían. Un dolor crónico en la rodilla que solía desvelarlo por las noches simplemente dejó de doler. Una mañana se levantó de la cama de la taberna y esperó el tirón habitual en la espalda por la edad. Pero para su sopresa, no sintió nada. Se enderezó despacio, extrañado de que su propio cuerpo no reaccionara como siempre.

—¿Qué haces? —le preguntó el tabernero, un hombre de bigote grueso que limpiaba la barra.

Scoxion lo miró sin moverse.

—Espero a que me duela algo —respondió serio.

El tabernero se detuvo, extrañado.

—¿Te quejas porque no te duele nada?

—No me quejo —dijo Scoxion de forma tajante —. No estoy de humor, perdí a mi tripulación. Perdí mi barco. Perdí...

Se calló. No iba a decir "mi vida", porque seguía vivo, y ese era el verdadero problema.

El tabernero dejó el trapo a un lado.

—Disculpa. No lo sabía.

Scoxion suspiró.

—Da igual —respondió para cerrar el tema—. Solo... es raro. Me siento demasiado alerta.

—Eso es por el miedo —dijo el hombre—. El miedo te mantiene despierto a la fuerza.

Scoxion se aferró a esa explicación. Tenía que ser el miedo, la adrenalina o la simple terquedad; cualquier cosa antes que aceptar la otra opción.

Sin embargo, los cambios eran evidentes. Caminaba por los muelles durante horas sin cansarse. Cargaba cajas pesadas él solo, cuando antes necesitaba ayuda o varios descansos. Dormía poco y despertaba con una lucidez extraña para un hombre de su edad que acababa de sobrevivir a un naufragio.

Un carpintero naval lo observó mientras movía unos tablones.

—Para tus años... —comentó el hombre, dudoso.

Scoxion se puso a la defensiva.

—¿Qué pasa con mis años?

—Nada —dijo el carpintero, rascándose la nuca—. Solo pensé que te quejarías más del esfuerzo.

—Me quejo por dentro —respondió Scoxion con una mueca rápida—. Así no gasto energías.

El carpintero se rió y lo dejó en paz.

Esa fue la primera regla que se impuso: no llamar la atención. Si la gente observaba demasiado, terminaría notando lo mismo que él intentaba ignorar.

Semanas después, se inclinó sobre el borde del muelle al amanecer. El agua estaba tan calmada que devolvía un reflejo nítido. Solo quería mirarse a los ojos para reconocerse, pero lo que vio lo alarmó.

Las ojeras ya no eran tan profundas. Su mandíbula se notaba más firme y las arrugas marcadas por el sol y la sal se habían suavizado. Se tocó la cara, extrañado por la textura de su propia piel.

—No puede ser... —susurró.

—¿Te vas a caer o estás admirando el paisaje? —lo interrumpió una voz.

Era una pescadora joven que pasaba con una cesta al hombro. Scoxion reaccionó de inmediato.

—Discutía con mi reflejo —mintió—. No me gusta lo que veo.

—Entonces estás bien —respondió ella mientras seguía de largo—. Los locos que hablan solos al menos siguen vivos.

Scoxion la vio alejarse y volvió a mirar el agua. Esta vez el reflejo le pareció normal, o quizás su mente prefirió calmarse.

Esta vez el reflejo le pareció normal, o quizás su mente prefirió calmarse

Con los meses, el cambio se volvió inocultable. Su cuerpo ganaba fuerza en los brazos, las manos ya no le temblaban y respiraba mejor. Llegó un punto en el que se miraba al espejo y veía a un hombre mucho más joven. Una mañana, al amarrarse las botas, notó que ya no necesitaba el bastón. Lo dejó en una esquina de la habitación.

En ese mismo lugar, una curandera del puerto fue a revisarle una vieja herida en el costado. Scoxion la había llamado por pura costumbre. Al levantarle la camisa, la mujer frunció el ceño.

—Esto no tiene sentido —dijo, perdiendo la seguridad—. Debería estar peor.

Scoxion se tensó.

—¿A qué te refieres?

—Deberías tener una cicatriz dura y dolorosa con el frío —explicó ella, mirándolo fijo—. ¿Cuántos años tienes realmente?

La pregunta lo incomodó, pero mantuvo la calma.

—Demasiados.

—No estoy bromeando.



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Editado: 14.07.2026

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