Los días después del naufragio pasaron demasiado rápido. Yo intenté concentrarme solo en una cosa: encontrar a mi tripulación. Todo lo demás podía esperar.
Eso me repetía cada mañana al levantarme. Primero debía buscar a mis hombres. Primero debía revisar puertos, preguntar por botes, seguir rumores y mirar cada lista de sobrevivientes. Lo de la cueva podía esperar.
Pero mi cuerpo no esperó.
La primera semana noté que me dolía menos la rodilla. Ese dolor llevaba años conmigo. A veces me despertaba de noche por culpa de esa molestia y tenía que mover la pierna despacio hasta poder dormir otra vez. De pronto dejó de pasar.
Una mañana me levanté de la cama de la taberna esperando el tirón de siempre en la espalda. Me quedé sentado un momento, preparado para aguantarlo.
No sentí nada.
Me enderecé despacio. Moví los hombros. Abrí y cerré las manos. Nada.
—¿Qué haces ahí parado? —me preguntó el tabernero desde la barra.
Era un hombre bigotón, voz ronca y poca paciencia. Siempre estaba limpiando vasos, aunque nunca quedaban limpios del todo.
Lo miré sin saber qué responder.
—Estoy esperando a que me duela algo.
El hombre dejó el trapo sobre la barra.
—¿Y ahora te quejas porque no te duele nada?
—No me estoy quejando —respondí, más seco de lo necesario—. Perdí mi barco. Perdí a mis hombres. No estoy de humor para bromas.
El tabernero cambió la cara.
—No lo sabía.
—Da igual.
No daba igual, pero no quería hablar de eso con un desconocido.
El hombre bajó un poco la voz.
—A veces el miedo deja el cuerpo raro. Duermes mal, comes poco y sigues de pie aunque deberías caer al suelo. Me pasó cuando perdí a mi hermano en una tormenta.
Me agarré a esa explicación porque era sencilla. Miedo. Cansancio. Nervios. Cualquier cosa servía mejor que aceptar lo que estaba ocurriendo.
Pero los cambios siguieron.
Caminaba por los muelles durante horas y no terminaba agotado. Cargaba cajas que antes habría pedido mover entre dos hombres. Dormía poco, pero despertaba con la cabeza clara. Cada día me sentía más fuerte.
Eso me preocupaba.
Un carpintero naval me vio levantar unos tablones cerca de la zona de reparación. Se quedó mirándome demasiado tiempo.
—Para tus años... —dijo.
Me puse tenso de inmediato.
—¿Qué pasa con mis años?
El hombre se rascó la nuca.
—Nada. Pensé que te iba a costar más.
—Me cuesta —respondí—. Solo no hago ruido por cada molestia.
El carpintero se rió y volvió a su trabajo. Yo seguí cargando, pero ya no hice más de lo necesario. Esa misma tarde tomé una decisión: no debía llamar la atención.
Fue mi primera regla.
Si alguien miraba demasiado, terminaría haciendo preguntas. Y si hacía preguntas, yo no tendría respuestas.
Semanas después me incliné sobre el borde del muelle al amanecer. El agua estaba quieta y el reflejo se veía claro. Solo quería mirarme un momento. Quería reconocerme. Quería saber si seguía siendo el mismo hombre que había perdido un barco entero.
Lo que vi me dejó frío.
Mis ojeras estaban menos marcadas. La piel del rostro no se veía tan dañada por el sol y la sal. La mandíbula se notaba más firme. Me toqué la cara con cuidado, como si fuera de otra persona. Me veía más joven.
—No puede ser —murmuré.
—¿Te vas a caer o estás mirando tu belleza? —dijo una voz detrás de mí.
Una pescadora joven pasó con una cesta al hombro. Me miraba con una mezcla de burla y curiosidad.
Me aparté del borde.
—Discutía con mi reflejo.
—¿Y quién ganó?
—Nadie. Los dos salimos perdiendo.
La mujer soltó una risa corta.
—Entonces todavía estás bien. Los que hablan solos en el muelle al menos siguen vivos.
La vi alejarse y volví a mirar el agua. Por un instante el reflejo pareció normal. Tal vez era la luz. Tal vez estaba viendo lo que quería ver. Tal vez mi cabeza estaba buscando problemas porque no soportaba pensar en mis hombres.
Quise creer eso.
No pude hacerlo por mucho tiempo.
Con los meses, dejé de necesitar el bastón. Una mañana lo vi apoyado en la esquina de mi cuarto y entendí que llevaba días sin usarlo. Me quedé mirándolo como si fuera una prueba contra mí.