Scoxion - El Errante del Mar

Capítulo 5 - La red bajo la capucha

Lo que más recordé de aquel encuentro fue una frase.

«Todavía eres útil».

El corte del brazo me dolía. La arena seguía pegada a mi cara y la ropa estaba húmeda por la noche en la costa. Pero esas palabras se me quedaron en la cabeza durante días.

No me habían matado porque les convenía dejarme vivo.

Eso significaba que me habían observado. Sabían quién era, qué estaba buscando y quizá también cuánto llevaba persiguiendo pistas sobre mi tripulación. Esa idea me molestó más que la herida.

Pasé la noche sin dormir en una habitación barata cerca del puerto. Dejé la navaja sobre la mesa, limpié la sangre del brazo y revisé mis notas una y otra vez. La letra J aparecía de nuevo. La espiral doble también.

Ya no podía moverme como antes.

Si seguía usando el mismo nombre, me iban a encontrar rápido. Si preguntaba por las cuevas de forma abierta, alguien terminaría vendiéndome por unas monedas. Si atacaba al primer encapuchado que encontrara, quizá mataría a uno, pero los demás desaparecerían.

Tenía que pensar mejor.

Al día siguiente vendí mi capa vieja, compré ropa usada y me corté la barba de otra forma. Me recogí el cabello, me manché la piel con hollín y cera, y me hice una marca falsa en el pómulo. No era un disfraz perfecto, pero en un puerto lleno de hombres cansados bastaba con parecer otro.

Dejé de llamarme Scoxion.

En ese lugar usé el nombre de Roder.

Conseguí trabajo como cargador en los almacenes de salazón y pescado. Era un trabajo simple. Levantar cajas, mover barriles, limpiar el suelo cuando se rompía un saco y aguantar el olor de pescado viejo hasta que la ropa quedaba impregnada.

Me convenía.

Nadie le presta atención a un cargador si no habla demasiado.

Durante dos días trabajé y escuché. Los hombres del muelle hablaban de deudas, apuestas, mujeres, barcos que llegaban tarde y patrones que pagaban mal. Entre esas conversaciones aparecían cosas útiles: cargas nocturnas, pagos en monedas limpias, botes pequeños que no figuraban en los registros y almacenes donde nadie hacía preguntas.

La tercera noche escuché algo distinto.

Estaba en una taberna apartada, sentado en una mesa cerca de la pared. Comía despacio para tener una excusa y quedarme allí. Dos hombres hablaban al otro lado del salón. Uno estaba muy delgado, con la cara hundida y las manos alrededor de una jarra. El otro era más joven y parecía no tomar en serio nada.

—No vuelvo a hacer transportes de noche —dijo el hombre delgado.

—Otra vez con eso —respondió el joven—. Pagan bien. Cargamos los frascos, los dejamos donde nos dicen y nos vamos. Fin del trabajo.

—Tú no has visto lo que vi yo.

—¿Qué viste? ¿A los tipos con capucha? También los vi. Son raros, pero pagan.

El hombre delgado miró hacia los lados antes de contestar.

—Tienen una sala con camillas. Había correas, frascos y papeles por todas partes. Un hombre con guantes tomaba notas. Había gente amarrada.

El joven se burló, pero su voz perdió fuerza.

—Estás inventando.

—Ojalá.

Me quedé quieto. Seguí comiendo como si no me importara, aunque por dentro ya estaba recordando cada detalle.

Camillas. Correas. Frascos. Personas vivas.

No eran simples contrabandistas. Estaban haciendo pruebas con la gente.

Esperé a que la taberna se llenara de ruido. Luego me levanté como si fuera a salir, pasé cerca de la mesa del hombre y dejé caer una moneda buena junto a su jarra. El hombre la vio y se tensó.

Me incliné apenas hacia él.

—Mañana al amanecer, detrás del almacén de redes —le dije en voz baja—. Ven solo.

El hombre abrió la boca.

—Yo no...

—No hables aquí —lo corté—. Vienes o no. Tú decides.

Salí sin mirar atrás.

Al amanecer, el puerto estaba cubierto de niebla. Me quedé junto a unos postes de amarre, con la capa cerrada y la navaja cerca de la mano.

El hombre llegó tarde. Miraba hacia atrás cada pocos pasos.

—No puedo quedarme mucho —dijo apenas se acercó

—No puedo quedarme mucho —dijo apenas se acercó.

—Entonces habla rápido.

—¿Quién eres?

—Alguien que investiga a la misma gente que te tienen asustado.

El hombre tragó saliva.

—Yo solo muevo mercancía.

—¿Trabajas para ellos?



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Editado: 04.08.2026

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