Scoxion - El Errante del Mar

Capítulo 6 - La sustancia prohibida

Me tomó dos días volver a dormir sin despertarme por cualquier ruido.

No era miedo común. Era saber que alguien me estaba vigilando. Desde que vi a la mujer de la máscara y desde que encontré las marcas con la letra J, ya no podía caminar como antes. Cada puerta, cada ventana y cada persona que me miraba demasiado podía ser un problema.

Esa mañana me levanté antes del amanecer en un hostal barato. El cuarto olía a humedad, la madera del piso crujía y las paredes eran tan delgadas que escuchaba los pasos del pasillo.

Me senté en la cama y miré mis manos.

No me temblaban. No me dolían las articulaciones. No sentía esa rigidez que antes me acompañaba todas las mañanas. Eso debía alegrarme, pero me molestaba. Mi cuerpo decía una cosa y mis papeles decían otra. Yo sabía cuántos años tenía. Mi cuerpo ya no obedecía a esa edad.

Me pasé los dedos por la cara, respiré hondo y me obligué a pensar en lo importante.

Tenía un objetivo: encontrar de dónde salía esa sustancia y quién la estaba usando.

Unos golpes sonaron en la puerta.

—¿Señor? —preguntó un empleado desde afuera—. ¿Va a bajar al comedor o prefiere que le subamos algo?

Me quedé callado un segundo. No quería responder demasiado rápido. En mi situación, hasta una reacción normal podía llamar la atención si alguien estaba mirando.

—Bajaré en un momento —respondí.

—Como diga.

Escuché sus pasos alejarse por el pasillo.

Me lavé la cara, me acomodé el pañuelo y cambié un poco mi peinado. Se volvió una costumbre. Si alguien me había visto el día anterior, quería que dudara al verme otra vez.

Bajé al salón común cuando todavía había poca gente. Dos transportistas comían en una mesa cerca de la ventana. Tenían las botas llenas de barro y hablaban entre ellos sin levantar la voz. En otra mesa había un hombre viejo dormido sobre los brazos.

Me senté al fondo.

La encargada me trajo caldo caliente y pan duro. Era una mujer de rostro cansado, con las mangas remangadas y una manera de mirar que no parecía casual.

—No lo había visto por aquí —dijo mientras dejaba el plato.

—Estoy de paso.

—Eso dicen todos.

No respondí. Partí el pan y esperé.

La mujer bajó la voz.

—Le voy a decir algo, porque se nota que usted anda preguntando cosas. En este pueblo, la gente que pregunta demasiado desaparece.

Levanté la mirada.

—¿Quién desaparece?

—Viajeros, cargadores, gente curiosa —respondió—. No siempre, pero pasa. Por las noches salen carrozas hacia el interior. Compran sal, cuerdas, herrajes y herramientas. Pagan bien y nadie hace preguntas.

—¿Quiénes son?

—Hombres cubiertos. A veces no traen capucha, pero igual se nota que no son de aquí. Miran todo. Revisan quién entra, quién sale y quién escucha.

—¿A dónde van esas carrozas?

La mujer miró hacia las otras mesas. Los transportistas seguían comiendo, pero ella no confiaba en eso.

—Hay una cantera abandonada al otro lado del río —dijo al fin—. La usan como depósito. Yo no me acerco. Usted tampoco debería hacerlo, pero sé que irá de todas formas.

—No suelo meterme en riesgos sin pensar.

La mujer soltó una risa corta.

—Eso dicen los hombres antes de hacer una estupidez.

No me molesté. Me había dado lo que necesitaba.

—Gracias por el aviso.

—No me dé las gracias. Solo no diga que fui yo.

—No se preocupe.

Pagé la comida y salí del hostal sin quedarme más tiempo del necesario.

El camino hacia la cantera era pesado. La tierra estaba blanda y se pegaba a las botas. Crucé el río por un puente viejo y seguí entre arbustos bajos hasta ver las marcas de ruedas recientes. Me agaché para revisarlas. No eran de un carro común de campesinos. Las ruedas eran anchas y llevaban peso.

Me oculté entre la vegetación y observé la cantera durante un buen rato.

Había dos carrozas de carga cerca de un cobertizo. Varios hombres movían cajas. Algunos eran trabajadores normales; no llevaban capucha ni armas visibles. Otros sí vigilaban. Conté tres guardias: dos en la entrada principal y uno atrás. Cada cierto tiempo cambiaban de posición.

Cada cierto tiempo cambiaban de posición

Anoté todo en mi cuaderno.

Ya había aprendido mi lección. Si atacaba sin saber qué había dentro, quizá mataba a uno o dos, pero los demás moverían el material y yo volvería a empezar desde cero.



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Editado: 04.08.2026

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