Llegué al puerto con el nombre de Roder.
Ese lugar no tenía nada especial a simple vista. Había muelles viejos, redes colgadas, cajas de pescado, hombres cargando sal y barcos pequeños entrando y saliendo desde temprano. Justo por eso me servía. En un sitio común, un trabajador más podía pasar desapercibido.
Me quedé allí porque necesitaba escuchar. Después de lo que había descubierto sobre la sustancia, los carros, los viales y la marca de la J, ya no podía moverme como antes. Si hacía preguntas directas, alguien iba a notarlo. Si mostraba demasiado interés, la organización podía cambiar de ruta otra vez.
Así que trabajé.
Durante los primeros días cargué sacos de sal desde los almacenes hasta las bodegas. También ayudé a enderezar un mástil dañado y pasé varias horas desenredando cabos en agua fría. Mis manos se movían solas por costumbre. Había hecho trabajos más duros en peores condiciones, pero aun así fingí cansancio cuando tocaba. La gente confía más en un hombre agotado que en uno que parece no sentir el peso de nada.
Mientras trabajaba, escuchaba.
Los estibadores hablaban mucho cuando creían que nadie importante los atendía. Se quejaban del pago, del clima, de los capataces y de las desapariciones. Ese último tema aparecía siempre en voz baja.
Una mañana, mientras aseguraba un cabo junto a un marinero viejo, escuché la conversación que me hizo quedarme más tiempo.
—Antes los accidentes tenían sentido —dijo el viejo, mirando hacia los almacenes—. Una tormenta, una mala maniobra, un barco viejo. Algo que podías explicar.
Otro hombre, más joven, cargaba una caja de pescado sobre el hombro.
—En este oficio siempre desaparece gente —respondió—. Algunos se endeudan, cambian de nombre y se van a otra costa.
El viejo negó con la cabeza.
—No hablo de eso. Hablo de mozos fuertes que aceptan trabajo tierra adentro y no vuelven. Todos parecidos. Todos sin familia cercana. Preguntas por ellos en la capitanía y nadie sabe nada.
Seguí atando el cabo sin mirarlos. No me convenía demostrar interés.
Un tercer estibador soltó una risa seca.
—Eso son historias de taberna.
—No —contestó el viejo—. Mi sobrino conocía a dos. Se fueron con unos hombres que prometían buen pago por cargar materiales en el norte. Desde entonces nadie los ha visto.
Me quedé con ese dato.
Hombres fuertes. Sin familia. Trabajo falso. Rutas hacia el interior.
La organización no solo tomaba náufragos o vagabundos. También elegía trabajadores útiles y los sacaba del puerto con una excusa normal. Era más ordenado de lo que esperaba. Eso me molestó, porque significaba que llevaban mucho tiempo haciéndolo.
Esa noche, en mi habitación del hostal, revisé mis notas. Tenía el vial escondido en el fondo del equipaje, envuelto en lona para que nadie viera el brillo. No lo tocaba más de lo necesario. Cada vez que lo miraba sentía la misma mezcla de rabia y duda.
Ese líquido estaba dentro de mí de alguna forma. Me había quitado la vejez y me había dejado con demasiadas preguntas.
No pensaba agradecerle nada a esa maldita sustancia.
Al cuarto día noté que alguien me observaba.
Estaba sentado junto al atraque principal, reparando una red rota. Un hombre se había colocado cerca de un pilar de carga. Llevaba ropa civil limpia, demasiado limpia para un trabajador del muelle. No tenía manos de marinero, tampoco de escribiente. No hacía nada. Solo miraba.
No levanté la cabeza.
Metí la aguja por la red, tiré del hilo y seguí trabajando como si no hubiera notado nada. Si reaccionaba, le iba a confirmar que tenía algo que esconder. Ya había cometido ese error antes y no pensaba repetirlo.
El hombre se quedó ahí bastante tiempo. Después se fue.
Al día siguiente lo vi otra vez en la taberna. Estaba sentado cerca de la salida, con una jarra casi llena delante. Escuchaba las conversaciones, pero no participaba. Cada vez que alguien mencionaba los almacenes del norte o los caminos interiores, miraba en mi dirección sin mover mucho la cabeza.
Entonces entendí dos cosas.
Primero, no era un curioso del puerto. Segundo, no trabajaba como los encapuchados que yo conocía. Los encapuchados intentaban presionar, seguir o atacar. Este hombre esperaba.