Después de hablar con Saisto, intenté seguir mi vida como antes.
No fue fácil.
Durante años me había movido de puerto en puerto con una sola idea en la cabeza: encontrar a mi tripulación o descubrir qué les pasó después del naufragio. Había seguido rumores falsos, mapas incompletos, historias de borrachos y pistas que terminaban en nada. También había trabajado en cualquier cosa para no llamar la atención. Cargaba cajas, reparaba redes, arreglaba cabos y fingía ser un marinero común.
Pero ya no podía convencerme de que todo era igual.
Saisto no me dio una solución. Tampoco me dio un destino claro. Me confirmó algo importante: había otros como yo. Personas que no envejecían como los demás y que estaban buscando respuestas por sus propios motivos.
Eso debía tranquilizarme.
No lo hizo.
Saber que había más inmortales no me quitó la culpa. Cuando cerraba los ojos, seguía escuchando el crujido de mi barco, los gritos de mis hombres y el golpe del agua partiendo la madera. Nada de eso se borró por conocer a otro igual que yo.
Esa mañana estaba solo en mi bote. Había salido antes del amanecer para revisar una zona de arrecifes que varios pescadores evitaban. Nadie quería acercarse allí porque las rocas rompían cascos y las corrientes cambiaban sin aviso. Para mí, eso era suficiente motivo para investigar.
Tenía comida para tres días, agua, cuerda, una lámpara, herramientas y el vial de la sustancia envuelto en lona dentro de una caja. Lo sacaba solo cuando hacía falta. Cada vez que lo tocaba, sentía una presión rara en el pecho y me daban ganas de romperlo contra la cubierta.
Pero no lo hice.
Todavía necesitaba entender qué era.
El viento iba a favor al principio. El agua estaba tranquila y el cielo tenía ese gris claro que suele aparecer antes de que el sol se levante del todo. Revisé la vela, ajusté el timón y marqué la ruta en mi cuaderno.
Entonces lo sentí.
Una molestia en el pecho. Sentí una presión seca, como si mi cuerpo reconociera algo cercano. Ya me había pasado antes, cerca de las cuevas, de los frascos y de los lugares donde la organización guardaba material.
Me quedé quieto con una mano sobre el timón.
—No otra vez —murmuré.
Intenté ignorarlo. Me dije que quizá era cansancio, que llevaba demasiadas noches durmiendo mal, que no podía perseguir cada sensación extraña. Si hacía eso, acabaría dando vueltas por el mar hasta perder la cabeza.
Pero el viento cambió.
La vela tiró hacia un lado con fuerza. El bote se inclinó y tuve que corregir rápido para no golpear una roca baja. Miré el agua. La corriente se movía en una dirección diferente a la que había calculado.
Eso estaba mal.
—Está bien —dije entre dientes—. Te sigo.
Giré el timón y dejé que la corriente me llevara hacia mar abierto. No me gustaba depender de señales que no podía explicar, pero había aprendido algo: cuando mi cuerpo reaccionaba así, casi siempre había peligro cerca.
Navegué varias horas.
Al acercarme al arrecife, vi restos flotando. Primero fue una tabla rota. Después un trozo de tela azul enganchado entre las piedras. Más adelante apareció una caja partida, con marcas de golpes recientes. Bajé la velocidad y me acerqué con cuidado.
El agua estaba oscura entre las rocas. Las olas golpeaban fuerte y dejaban espuma en los bordes del arrecife. Había señales de una pelea o de un naufragio reciente. No vi cuerpos, pero sí demasiada madera rota para pensar que era basura arrastrada desde lejos.
Ajusté el ancla pequeña y la lancé cerca de una zona más protegida.
—Vamos despacio —me dije.
Me escondí detrás de un grupo de rocas para observar. No quería meterme de cabeza en una trampa. Ya había cometido ese error antes y casi no salgo vivo.
Entonces la vi.
Una mujer estaba arriba del arrecife, cerca del borde más alto. Llevaba ropa azul, pesada por el agua y la sangre. Tenía el cuerpo lleno de golpes, pero seguía de pie. Eso ya decía mucho de ella. La mayoría habría caído mucho antes.
Frente a ella había una figura con armadura negra. Se movía con una fuerza demasiado grande para un soldado común. No dudaba y no hablaba. Cada golpe que lanzaba hacía retroceder a la mujer varios pasos.
Me quedé mirando con la mandíbula tensa.
—¿Qué demonios eres? —susurré.
La mujer levantó su espada y bloqueó un ataque. El impacto fue tan fuerte que incluso desde mi bote escuché el choque del metal. Ella no se rindió. Respondió con rapidez, buscando huecos en la armadura. Tenía experiencia. Sabía pelear. Pero estaba herida y cansada.