Pasaron muchos años antes de que aceptara algo que ya era evidente: yo seguía igual y el mundo no.
Al principio lo noté en las personas. Volvía a un puerto después de diez o quince años y los rostros que recordaba ya estaban viejos. Algunos habían muerto. Otros tenían hijos adultos. Otros me miraban como si les resultara conocido, pero no sabían de dónde.
Yo seguía con la misma cara.
Eso me obligó a moverme más. Cambiaba de nombre, de ropa, de oficio y de puerto. A veces era cargador. A veces marinero. A veces reparaba velas o vendía piezas rescatadas del fondo del mar. Siempre decía lo mínimo. La gente pregunta menos cuando uno trabaja duro, paga a tiempo y se va antes de hacer amistades.
Pero el mundo también cambiaba.
Los muelles se hicieron más grandes. Las tabernas viejas fueron reemplazadas por edificios de ladrillo. Llegaron máquinas, vías, fábricas y nuevas formas de comerciar. Los hombres empezaron a hablar de progreso como si esa palabra pudiera arreglarlo todo.
Ya no me fiaba de nada.
Había visto demasiadas cosas para creer que la gente mala desaparece solo porque cambia de ropa.
Las sectas cambiaron también.
Antes eran más fáciles de reconocer. Usaban túnicas oscuras, símbolos marcados en piedra, altares ocultos y palabras raras para asustar a la gente. Luego aprendieron a esconderse mejor. Dejaron las túnicas y usaron abrigos comunes. Dejaron los templos sucios y se metieron en hospitales, fundaciones, archivos y fábricas. Dejaron de hablar de dioses en público y empezaron a hablar de ciencia, ayuda y bienestar.
El resultado era el mismo: la gente desaparecía.
Una noche, en una cantina cerca de una ruta comercial, escuché a dos hombres discutir en la mesa de al lado. Yo estaba sentado con una jarra de cerveza sin beber casi nada.
—Te digo que esa caravana no llegó —dijo uno de ellos, golpeando la mesa con los dedos—. Salieron con escolta. Llevaban caballos, armas y mercancía. No eran principiantes.
—Las caravanas se pierden —respondió el otro—. Hay bandidos, caminos malos y guerras por todas partes.
—No esta vez. No encontraron ruedas marcadas, ni caballos, ni cuerpos. Nada.
El segundo hombre se quedó callado un momento.
—Entonces no hables tan fuerte.
El primero bajó la voz.
—Ese día el aire olía raro. Como a metal mojado.
Yo dejé la jarra sobre la mesa sin hacer ruido.
Ese olor aparecía siempre cerca de la sustancia.
No me levanté de inmediato. Aprendí hacía mucho que reaccionar rápido llamaba la atención. Esperé hasta que los dos salieron del local y los seguí a distancia. No eran miembros de ninguna secta; solo hombres asustados que habían visto algo y no sabían qué hacer con eso.
Los dejé ir.
Al día siguiente fui al camino donde la caravana había desaparecido. Revisé el barro seco, las ramas rotas y los restos de fogatas. No encontré cuerpos ni señales claras de pelea. Solo una marca pequeña en una piedra, casi borrada por el polvo: una espiral doble.
Me agaché y pasé los dedos sobre la marca.
—Otra vez ustedes —murmuré.
Saqué mi cuaderno y anoté el lugar, la fecha y lo que había escuchado. Después seguí el camino hasta una aldea cercana.
Allí todos hablaban del hospital nuevo.
Era un edificio limpio, con ventanas altas y paredes blancas. La gente decía que los médicos venían de la capital y que trataban fiebres que antes mataban familias enteras. Algunos estaban agradecidos. Otros desconfiaban, pero no se atrevían a decirlo en voz alta.
Me senté en la plaza y esperé.
Una mujer mayor se acercó a venderme pan.
—No es de aquí, ¿verdad? —me preguntó.
—Estoy de paso.
—Entonces tenga cuidado.
La miré con atención.
—¿Por qué dice eso?
La mujer apretó la canasta contra el pecho.
—El hospital ayuda a muchos, eso es cierto. Pero otros entran y no vuelven a salir.
—¿Quiénes?
—Gente sin familia, jornaleros, viajeros.
—¿Ha visto algo?
Miró hacia el hospital y luego bajó la voz.
—Una noche vi que sacaban a un joven en una camilla. Lo cubrieron con una sábana, pero estaba vivo. Lo escuché moverse. Los médicos iban tranquilos. Demasiado tranquilos.