El mundo siguió avanzando aunque a mí me molestara.
Las ciudades crecían. Los puertos tenían grúas nuevas. Las fábricas levantaban chimeneas y llenaban el aire de humo. Las vías de tren cortaban campos que antes eran caminos de tierra. La gente hablaba de progreso, de máquinas, de rapidez y de dinero.
Yo escuchaba todo eso y seguía trabajando como cualquier hombre de paso.
Cargaba cajas.
Reparaba cabos.
Ayudaba a mover piezas de hierro que pesaban demasiado para un solo cuerpo normal.
Tenía que parecer un trabajador común. Esa era mi mejor defensa. Mientras nadie me mirara demasiado, podía seguir investigando.
Pero había algo que no podía ignorar.
La vibración.
La sentía en los barcos, en la madera del muelle y a veces hasta en las mesas de las tabernas. Era muy leve. Cualquier otra persona la habría confundido con el paso de un carruaje o con una máquina trabajando cerca. Yo no. Después de tantos años en el mar, sabía distinguir un movimiento normal de algo raro.
Esa vibración aparecía antes de los accidentes.
Un barco se hundía en aguas tranquilas.
Una mina se venía abajo sin aviso.
Un tren se salía de la vía en un tramo recto.
Una familia desaparecía después de que todos escucharan un zumbido en el suelo.
La gente lo llamaba mala suerte.
Yo empecé a anotarlo todo.
Fechas. Lugares. Nombres. Horas. Materiales cercanos. Si había hierro, piedra, agua o máquinas. Cada detalle me servía. Llené cuadernos con esas notas hasta que entendí una cosa: alguien estaba usando el mundo moderno para mover algo más grande.
No eran simples sectas.
Las sectas hacían el trabajo sucio. Secuestraban gente, cuidaban laboratorios y movían frascos. Pero detrás había otro grupo. No daban la cara. No usaban siempre las mismas ropas. No dejaban nombres.
Yo los llamé los invisibles.
Porque sabían esconderse demasiado bien.
Una tarde llegué a una ciudad portuaria que ya casi no parecía puerto. Había más hierro que madera. Las fábricas trabajaban día y noche, y los hombres salían de ellas con la cara manchada de carbón. Conseguí trabajo descargando piezas para una nueva instalación cerca del río.
Eran engranajes enormes, ruedas de metal y tubos gruesos.
Un trabajador joven me habló mientras empujábamos una pieza entre varios.
—Con esto van a mover el agua del río sin tanta gente cargando baldes —me dijo, orgulloso.
—Suena útil —respondí.
—¿Solo eso? —preguntó, riéndose—. Parece que nada te sorprende.
—Ya he visto demasiadas cosas.
El muchacho me miró raro.
—Hablas como un viejo.
Casi me reí.
—He trabajado mucho. Con eso basta.
No preguntó más. Por suerte.
Esa noche fui a la taberna del sector industrial. Me senté en una mesa cerca de la pared, con la espalda protegida y los ojos en la puerta.
Dos mineros discutían en la barra.
—Te digo que la galería del norte está mal —dijo uno, golpeando la madera con los dedos—. El suelo zumba. No tiembla. Zumba.
—Eso pasa cuando excavan mucho —respondió el otro—. La piedra se acomoda.
—No así. Esto va por partes. Primero tres golpes, luego una pausa. Después cinco. Siempre igual.
Un hombre mayor, sentado al lado, bajó la voz.
—Cuando yo era niño, los viejos mineros salían de las galerías al escuchar eso.
El primero se giró hacia él.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
—Porque antes todos decían que eran tonterías.
Yo dejé la cuchara sobre el plato.
—¿En qué parte de la mina escucharon eso? —pregunté.
Los tres me miraron con desconfianza.
—¿Y a ti qué te importa? —dijo el minero joven.
—He visto accidentes parecidos en otros lugares.
—¿Eres inspector?
—No. Soy marinero.
El hombre mayor me observó un momento. No parecía convencido, pero habló.
—La galería está al norte, siguiendo el valle. Medio día a pie. Si vas, no vayas solo.
—Suelo caminar solo.
—Entonces eres tonto o tienes demasiada confianza.