Scoxion - El Errante del Mar

Epílogo - Rescate entre sombras

Los años siguieron pasando. Las ciudades crecieron, los puertos cambiaron, los barcos empezaron a usar piezas nuevas y las fábricas llenaron el aire de humo. Yo seguí moviéndome de un lugar a otro, igual que siempre.

No podía quedarme mucho tiempo en un mismo pueblo. Si alguien veía mi rostro durante demasiados años, empezaban las preguntas. Y cuando venían las preguntas, también venían los riesgos.

Pero ya no estaba completamente solo.

Con el tiempo encontré a otros como yo. No éramos muchos, pero existíamos. Algunos habían vivido demasiado y apenas hablaban. Otros todavía intentaban hacer bromas para no pensar en todo lo que habían perdido. No viajábamos juntos. Eso habría llamado demasiado la atención. Nos dejábamos mensajes en sitios acordados, usábamos nombres falsos y cambiábamos de ruta cada cierto tiempo.

Era poco, pero servía.

Saber que había otros me quitó una parte del cansancio. No me hizo feliz de golpe, ni solucionó mi vida, pero al menos ya no tenía que actuar como si todo dependiera de mí. Aun así, seguía trabajando a mi manera: escuchando, anotando, moviéndome y evitando que los invisibles supieran cuánto habíamos descubierto.

Por eso dejé que me atraparan.

Lo preparé durante semanas.

La ciudad donde ocurrió era industrial, mediana y sucia. Había fábricas textiles, talleres de fundición y canales estrechos donde pasaban barcazas con carbón. Llovía casi todos los días. Las calles estaban llenas de barro, humo y gente cansada que solo quería llegar a casa.

Yo llevaba tres semanas siguiendo a un grupo que secuestraba obreros fuertes. Los elegían con cuidado: hombres solos, trabajadores sin familia cerca, gente que nadie iba a reclamar con rapidez. Ya conocía ese método.

Una tarde salí de una taberna fingiendo estar borracho. Caminé despacio cerca del canal y doblé por una calle estrecha. No tuve que esperar mucho.

Sentí algo frío en la espalda.

—Sigue caminando —dijo un hombre detrás de mí—. No hagas nada raro.

No hagas nada raro

No giré la cabeza. Mantuve las manos visibles y bajé un poco los hombros.

—Depende de lo que llames raro —respondí—. Si vas a robarme, te aviso que hoy no llevo casi nada.

Me golpearon en las costillas con la culata de un arma. Me dolió, pero pude aguantarlo. Doblé el cuerpo y fingí que me había dejado sin fuerzas.

—Cállate y entra por ese callejón.

Obedecí. Tenía que parecer asustado, no confiado. Si sospechaban que me estaba dejando atrapar, moverían el laboratorio antes de que mis aliados pudieran llegar.

Me metieron por un portón de madera y bajamos por unas escaleras estrechas. Mientras caminaba, conté puertas, giros y pasos. Dos guardias delante. Uno detrás. Otro esperando abajo.

El lugar estaba mejor organizado que los escondites antiguos. Ya no dependían de cuevas o santuarios. Ahora usaban sótanos bajo fábricas, almacenes legales y túneles de servicio. Se habían adaptado a la época.

Me llevaron a una sala de piedra y me ataron a una mesa con correas gruesas. Había lámparas colgadas del techo, una bandeja con instrumentos y varios frascos con líquido claro. Un hombre vestido de gris se acercó con guantes limpios.

—Vamos a hacerte unas preguntas —dijo—. Si respondes, terminamos rápido.

Lo miré desde la mesa.

—Siempre dicen eso. Casi nunca es verdad.

Uno de los guardias me dio un golpe en la cara. Dejé que mi cabeza se moviera con el impacto y escupí un poco de sangre. No era actuación completa. Me había dolido.

El hombre de gris se inclinó hacia mí.

—¿Con quién trabajas?

—Con quien me pague el día —respondí con voz ronca.

—No te hagas el tonto. Sabemos que no eres un obrero común.

—Eso me halaga, pero no responde nada.

Me golpearon otra vez, esta vez en el estómago. Apreté los dientes, solté el aire justo antes del impacto y dejé que creyeran que me habían hecho más daño del real.

Un ayudante se acercó con un reloj pequeño y una campana de metal. Me revisó los ojos, el pulso y la reacción de mis dedos.

—El pulso cambia demasiado rápido —dijo—. No reacciona igual que los otros.

—Tal vez soy difícil de impresionar —murmuré.

El jefe no se rió. Tomó un frasco y lo levantó frente a la luz.

—Con la siguiente dosis hablará mejor.

Cuando vi el líquido, recordé la cueva. Recordé el pinchazo en el cuello y el día en que mi cuerpo dejó de envejecer. Me costó mantener la calma.

No podían saber que yo estaba escuchando cada detalle.

Durante los siguientes días me hicieron preguntas parecidas. Querían nombres, rutas, contactos y lugares de reunión. También querían saber por qué mi cuerpo soportaba la sustancia mejor que otros prisioneros. Eso era lo más importante. No entendían mi condición por completo. Eso los tenía nerviosos.

Yo respondía poco. A veces decía mentiras simples. A veces fingía confusión. En realidad estaba atento a todo: horarios de guardia, nombres sueltos, carros de transporte, cantidad de médicos y turnos de los vigilantes.

Escuché dos nombres nuevos: Varlos y Merek.

También oí que tenían en la mira a dos mujeres más, llamadas Aysha y Olúnida.

Mencionaron que, por más que las buscaran, no lograban encontrarlas. Era sumamente difícil ubicarlas, pero estaban trabajando en eso.

Entendí entonces la verdad. Ellas también eran inmortales, justo como yo.

—Cómo es que las mujeres siempre aprenden a ocultarse mejor que los hombres... —suspiré.

También oí que los carros salían cada cuatro noches hacia un molino viejo al norte. Ese dato valía el riesgo.



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Editado: 11.08.2026

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