Scream

C 1

La noche era tan oscura que parecía tragarse las luces del auto. Las ráfagas de lluvia golpeaban el parabrisas con furia, y los limpiaparabrisas apenas lograban apartar el agua el tiempo suficiente para que Miguel viera unos pocos metros por delante. La ruta se extendía como una vena muerta, sin faroles, sin casas, sin nada que diera la más mínima sensación de vida.

Natalia jugaba con el celular, buscando señal, mientras la pantalla iluminaba sus rasgos tensos.

—¿Estás seguro que es por acá? —preguntó, con esa mezcla de desconfianza y fastidio que había ido creciendo desde hacía una hora.

Miguel apretó los labios. La aguja del combustible bajaba como si alguien la empujara a propósito.

—Sí. Es un atajo —respondió, pero ni él se creía del todo sus palabras.

—Mirá, Miguel, si nos quedamos sin nafta acá, estamos al horno. —Natalia giró la cabeza y miró la tormenta que se desataba afuera, con relámpagos que iluminaban los árboles torcidos a los costados del camino.

Como si el universo quisiera darle la razón, una luz roja se encendió en el tablero. Miguel bufó y golpeó el volante con la palma.

—Genial… —susurró.

—Te lo dije —repitió ella, cruzándose de brazos.

Entonces, como un milagro que se caía a pedazos, apareció a lo lejos una luz parpadeante. Una gasolinera. Pero no cualquier gasolinera: parecía salida de un recuerdo viejo y oxidado. El cartel estaba inclinado, las letras borroneadas, y el neón titilaba como si agonizara.

Miguel estacionó bajo el techo desvencijado, el ruido metálico del agua cayendo sobre las chapas resonando en sus oídos. Natalia se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Mientras llenás el tanque, voy al baño —dijo, agarrando su bolso antes de desaparecer bajo la lluvia.

Miguel salió del auto y respiró hondo. El olor a tierra mojada se mezclaba con algo más… un hedor metálico que no supo identificar. Se encogió de hombros y fue hacia la tienda.

Al abrir la puerta, un sonido áspero lo recibió: el zumbido de las luces fluorescentes. Adentro no había nadie. Solo góndolas con productos viejos, bolsas infladas por la humedad y un calendario amarillento en la pared que todavía marcaba un año pasado. Miguel sintió un cosquilleo en la nuca. ¿Por qué estaba tan callado todo? Ni música, ni voces, ni el ruido de una radio encendida. Nada.

Mientras tanto, Natalia empujó la puerta del baño, que crujió como si se quejara. Adentro había olor a cloro mezclado con óxido. Las luces parpadeaban, dejando sombras que parecían moverse. Terminó rápido, cerró la mochila y salió.

Pero al salir, algo le heló la sangre: el auto estaba vacío. Miguel no estaba.

—¿Miguel? —llamó, primero suave, después más alto. La lluvia tapaba su voz.

Caminó hasta la tienda. Apenas puso un pie adentro, lo vio: un rastro. Una línea roja serpenteando por el piso, como si alguien hubiera arrastrado un pincel empapado en pintura. Pero no era pintura. El olor metálico era inconfundible.

—Miguel… —susurró, el corazón golpeándole las costillas.

Siguió las huellas. Cada paso le sonaba como un disparo en la cabeza. El rastro terminaba en una de las heladeras del fondo. La puerta estaba cerrada. Natalia tragó saliva y, temblando, la abrió.

El aire frío le mordió la cara. Y entonces lo vio.

Miguel estaba colgado como un pedazo de carne, el gancho atravesándole la mandíbula. La sangre le chorreaba por el pecho y le manchaba la ropa. Los ojos abiertos, fijos en ella, como si la culparan.

Natalia retrocedió gritando, el sonido desgarrando el silencio. Corrió hacia la salida, pero no llegó.

Del costado, entre las sombras, una figura emergió. Alta. Con un piloto negro y la máscara de ghostface. En la mano, un machete que brilló con la luz mortecina del neón. Natalia apenas vio el filo antes de que bajara sobre su cuello.

La cabeza rodó al suelo y la sangre pintó las baldosas como una firma macabra. Afuera, la tormenta rugía. Como si festejara.

Al siguiente día, la lluvia había amainado, pero el cielo seguía pesado, como si la tormenta se hubiese quedado colgada en las nubes. En la facultad, el murmullo habitual de la mañana se sentía apagado, extraño, como si un frío invisible recorriera los pasillos.

Tomás Tortosa se dejó caer en el banco, tirando la mochila a un costado. Se acomodó la campera y miró a sus amigos, que cuchicheaban alrededor de la mesa del bar estudiantil. Sus ojos estaban cargados de sueño, pero también de curiosidad morbosa.

—Che, ¿escucharon lo que dicen? —susurró Laura, bajando la voz como si temiera que alguien más la oyera.

—¿Qué cosa? —preguntó Tomás, abriendo una lata de gaseosa.

—Lo del edificio viejo, el que está detrás de la cancha. ¿Sabían que hace veinticinco años lo clausuraron por una masacre? —soltó, con una sonrisa torcida, como quien lanza un anzuelo en un lago oscuro.

Isak frunció el ceño.

—¿Una masacre? ¿De qué carajo hablás?

—De un profesor que se volvió loco en plena clase. Agarró un cuchillo del laboratorio y… bueno, hizo mierda a todos. —Laura acompañó la frase con un gesto en el cuello.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesino

Editado: 08.03.2026

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