Scream

Cp 2

En el cine, Agustín se inclinaba sobre la mesa, conectando el pendrive para terminar de descargar la película que proyectarían esa noche. A su lado, una botella de anís esperaba su turno. Le dio un trago largo, sintiendo cómo el ardor bajaba por su garganta, antes de prender la computadora y acomodar el micrófono.

—Bienvenidos a la noche de Myers —anunció con voz grave, dejando que el eco llenara el pequeño salón—. Hoy hablaremos de los reyes del terror: los Slashers.

Su tono se volvió entusiasta mientras relataba cómo aquellas películas habían marcado generaciones, repitiendo los mismos clichés: la chica final, la máscara icónica, el asesino implacable.

—Hasta que Wes Craven llegó a reinventarlo todo —concluyó, dándole un giro nostálgico a su narración—. Los ochenta y noventa fueron un festín sangriento.

De repente, un ruido seco interrumpió la transmisión. Agustín frunció el ceño, apartando los auriculares.

—Vamos a una pausa, chicos —dijo rápido, poniendo música aleatoria para cubrir el silencio incómodo.

Se levantó, siguiendo el origen del sonido hasta el fondo del salón. Una ventana estaba abierta, dejando entrar una ráfaga de viento helado que movía las cortinas como sombras vivas. Maldijo entre dientes, acercándose para cerrarla. Justo entonces, un zumbido lo hizo girar.

Agustín mira para encontrarse de golpe a una persona vestida Ghostface.

-Wow, buen cosplayer-dice Agustín para que el desconocido saque un cuchillo-tengo que correr-menciona haciendo que el desconocido mueva la cabeza en modo de sí-Carajo-agrega para que Ghostface se abalance sobre él haciendo que Agustín trate de salir corriendo.

Agustín sale por una puerta en donde lo llevaba a los pasillos traseros del cine en donde los del personal de limpieza van para arreglar los asientos.

El eco de sus pasos retumbaba en el silencio. Caminaba rápido, con la respiración entrecortada, atento a cada sombra. De repente, una presencia detrás suyo lo empujó contra la pared. El filo brilló un segundo antes de hundirse con violencia. El golpe fue seco, brutal. El cuchillo se retiró y Agustín cayó al suelo, sin fuerzas, mientras la figura enmascarada lo observaba en silencio, como si el cine entero se hubiera quedado sin aire.

En la casa de Tomás, se encontraba el joven terminando de ver una película mientras vea como su hermana guardaba las hamburguesas que sobraron en la heladera.

- ¿Podemos pedir postres? -pregunta Paloma.

-Sí, obviamente-responde Tomás para escuchar cómo suena el celular.

Tomás atiende el llamado para escuchar la voz de Pablo medio asustados.

- ¿Si? -pregunta él

-Tomás atacaron a Agustín, está el hospital-responde la voz a través del celular.

—¿Quién? —logró decir.

Silencio.

—No sé… dicen que alguien disfrazado. Como… como en las películas.

La llamada se cortó porque Laura empezó a llorar.

Tomás quedó inmóvil unos segundos. Después reaccionó.

—Paloma —llamó, entrando al pasillo de un tirón.

La nena asomó la cabeza, todavía con los auriculares puestos.

—¿Qué?

—Ponete zapatillas. Vamos a salir un rato.

Ella lo miró confundida, pero la expresión de su hermano no dejaba espacio para preguntas.

Minutos después, Tomás cerraba la puerta de casa con la llave temblándole en la mano. Subieron al auto de su papá. El motor arrancó con un rugido seco.

Las calles parecían más largas de lo normal. Cada semáforo era una tortura. Cada segundo, una carga.

Mientras manejaba, el celular no dejaba de vibrar: mensajes del grupo, audios entrecortados, teorías desesperadas.

“Está en quirófano.”
“Dicen que perdió mucha sangre.”
“Fue alguien con máscara.”

Tomás apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

El hospital apareció finalmente al doblar la esquina. Luces blancas, ambulancias estacionadas, gente agolpada en la entrada.

En la puerta, Laura estaba abrazada a Pablo. Tenía los ojos hinchados. Pablo, pálido, miraba fijo hacia la guardia como si esperara que alguien saliera con respuestas.

Cuando vieron a Tomás, se separaron.

—¿Dónde está? —preguntó él sin saludar.

—Adentro… —respondió Pablo, tragando saliva—. No nos dejan pasar.

La puerta automática se abrió y dejó salir a una enfermera apurada. Detrás, el olor a desinfectante y el sonido constante de monitores.

Los minutos se arrastraron con una lentitud insoportable hasta que, por fin, una enfermera les permitió entrar de a dos. Insistieron. Suplicaron. Y terminaron pasando los cuatro.

Agustín estaba despierto.

Pálido. Más de lo normal. Una venda gruesa cruzándole el abdomen bajo la bata del hospital. El monitor a su lado marcaba un ritmo constante, un pitido regular que parecía sostener la habitación en equilibrio.



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En el texto hay: misterio, suspenso, asesino

Editado: 25.03.2026

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