Tomás tenía el celular apoyado sobre la mesa, la pantalla encendida, como si con solo mirarla pudiera obligarla a vibrar. Deslizaba el dedo cada tanto, actualizando conversaciones vacías, esperando al menos un mensaje, una llamada perdida, incluso una imagen sin sentido que rompiera el silencio digital.
Nada.
Su bitácora —como él mismo llamaba a ese registro obsesivo de chats y notificaciones— estaba limpia. Demasiado limpia.
El mate iba y venía entre los tres. El vapor subía en espirales breves antes de desvanecerse en el aire fresco de la tarde. Afuera, el cielo tenía ese tono gris que no terminaba de decidirse entre lluvia o simple amenaza.
Pablo sostenía el mate con ambas manos, más concentrado en sus pensamientos que en la ronda. Laura, en cambio, no dejaba de mirar hacia la ventana, como si esperara que algo se moviera detrás del vidrio.
—Creo que deberíamos estar más juntos —dijo finalmente Laura, sin apartar la vista del exterior—. No separarnos por nada.
Tomás dejó el celular boca abajo.
—Sí…
Pablo tomó un sorbo largo antes de hablar.
—Lo sé. Pero este no es un improvisado. —Le devolvió el mate a Laura—. Este asesino sabe las reglas. Y nosotros… —hizo una pausa breve, amarga— somos las víctimas.
El silencio que siguió fue espeso. Nadie se atrevió a contradecirlo.
Tomás volvió a dar vuelta el celular. Pantalla negra. Sin notificaciones. Sin señales.
Por primera vez, empezó a preguntarse si el verdadero juego no consistía justamente en eso: en la espera. En el desgaste. En hacerlos mirar el teléfono cada cinco minutos, en hacerlos dudar del sonido de cada auto que frenaba en la calle.
Laura se acomodó el pelo detrás de la oreja.
—Entonces aprendamos las reglas antes que él —murmuró.
Pablo soltó una risa seca.
—En estas historias, los que creen que entendieron las reglas… son los primeros en equivocarse.
El mate quedó sobre la mesa. Y aunque estaban los tres juntos, la sensación de estar solos no hacía más que crecer, como si algo invisible se hubiera sentado con ellos y nadie quisiera nombrarlo.
Pablo fue el primero en romper el silencio.
—Miren, esta noche vamos a mi casa —dijo, mirándolos con firmeza—. Va a ser más fácil si estamos todos en el mismo lugar. Así nos cuidamos.
Laura asintió sin discutir. Tomás dudó apenas un segundo.
—Está bien —murmuró, poniéndose de pie.
El movimiento fue casi automático. Agarró las llaves del auto, el celular, la campera. El cielo estaba más oscuro que antes, cargado, como si el día se hubiera cansado demasiado rápido.
Caminó hasta su auto sintiendo esa incomodidad en la nuca, esa certeza absurda de que alguien podía estar observándolo desde cualquier ventana. Metió la mano en el bolsillo para destrabar el vehículo cuando una voz lo detuvo.
—Tomás.
Se giró de inmediato.
Frente a él estaba Julieta. Pelo negro, suelto, cayéndole sobre los hombros. La luz opaca de la tarde le marcaba el perfil con una sombra tenue. No parecía sorprendida de verlo; más bien, parecía haberlo estado esperando.
—Ah… hola, Julieta —respondió él, algo tenso—. ¿Cómo estás?
Ella lo observó un segundo de más.
—Bien… hasta el momento —contestó, con una media sonrisa difícil de interpretar—. ¿Y tu hermano?
La pregunta lo tomó desprevenido.
—Mi hermano se casó… y se fue del país —respondió, encogiéndose de hombros, como si fuera una noticia vieja que ya no dolía.
Julieta lo sostuvo con la mirada, en silencio. Ese silencio que no es incómodo, sino cargado. Como si estuviera evaluando algo que él no podía ver.
Tomás desvió la vista hacia el auto.
—Bueno… nos vemos. Tengo que ir a buscar unas cosas.
Abrió la puerta con rapidez, casi torpeza, y se subió. Encendió el motor antes de que el silencio entre los dos se volviera más pesado.
Mientras arrancaba, miró por el espejo retrovisor.
Julieta seguía ahí, parada en la vereda, inmóvil, observándolo alejarse.
Y por primera vez en todo el día, el miedo no vino del asesino. Vino de la sensación de que había preguntas que nadie estaba haciendo en voz alta.
Cuando Tomás llegó a su casa, la noche ya se había instalado del todo. Las luces del comedor estaban encendidas y la televisión murmuraba de fondo, aunque nadie parecía prestarle atención.
Apenas cerró la puerta, escuchó las voces de sus padres desde la cocina. No discutían, pero hablaban en ese tono bajo y tenso que es peor que un grito.
—No podemos fingir que no pasó —decía su madre, casi en un susurro apretado—. Fue demasiado.
—Yo no estoy fingiendo nada —respondió su padre—. Pero removerlo ahora no cambia lo que pasó en Navidad.
La palabra volvió a caer como una piedra.
Editado: 25.03.2026