Mientras tanto, en el hospital, el pasillo estaba casi vacío. Las luces blancas titilaban apenas, y el eco lejano de una camilla desplazándose en otro sector era el único sonido constante.
Agustín salió del baño secándose las manos con una toalla de papel. Había dejado el celular cargando en la habitación, todavía pensando en la llamada cortada y en la cara desencajada de Tomás antes de que todo se interrumpiera.
—Qué raro… —murmuró para sí, mirando el pasillo desierto.
Avanzó unos pasos.
Entonces la vio.
Una sombra alargada se proyectaba contra la pared del fondo, deformada por la luz. No parecía pertenecer a ningún médico ni enfermero. Era demasiado quieta. Demasiado definida.
Agustín frunció el ceño.
—¿Hola?
La sombra se movió.
Desde la esquina, una figura comenzó a asomarse con una lentitud calculada. Primero la túnica oscura. Después, la máscara blanca, alargada, con esa expresión fija que parecía un grito eterno.
Ghostface.
En su mano, sostenía un cuchillo que reflejaba la luz fría del hospital.
El corazón de Agustín empezó a golpearle el pecho con fuerza.
Retrocedió un paso.
—No… no puede ser…
La figura avanzó otro.
El pasillo parecía haberse estirado, interminable, sin nadie más alrededor. Ninguna enfermera. Ningún médico. Solo el zumbido eléctrico y ese sonido leve de tela rozando el piso.
Agustín giró sobre sus talones y comenzó a caminar rápido hacia su habitación, intentando no correr, intentando no perder el control.
Detrás de él, los pasos se aceleraron.
En la casa de Pablo, la alarma ya se había apagado, pero el eco del sonido seguía vibrando en los oídos de los tres.
Laura estaba sentada en el sillón, con el brazo vendado de manera improvisada. No era una herida profunda, pero el golpe y el susto la habían dejado temblando. Pablo caminaba de un lado a otro, mirando por las ventanas cada treinta segundos.
Tomás, en cambio, estaba quieto.
Demasiado quieto.
Tenía el celular en la mano, mirando la pantalla negra, tratando de ordenar lo que acababa de pasar. El ataque no había sido para matar. Había sido un mensaje.
Un aviso.
El teléfono vibró otra vez.
Número desconocido.
Los tres lo vieron iluminarse.
—No… —susurró Laura.
Tomás atendió.
—¿Qué querés ahora? —dijo, esta vez sin intentar sonar valiente.
La voz distorsionada respondió casi con diversión.
—Me gusta cómo corrés cuando estás asustado, Tomás. Pero todavía no entendiste el juego.
El pecho se le cerró.
—Dejalos en paz.
—No puedo hacer eso —contestó la voz—. La audiencia necesita tensión. Y vos necesitás tomar una decisión.
Pablo se acercó, intentando escuchar.
—¿Qué decisión? —preguntó Tomás, aunque ya intuía la respuesta.
Hubo un pequeño silencio al otro lado. Después:
—Es simple. ¿A quién mato primero? ¿A Laura… o a Agustín?
Laura dejó de respirar por un segundo.
—Estás enfermo —dijo Tomás, con la voz quebrándose apenas.
—No cambies de tema —replicó el asesino—. Tu amigo está solo en un hospital. Muy desprotegido. Y tu amiga… bueno, ya probó lo cerca que puedo estar.
Tomás sintió que el mundo se reducía al sonido de su propia respiración.
—No voy a elegir —susurró.
—Cinco minutos —anunció la voz—. Si no decidís, elijo yo. Y cuando elija… va a ser peor.
La llamada se cortó.
El silencio que quedó fue brutal.
Laura lo miró con los ojos llenos de miedo.
—¿Qué dijo?
Tomás tardó en responder.
—Que tengo que elegir.
Pablo negó con la cabeza.
—No puede obligarte.
Tomás levantó la vista, entendiendo algo que los otros todavía no.
—Ya lo está haciendo.
Y en algún lugar de la ciudad, entre luces blancas de hospital y pasillos vacíos, el tiempo empezó a correr.
El reloj de la pared marcaba los segundos con un tic seco, insoportable.
Tomás caminaba en círculos por el living, la cabeza ardiéndole. Cinco minutos. Cinco minutos para elegir quién vivía y quién moría. Era absurdo. Inhumano. Y, sin embargo, el miedo lo hacía sentir real.
Pensó en Agustín, solo en ese hospital, herido, con ese pasillo interminable detrás. Pensó en lo indefenso que estaba ahí.
Editado: 25.03.2026