La noche cayó pesada sobre la ciudad.
Las luces amarillas de la comisaría iluminaban la vereda húmeda cuando Tomás salió por la puerta principal. Se quedó un momento quieto, respirando el aire frío, como si necesitara despejarse después de horas de preguntas que parecían no llevar a ningún lado.
A unos metros, Pablo estaba apoyado contra el capot del auto, con los brazos cruzados. Apenas lo vio salir, se enderezó.
—¿Qué dijeron? —preguntó.
Tomás bajó los escalones con paso lento.
—Nada nuevo… —respondió, con la voz gastada—. Lo de siempre. Horarios, qué vimos, cómo entró, si escuchamos algo antes. Las mismas preguntas una y otra vez.
Pablo apretó la mandíbula.
—O sea, no tienen ni idea de quién fue.
Tomás negó con la cabeza.
El silencio entre los dos duró unos segundos.
—Entonces es hora de enfrentar a esa persona —dijo Pablo finalmente, con una determinación que no había mostrado antes.
Tomás lo miró. Por un segundo, la idea le pareció absurda… pero después recordó la voz en el teléfono, la máscara inclinándose sobre Laura, la sensación de que todo era parte de un juego que alguien estaba disfrutando demasiado.
Asintió lentamente.
—Sí.
Pablo soltó el aire.
—¿Pero cómo vamos a frenarlo?
Tomás abrió la puerta del auto.
—Tenemos que hablar con nuestro cinéfilo de confianza.
Pablo arqueó una ceja.
—¿El loco que se sabe todas las reglas de las películas de terror?
—Exacto.
Tomás se subió al auto y encendió el motor.
Ninguno de los dos notó que, del otro lado de la calle, entre los árboles oscuros del pequeño parque frente a la comisaría, una figura permanecía inmóvil.
Observándolos.
Ghostface.
La máscara blanca apenas reflejaba la luz distante de un farol mientras el auto se alejaba por la avenida.
En el hospital, el ambiente era distinto.
Más silencioso. Más pesado.
Tomás y Pablo entraron a la habitación sin decir nada. Agustín estaba sentado en la cama, mirando por la ventana, todavía con las vendas visibles en el torso.
Cuando los vio, supo que algo andaba mal.
—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato.
Los dos se miraron.
Tomás fue el que habló.
—Agus… —su voz se quebró apenas—. Laura no sobrevivió.
El silencio que siguió fue brutal.
Agustín se quedó inmóvil unos segundos, como si las palabras no hubieran terminado de llegarle. Después negó lentamente con la cabeza.
—No… no… —susurró.
Las lágrimas le empezaron a caer antes de que pudiera frenarlas. Se llevó las manos a la cara, respirando entrecortado.
—Esto es culpa mía… yo estaba solo en el hospital… si no hubieran venido a buscarme…
—No —lo interrumpió Pablo, acercándose—. No digas eso.
Tomás también se acercó a la cama.
—El asesino quería que pasara —dijo—. No importaba lo que hiciéramos.
Agustín bajó las manos, los ojos rojos.
—Entonces tenemos que detenerlo.
Tomás lo miró fijo.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer.
La habitación del hospital quedó en silencio después de varios minutos. Solo se escuchaba el sonido constante del monitor y el murmullo lejano de los pasillos.
Agustín se secó las lágrimas con la manga de la bata. Todavía tenía los ojos rojos, pero algo en su expresión había cambiado. Ya no era solo tristeza. Era pensamiento.
Ese tipo de pensamiento obsesivo que solo tienen los que crecieron viendo demasiadas películas.
—Escúchenme —dijo finalmente.
Tomás y Pablo levantaron la vista.
—Si este tipo está haciendo lo que creo… entonces no está improvisando. Está siguiendo reglas.
Pablo frunció el ceño.
—¿Reglas?
Agustín asintió.
—Las reglas de las historias de asesinos. De las sagas. De las secuelas. —miró a Tomás— Y eso significa que cada uno de nosotros cumple un rol.
Tomás cruzó los brazos.
—No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco —respondió Agustín—, pero si entendemos el juego, podemos usarlo en contra de él.
Pablo suspiró.
—Bueno, profesor cine… iluminanos.
Agustín respiró hondo antes de continuar.
—Laura era la amiga cercana que muere para subir las apuestas. Eso siempre pasa en el segundo acto. La historia se vuelve más personal.
Editado: 08.04.2026