ALEXANDER
Me dirigí a mi oficina privada en casa, una zona de santuario donde todo era gris, blanco y silencioso. El silencio había sido violado.
Abrí la puerta y me congelé.
Sobre mi impecable escritorio de vidrio, junto al teclado, había una taza de cerámica de un color amarillo chillón con un dibujo de un cactus sonriente. En su interior humeaba té de menta.
Fernanda estaba sentada en mi silla ergonómica, descalza, con el traje blanco ligeramente arrugado, revisando las facturas de la Finca Aris. A su lado, un cuaderno espiral con la portada de un calendario azteca.
— ¿Qué crees que estás haciendo, Fernanda? —Mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.
Ella levantó la vista. El labial rojo seguía impecable.
— Trabajando, Alexander. Necesito un resumen de estas cuentas de suministro de agua antes de que Elías tenga un colapso. Tú me pediste eficiencia, y somos co-administradores, ¿no? Si vamos a salvar tu fortuna, debemos compartir recursos.
Me apoyé en el marco de la puerta, respirando el aroma a menta.
— Nuestro acuerdo establecía tu dormitorio designado. No mi oficina, no mis recursos. Y ahora que eres mi esposa, hay nuevas obligaciones.
— Y tú eres mi co-administrador —replicó, levantando una ceja. — Y tu principal obligación ahora es soportar a la persona que va a salvar tus olivos. Por cierto, deberías echar un vistazo a esto. Hay una brecha de veinte años sin información coherente. A este ritmo, la finca va a morir por falta de agua legalmente contratada, no por falta de olivos.
Tomé el fajo de papeles. Ella había pasado de la superficialidad al profesionalismo en menos de una hora.
— No usarás mi oficina —dije, en un intento final de control. — De acuerdo. Y llévate tu taza.
Salí de mi oficina con el fajo de papeles en mano y el aroma a menta impregnado en el aire. Elías me esperaba en el hall.
— Señor. Acaba de llegar el correo. Es para la señora Vasilakis.
Me entregó un sobre grande, formal, con el sello de la Oficina de Bienes Raíces de Corfú. Leí el documento. No podía ser.
— ¡Maldición! —mascullé. — Elías, prepara la mudanza. Los dos nos vamos a Corfú inmediatamente.
Regresé a la oficina, esta vez con la intención de liquidar mi problema. Ella seguía en mi silla.
— Tu eficiencia acaba de activar un problema logístico, Fernanda. Este sobre contiene la orden de la Oficina de Bienes Raíces. La ley requiere que la co-administración comience con la residencia inmediata de ambos cónyuges en la Finca Aris. Nos mudamos a Corfú.
El cactus amarillo tembló ligeramente. Fue la única señal de sorpresa.
— ¿Ambos? ¿De inmediato? —preguntó ella, la voz por fin menos irónica.
— Ambos. Y esa ruina será nuestra casa por los próximos seis meses. Es la cláusula, Fernanda.
La observé mientras asimilaba la noticia. Ella frunció el ceño.
— Está bien. La finca. Pero hay algo más que debemos abordar. Ahora que trabajaremos juntos y vamos a vivir en una isla griega, necesitas dominar el idioma. Perfecciona tu inglés, y vas a empezar a estudiar griego. De inmediato.
Ella hizo una mueca de auténtico terror.
— Alexander, los idiomas... no se me dan. Apenas aprendí inglés a medias en la secundaria. Es como si el cerebro me bloqueara.
— No es negociable. Necesitas poder comunicarte con los capataces y los proveedores. La incompetencia es costosa. Y hablando de incompetencia... —no pude contenerme—. ¿Tienes estudios superiores? Tu currículum solo tiene el bachillerato.
Fernanda se puso rígida. Dejó la taza y se cruzó de brazos. Era la primera vez que la veía realmente incómoda.
— En mi familia hay una regla: tener un hijo abogado o doctor. Yo... yo traté de estudiar Medicina.
— ¿Medicina? —me burlé. El caos de Fernanda y un quirófano eran una imagen aterradora.
— Sí. Estuve un año. Pero no pude. No me gustaba, sentía que no era lo mío. Sentía que... no tenía el don. Solo me quedé con el certificado de bachillerato. Desde entonces, no he encontrado algo que me guste o me apasione de verdad. Solo soy buena para resolver problemas de plomería y eludir estafadores.
Su confesión, tan cruda y sin el humor habitual, me desarmó por un momento. Por primera vez, entendí que su caos era una búsqueda constante.
— Bueno, ahora tienes una pasión, Isabel Vasilakis. El aceite de oliva. Te reto a que te apasione.
Me di la vuelta para salir. El aroma a menta ya no me molestaba tanto.
— Alexander —me llamó ella—. ¿Cuándo dices que nos vamos?
— Mañana al amanecer. Elías se encargará de los billetes. Y de empacar. Pero dudo que tu armario formal de la villa necesite mucho en una finca rural en Corfú.
— Tienes razón —dijo ella, con su sonrisa regresando lentamente. Me miró desde mi silla, las zapatillas rojas balanceándose. — Me llevaré mis deportivas. Y mi labial. Y mi cactus.
Salí de la oficina, cerrando la puerta con un golpe seco. Corfú. Ahora iba a vivir con mi esposa rebelde en una ruina, y mi única esperanza era que el caos de Fernanda fuera la chispa que necesitaba mi herencia.