Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 25.

ALEXANDER

Mi mañana comenzó a las 5:45 a. m., quince minutos antes de mi horario militar. Me despertó no la alarma, sino un eco fantasma: el calor de la noche anterior. El recuerdo del cuerpo de Fernanda acurrucado, su respiración en mi cuello, se había instalado en mi memoria sensorial, y el perfume dulce a jazmín seguía anclado en mi almohada. Era una fragancia ligera, pero lo suficientemente potente para disolver mi concentración.

Mi plan de liquidación y venta de la Finca Aris dependía del orden y la lógica, pero mi cuerpo me estaba traicionando con la necesidad de cercanía. Me había duchado con agua casi fría para borrar ese recuerdo físico. Había reinstalado la muralla de almohadas con la ropa más pesada que había encontrado, esperando que la estabilidad pudiera ahora ser funcional, al menos, asegurar la estabilidad de mi espacio vital. Hoy, no iba a haber errores.

A las 7:00 a. m., el sonido de la perforadora —un ruido mecánico y glorioso— prometía dinero y, sobre todo, orden. La máquina, contratada con un rigor brutal, era mi ancla en la realidad financiera.

Bajé al sótano para supervisar las operaciones de Yannis. Fernanda estaba allí, por supuesto, ya vestida con ropa práctica, sin pala, pero eficiente, al teléfono. Estaba negociando, supongo que con Elías, sobre algún repuesto. Su capacidad de entrar en acción sin un manual de procedimiento me resultaba incomprensiblemente irritante y fascinante a partes iguales.

— Alexander, Yannis dice que la perforación es más lenta de lo esperado —me informó Fernanda, sin siquiera mirarme—. Las capas de roca son densas. Necesitamos que revises el contrato de leasing de la perforadora; si se extiende un día, el costo se duplica. Las penalizaciones son importantes.

Mientras yo revisaba los documentos, sintiendo la frustración burbujear por la ineficiencia de la máquina, una camioneta de lujo, de un color blanco cegador totalmente fuera de lugar en el camino de tierra, se detuvo ruidosamente frente a la mansión. El silencio del campo se rompió con un golpe seco.

— ¿Quién demonios es ese? —mascullé, sabiendo que la respuesta sería catastrófica.

El conductor salió de un salto. Era Nikitas Vasilakis. Su sonrisa arrogante, que parecía permanente, y sus ojos de depredador eran familiares: la misma expresión que tenía en la lectura del testamento, la misma que me dedicó con burla en nuestra absurda boda. Nikitas era la confirmación de que mi exilio en Corfú ya era un espectáculo familiar.

— ¡Primo! ¡Alexander! ¡Qué recibimiento tan rústico!

Nikitas no era una amenaza financiera directa; era la personificación de la rama familiar que había prosperado en la holgazanería y el hedonismo, un estilo de vida que yo, con mi ética de trabajo germánica y mi obsesión por la eficiencia, detestaba profundamente. Su presencia aquí no era para "ayudar"; era para ser un observador intrusivo, molesto con su sola existencia, y asegurarse de que el infierno contractual se cumpliera al pie de la letra, esperando mi colapso.

— Nikitas, no esperaba visitas —dije, saliendo del sótano, limpiándome el polvo de mi traje de lino (el segundo traje del día).

— ¡Pero, Alexander! ¿Creíste que te dejaría solo en tu luna de miel de la ruina? —Nikitas me abrazó con una familiaridad irritante que se sintió como un insulto personal—. Vine a asegurarme de que el testamento del abuelo se esté cumpliendo. Debes lucir feliz. El Consejo te vigila, ¿sabes?

Nikitas señaló a Fernanda, que salía del sótano con la cara manchada de tierra y sosteniendo su cuaderno de calendario azteca como si fuera un escudo.

— ¿Y esta es nuestra salvadora? ¿En serio, Alex? Pensé contratarías a un equipo de expertos para levantar la hacienda. No que tendrías de esclava del trabajo a tu nueva esposa.

Fernanda me miró, la ceja arqueada, esperando mi reacción. Mi necesidad de defenderla surgió instantáneamente, una respuesta instintiva que me sorprendió.

— Nikitas, ella no solo es mi esposa, Isabel Vasilakis. Ella es la vicepresidenta de Operaciones en la finca. Y conocedora de cultivar hortalizas en su natal Guadalajara.

— ¡Ah! Kaliméra, Isabella. —Nikitas tomó la mano de Fernanda y la besó con exageración—. Lamento el error. Alexander siempre ha sido esclavo del trabajo. Y parece que la finca ha dado más que deudas, que cultivos.

Fernanda sonrió, dulce pero astuta.

— Kaliméra, Nikitas. Es un placer vernos de nuevo. Me encanta la hacienda y los cultivos de oliva, solamente necesita paciencia y amor. Pero Alexander y yo somos un equipo. Yo me ocupo de la belleza y él de lo... funcional.

— No es Isabella, es Isabel o si lo prefieres Fernanda. Isabella me suena a adolescente buscando a su novio vampírico.

Nikitas me miró, con curiosidad por la referencia. Yo solamente moví mi cabeza con frustración, porque no entendí lo que quiso decir; mi conocimiento se limitaba a los balances financieros, no a la cultura pop juvenil. Era una grieta más en mi armadura que ella explotaba.

— Por cierto —intervino Fernanda, con esa peligrosa chispa en sus ojos. Se dirigió a mí, estableciendo la autoridad frente al intruso—. Alexander, el equipo de Yannis necesita supervisión constante en el pozo y en las tuberías. Es un trabajo que requiere un plan detallado, que requiere esa tuya obsesión por el control y orden.



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En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 22.01.2026

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