Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 26.

ALEXANDER

Me cambié de traje por unos khakis viejos y una camiseta de trabajo que Elías había enviado días antes. La ropa, hecha de un algodón áspero, me picaba y se sentía extraña contra la piel. Estaba acostumbrado al lino ligero, a los tejidos que respiraban; esto se sentía como una condena corporal, una negación de mi identidad anterior.

Salí al sol implacable de Corfú. La plataforma de perforación era un circo de ruido, metal y barro. El fuerte olor a combustible diésel y tierra húmeda asaltó mis sentidos. Yannis, el ingeniero, me saludó con un gesto seco de la mano, y Giorgio me entregó una tabla con los planes rudimentarios de las tuberías. Era un trabajo que, en cualquier otro escenario, habría delegado en el capataz, sin siquiera mirar los planos. Pero no, gracias a la astucia de Fernanda y la presencia de Nikitas, yo era el supervisor de lodo. El destino tenía un sentido del humor particularmente cruel.

Mi primera hora en el campo fue una humillación constante que mi orgullo apenas podía soportar.

— El Señor Vasilakis con zapatos de trabajo. ¡Quién lo hubiera pensado! —comentó Giorgio en griego con Yannis, su sonrisa ancha revelando la burla a costa de mi inexperiencia. Yo entendí el insulto, pero permanecí estoico. Sin mostrar un rastro de molestia.

Cada instrucción técnica que intentaba dar era cuestionada, o peor aún, ignorada con la perezosa eficiencia de quien sabe que el jefe no sabe lo que está pidiendo. Mi plan de controlar el flujo de la perforadora se deshizo ante la dura realidad de la roca caliza. El polvo era constante, cubriendo mi ropa como un sudario gris, y la arcilla mezclada con el agua del pozo formaba un barro rojizo y espeso que se adhería a mis pantalones como una segunda piel. En un movimiento torpe al intentar evitar una manguera, resbalé, y tuve que sostenerme de una pila de escombros de concreto, embarrándome la mano hasta el codo.

Sentí una ira fría, tan controlada que ardía. Había pasado de firmar acuerdos multimillonarios en Atenas y Londres, donde mi palabra era ley, a luchar contra el barro en una finca en ruinas para que mi esposa pudiera tener otra habitación donde esconderse de mí.

Y hablando de mi esposa...

Mi mente no podía concentrarse en la presión hidráulica. Cada cinco minutos, mis ojos se dirigían irremediablemente a la mansión veneciana. Fernanda estaba allí, adentro, con Nikitas.

Nikitas era mi némesis perfecto. Era el espejo de mi mayor desprecio: un hombre que usaba el encanto familiar y la ociosidad para avanzar, un parásito social. Yo había construido mi imperio con disciplina y control; Nikitas lo derrumbaría con comentarios sarcásticos y visitas sorpresa.

De repente, Nikitas apareció en la plataforma de perforación, impoluto en su ropa de diseñador, sosteniendo una lata de refresco frío que me ofreció con una sonrisa. Su presencia era un recordatorio ofensivo de mi estado actual.

— Alex, te ves... comprometido. Me alegra ver que la hacienda te ha dado un propósito más terrenal que solo contar millones.

— Estoy supervisando las operaciones. Es mi responsabilidad. ¿Qué haces tú? —pregunté, intentando limpiar el barro de mi mano con un trapo inútil.

— Yo estoy ayudando a nuestra encantadora Isabella. Ella es fascinante. Me está enseñando el "sistema azteca" de planificación de proyectos. Dice que la clave para la restauración es encontrar la raíz del problema, no solo pintar encima. Ahora está convencida de que el otro dormitorio tiene una fuga masiva.

Su tono era ambiguo y cargado de insinuaciones. ¿Estaba coqueteando? ¿Estaba simplemente siendo el espía que Nikitas era, informando sobre la "proximidad" de nuestro matrimonio? La incertidumbre me corroía más que el barro.

— Deja de llamarla Isabella —espeté.

— ¿Por qué? Ese nombre tiene más clase. Además, se ve linda cuando frunce el ceño. Ese gesto de molestia... es atractivo. Mira, Alex. Ella está en su elemento. Entiende la necesidad de la infraestructura y, debo decir, tiene una visión más clara que la tuya. Te limitas a los números. Ella ve el potencial. Es una buena prima.

Nikitas me dio una palmada en la espalda, dejando un rastro de polvo limpio sobre mi camiseta embarrada, un gesto deliberado de desprecio.

— Me voy. Tenemos que ir a revisar el tejado del ala este. Dice que, si lo arreglamos, podemos usar ese dormitorio a más tardar mañana en la noche. Suena muy eficiente.

Se fue, dejándome con el sudor, el ruido y la ansiedad corrosiva.

¿Usar ese dormitorio mañana en la noche? ¿Tan rápido? El plan de Fernanda de crear una "vía de escape" estaba funcionando con una celeridad asombrosa. Y, paradójicamente, la idea de dormir separados ahora me causaba una extraña punzada de... ¿decepción?

Mi mente regresó al sótano, al calor de su cuerpo en mi hombro y el aroma a jazmín que había borrado mis números. La cama compartida era una amenaza a mi orden, pero era una amenaza conocida y controlable (al menos por mi lado). La separación significaba perder ese contacto inesperado y perturbador, ese único resquicio de calor en mi vida helada.

Volví a la tabla de tuberías, intentando enfocarme en los diagramas. La arcilla. La roca. El dinero. Debía pensar como el magnate, no como el hombre.

— Señor Vasilakis —dijo Giorgio, interrumpiendo mis pensamientos —. La tubería vieja está conectada al pozo. Si usamos la bomba... explotará.



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En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 22.01.2026

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