Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 27.

FERNANDA

El ala del dormitorio secundario olía a humedad, abandono y algo dulce, como almendras rancias. Era un olor de tristeza, pero para mí, era el olor del potencial. Me puse la ropa más cómoda y me até el cabello con un pañuelo. Estaba en mi elemento: la destructora controlada, lista para enfrentar la podredumbre.

Nikitas, por el contrario, estaba ridículamente fuera de lugar. Vestía unos jeans inmaculados, una camiseta de marca que parecía costar un mes de mi antigua renta, y sostenía un vaso de agua mineral con un hielo que se derretía lentamente. Estaba allí como un espía, pero se había ofrecido como "ayudante" en un intento desesperado por ganarse mi confianza y obtener información.

— Isabella, si me permites el atrevimiento, ¿por qué no le pides a Giorgio que contrate a un equipo especializado para que haga el trabajo sucio? —preguntó, apoyándose en el marco de una ventana con una pose que haría llorar a un director de casting.

— ¡Nikitas! ¿Quieres que muera de aburrimiento? ¡Jamás! —Tomé un taladro manual y revisé una mancha oscura en la pared, cerca del suelo. — Mi padre era un contratista en Guadalajara, así que me enseñó un poco de este oficio. Me gusta hacer este tipo de inspección. Y, por cierto, mi nombre es Fernanda. Pero tú puedes seguir llamándome Isabella, si te hace sentir más como un cazador de vampiros.

Nikitas se echó a reír, un sonido genuino y fuerte. Había captado la referencia y la broma sobre su obsesión con el nombre.

—Tienes razón. La Isabella original era la que se metía en problemas. Tú pareces la que los causa. Y, por cierto, ¿por qué Alexander se molestó tanto con ese nombre?

— No, tengo idea. Él no entiende nada fuera de las tasas de interés. Aunque no lo creas, Alexander no tiene un buen sentido del humor. Tendría que ser estudiado en un laboratorio.

— ¡Un Vasilakis en un laboratorio! ¡Me encanta! Tienes una lengua afilada, Fernanda. ¿Te importaría si lo uso como excusa para hacerte preguntas personales? Es por el bien de mi investigación familiar, claro.

Pasamos la mañana en una rutina inesperada de bromas y tareas manuales. Yo rascaba la pintura hinchada para encontrar la fuga, y Nikitas me hacía preguntas mientras fingía limpiar el polvo con un pañuelo de seda.

— Entonces, ¿por qué Alexander te propuso matrimonio tan rápido? Eres... bueno, no eres su tipo.

—Directo. Me gusta. Si no soy su tipo, ¿por qué crees que me propuso matrimonio? ¿Por amor eterno? —Dije, sin dejar de rascar.

— No. Pero tampoco por la avaricia pura. Alex nunca tuvo necesidad de dinero. Solo de control. El testamento lo obligó a perderlo.

— Es una buena observación, Nikitas. ¿Sabes? Cuando me propuso el matrimonio, me pregunté: ¿por qué yo?. Y la respuesta es simple y sencilla: en su mundo de perfección y orden, yo soy diferente, caos controlado, y eso es lo que lo cautivó. Y claro, mi belleza azteca.

— Suena convincente tu argumento.

Nikitas dejó de sonreír. Sus ojos se nublaron con un recuerdo, como si las paredes de la vieja finca hubieran susurrado el pasado.

— El barro... ¿sabes? Cuando éramos niños, la finca no era la ruina que es ahora. Nos reunimos todos los primos en verano. Éramos unos doce. La única regla era: libertad absoluta. Mi madre y la suya, Eleni, nos dejaban correr.

Se acercó a mí, su tono más suave y genuino.

—Alexander era un niño. Como de diez años. Ya tenía ese aire de seriedad. Yo era su sombra. Los dos terminábamos siempre en el mismo lugar: un pequeño manantial al lado del olivar. Llenos de barro hasta las orejas. Eleni se reía, pero luego lo castigaba. Decía que "un Vasilakis debe ser impecable". Pero esos eran los únicos momentos en que Alexander sonreía de verdad. Cuando estaba sucio y libre.

Yo me detuve. La historia no era sobre Nikitas; era la clave para entender a mi esposo. Su obsesión con la pulcritud no era solo disciplina, era una condena autoimpuesta.

—Gracias, Nikitas. Me acabas de dar la clave para la próxima fase de mi "venganza de Moctezuma".

Al mediodía, localicé el origen de la humedad: una fuga menor en la tubería de desagüe que pasaba por debajo del alféizar. Al recargarme en un lado de la pared, mi mano se hundió, pero se pudo sentir un papel doblado. Al desenrollarlo con cuidado, sentí un material diferente. Era un cuaderno encuadernado en cuero y amarillento, oculto en el nicho de la pared, envuelto con un plástico como protección.

— ¡Mira esto, Nikitas! ¡Un tesoro! —dije, sintiendo la adrenalina del descubrimiento.

Nikitas se acercó, su cara reflejando seriedad. El cuaderno no era un mapa del tesoro. Era un diario personal. En la primera página, había una firma elegante en griego: Eleni Vasilakis . La madre de Alexander, la mujer que había muerto trágicamente en un accidente automovilístico hace veinte años.

Nikitas y yo hojeamos algunas páginas, escritas en griego. Logré descifrar las fechas, que coincidían con el período en que Alexander era un niño, justo antes de que su abuelo lo enviara fuera de Atenas para prepararlo para su legado.

—Esto es serio, Fernanda. La madre de Alex.

—Lo es. Las fechas son de cuando Alexander era un niño. Esto podría dar una explicación de por qué está tan... ordenado.



#328 en Otros
#151 en Humor
#1218 en Novela romántica

En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.