ALEXANDER
El dolor físico era una novedad irritante, una intrusión biológica que mi mente no lograba clasificar ni archivar. Mis hombros no solo ardían; se sentían como si alguien hubiera vertido plomo líquido entre las escápulas y lo hubiera dejado enfriar hasta solidificarse. Mis manos, habituadas a la suavidad de las pantallas táctiles de última generación, al tacto frío del acero de los relojes de lujo y a la textura sutil de las sábanas de mil hilos, eran ahora un mapa de guerra. Las ampollas, pequeñas cúpulas de castigo, palpitaban con un ritmo propio, sincronizadas con los latidos de mi corazón.
Cavar ese pozo no había sido una decisión lógica. Si hubiera pasado por el filtro de mi algoritmo de eficiencia, el resultado habría sido esperar al equipo de excavación mecanizada. Pero había sido un arrebato de orgullo, una reacción visceral provocada por la mirada desafiante de Fernanda y su mapa del tesoro dibujado con crayones. Mi cuerpo, ese templo de orden que yo creía conocer, me estaba cobrando la factura por haber intentado ser un hombre de tierra cuando solo era un hombre de oficina.
Estaba sentado al borde de la cama matrimonial, una reliquia de hierro forjado que parecía burlarse de mi rigidez. La habitación estaba sumida en una penumbra suave, rota únicamente por la luz de una luna de plata que se filtraba por los ventanales y la lámpara de aceite que Fernanda se empeñaba en encender cada noche "por el ambiente". Yo odiaba el olor del aceite quemado, pero esa noche, extrañamente, el aroma a olivo rancio me resultaba extrañamente reconfortante.
Trataba de desabotonar mi camisa de lino, pero mis dedos se sentían como troncos rígidos y torpes. Era una humillación silenciosa. El hombre que podía desmantelar corporaciones con una llamada no podía desabrocharse el tercer botón de su propia prenda.
La puerta se abrió con ese chirrido familiar que ya no me molestaba. Fernanda entró. No era la "Señora Vasilakis" que Atenas esperaba; era un desastre andante. Llevaba el pañuelo en el cabello, manchas de yeso decorando sus mejillas como pinturas de guerra y ese aire de cansancio satisfecho que yo nunca había experimentado. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una intensidad nueva. Me miró y se detuvo. ¿Era triunfo lo que veía en ella? ¿O era esa emoción prohibida que yo tanto detestaba: la lástima? No, Fernanda era muchas cosas, pero no se atrevería a tenerme lástima. No si quería conservar su integridad física.
— Te ves como si te hubiera pasado por encima un tráiler de refrescos, Alexander —dijo ella, dejando caer su mochila en el suelo con un golpe sordo que resonó en el silencio de la mansión.
— Estoy perfectamente —respondí, mi voz sonando más áspera de lo que pretendía—. Solo es fatiga muscular acumulada. Nada que una noche de descanso y mi régimen habitual no puedan solucionar.
Logré soltar el tercer botón con un esfuerzo que me pareció heroico, pero el cuarto se convirtió en una fortaleza inexpugnable.
— Mientes tan mal como bailas, "León de Atenas" —replicó ella, acercándose con pasos decididos—. Déjame ayudarte antes de que se te rompa un tendón y tenga que llamar a Elías para que te recoja con una grúa.
Se acercó antes de que mi cerebro pudiera formular una protesta coherente. Sus manos eran pequeñas, pero de una fuerza sorprendente. Apartó mis dedos con un gesto impaciente y comenzó a trabajar en los botones con una eficiencia técnica que me dejó mudo. La proximidad era una violación a mi espacio vital, una invasión de mi perímetro de seguridad. Olía a polvo de piedra, a madera vieja y a ese aroma dulce y persistente que ahora sabía que era jazmín.
— Nikitas me contó que encontraste una fuga en el ala norte —dije, intentando desesperadamente desviar la atención de la electricidad estática que sentía cada vez que sus nudillos rozaban la piel de mi pecho.
— Encontré más que una fuga, Alexander —respondió ella en un susurro, casi para sí misma. Se detuvo en el último botón, justo encima del cinturón de mi pantalón, y levantó la vista. Su expresión había perdido toda traza de burla. Estaba inusualmente seria—. Encontré que esta casa tiene más secretos que tu contrato matrimonial. Y algunos son mucho más antiguos.
Me tensé. Mis músculos protestaron ante el movimiento brusco. — ¿A qué te refieres con secretos? Si hablas de la estructura, ya sé que es un desastre.
— No hablo de la piedra, Alexander. Hablo de las cargas. De esas que no se ven en los planos —hizo una pausa, escudriñando mis ojos—. Hablo de que, tal vez, ser "impecable" es una carga demasiado pesada para alguien que nació para ensuciarse de vez en cuando.
Esa palabra. Impecable.
Me golpeó como un impacto físico. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna de Corfú. Era la palabra que mi madre, Eleni, repetía como un mantra religioso. "Un Vasilakis debe ser impecable, Alexander. En su ropa, en su palabra, en su alma". Era el muro que me habían construido piedra a piedra desde que tuve uso de razón. Ver a Fernanda pronunciarla con esa entonación de sabiduría antigua me hizo sentir desnudo.
— No sé de qué hablas —respondí, recuperando mi máscara de frialdad—. Es una cuestión de estándares familiares. No son cargas, son pilares.
Fernanda suspiró, un sonido lleno de una paciencia que no sabía que poseía. Terminó de abrir mi camisa y, con una suavidad que me desarmó, la apartó de mis hombros, dejando mi espalda al descubierto ante el aire fresco de la habitación. Escuché un pequeño ruido de asombro que escapó de sus labios. Sabía lo que veía: los moretones violáceos donde la viga de madera me había golpeado y la piel irritada, casi en carne viva, por el roce constante de la pala.