Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 29.

FERNANDA

El amanecer en Corfú no llegó con el suave canto de los pájaros, sino con un grito que parecía desgarrar la bruma salina de la mañana. Era Giorgio. Su voz, normalmente pausada y profunda como el sonido de los olivos al viento, vibraba ahora con una urgencia eléctrica que me hizo saltar de la cama antes de que mi cerebro terminara de procesar que ya no estaba en México.

— ¡Nero! ¡Ochi! ¡Señor Vasilakis! ¡Vigla! —el capataz agitaba los brazos frenéticamente junto a la boca del pozo, su silueta recortada contra el sol naranja que empezaba a lamer las colinas.

Alexander y yo salimos de la casa casi al unísono. Él, a pesar de los dolores de espalda que yo había intentado mitigar anoche con el ungüento de árnica, se movía con una determinación felina, ignorando las protestas de sus músculos. Llevaba una camisa desabrochada y los pies descalzos, una imagen de vulnerabilidad y poder que me dejó sin aliento por un segundo.

Nikitas apareció un instante después, saliendo de su habitación con una bata de seda azul oscuro que gritaba "vacaciones en la Riviera" y una taza de café expreso en la mano, como si estuviéramos a punto de presenciar un desfile de modas y no una catástrofe hidráulica.

— ¿Qué pasa? ¿El tatarabuelo se cansó de ser nuestro fontanero fantasma y decidió inundarnos? —bromeó Nikitas, pero su sonrisa se desvaneció cuando vio el agua turbia y espesa que empezaba a brotar por los bordes del pozo, transformando el suelo seco en un pantano traicionero.

— El arco de contención se está desplazando —explicó Alexander, que ya estaba de rodillas en el lodo, metiendo las manos en la corriente para sentir la vibración de las piedras—. Si la piedra clave se mueve un centímetro más, el pozo colapsará hacia adentro. Perderemos la fuente, el acuífero se sellará y la Finca Aris morirá antes del mediodía. ¡Yannis no llegará hasta dentro de tres horas desde el pueblo!

— No tenemos tres horas, Alexander —dije, ajustándome las trenzas con un gesto decidido y amarrándome las botas con un nudo doble—. Si ese arco cede, la erosión se llevará la mitad de la colina. He visto esto antes en las obras de mi papá en Guadalajara. El agua no pide permiso, simplemente destruye lo que encuentra.

Alexander me miró. Por primera vez, no vi en sus ojos el cálculo de un magnate ni el desprecio de un perfeccionista. Vi una chispa de fe. Estaba buscando una solución en mi caos, aceptando que mi experiencia con la tierra era más valiosa en ese momento que sus títulos de Harvard.

— Necesitamos apuntalarlo desde adentro mientras alguien limpia el sedimento que bloquea la válvula de alivio —sentenció Alexander, su voz recuperando esa autoridad de mando—. Pero se necesitan tres personas. No hay otra forma. Uno para sostener la viga de refuerzo, otro para calzar las piedras de la base y un tercero para sumergirse en el ducto lateral y limpiar la válvula.

Ambos giramos la cabeza hacia Nikitas. Él miró su bata de seda, su taza de café de porcelana fina y sus manos de pianista que nunca habían levantado nada más pesado que un fajo de billetes.

— Oh, no. Ni lo piensen —dijo Nikitas, retrocediendo un paso—. Mi contrato como "observador familiar" y espía de medio tiempo no incluye geología subterránea ni lodo veneciano. Alex, llama a un equipo de emergencia. Yo pagaré el helicóptero si es necesario.

— Nikitas —Alexander se puso de pie, cubierto ya de salpicaduras oscuras. Su voz resonó con una gravedad que no era de jefe, sino de hermano, de sangre—. Es la Finca Aris. Es la tierra de Eleni. Mi madre, tú tía. Es el lugar donde corríamos de niños. ¿Vas a dejar que los recuerdos de ella se hundan en un agujero porque no quieres ensuciarte el pijama de seda?

El nombre de Eleni Vasilakis quedó flotando en el aire, más pesado que el vapor del agua. Vi cómo la mandíbula de Nikitas se tensaba. El personaje del "primo cínico y parásito" se resquebrajó por un instante, dejando ver al niño que una vez compartió el barro con Alexander. Dejó la taza en una piedra plana, se quitó la bata de seda con un gesto dramático y se quedó en una camiseta blanca.

— Si me da una infección tropical o si una rana me muerde un dedo, te pasaré la factura del mejor dermatólogo de Europa, Alexander. Y quiero que sepas que odio el lodo.

Bajamos al pozo. El espacio era estrecho, claustrofóbico y olía a historia, a raíces podridas y a agua fría. La presión del agua ya nos llegaba a las rodillas, empujando con una fuerza invisible que intentaba derribarnos.

— Alexander, tú sostén la viga de madera contra el arco. Eres el más fuerte, tienes que ser el pilar —ordené, asumiendo el mando técnico. Mi padre siempre decía que, en una crisis, el que sabe qué hacer es el que manda, sin importar el apellido—. Nikitas, tú tienes que pasarme las piedras de calce que Giorgio está lanzando desde arriba. Tienes que encajarlas donde yo te diga, con fuerza. Yo me meteré al ducto lateral para liberar la válvula de drenaje.

— ¡Es demasiado peligroso, Fernanda! —gruñó Alexander. Sus músculos se tensaron bajo la camisa empapada mientras cargaba con el peso de la viga de roble. La madera crujía bajo la presión del arco de piedra—. Si el arco cede mientras estás ahí dentro...

— Soy la única que cabe en ese hueco, "León de Atenas". Además, mi torpeza es mi superpoder: si me quedo atascada, seguro que rompo algo importante y el agua sale —bromeé, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas—. ¡Trabajen!



#328 en Otros
#151 en Humor
#1218 en Novela romántica

En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.