FERNANDA
La cocina de la Finca Aris parecía el escenario de una batalla campal después de nuestra aventura en el pozo, o quizá el set de una película de supervivencia que había terminado con un final feliz y muy sucio. Había mangueras enrolladas como serpientes en el patio, botas cubiertas de una costra de lodo secándose en la entrada y un rastro de huellas negras que marcaban el camino hacia los baños. Alexander, milagrosamente, no había intentado limpiar el rastro con un hisopo y alcohol isopropílico, ni había sufrido un colapso nervioso por la falta a su protocolo de higiene. Estaba demasiado cansado, o quizá, demasiado vivo.
Después de bañarnos en turnos rigurosos —donde el agua fluía ahora con una fuerza gloriosa y cristalina gracias a nuestro esfuerzo compartido—, el hambre nos golpeó a los tres como un mazo de demolición. Fue un hambre física, de esa que te hace temblar las manos, pero también un hambre de celebración.
Alexander, recuperando por un segundo su instinto de magnate, buscó su teléfono para llamar a un servicio de catering de lujo desde la ciudad de Corfú. Pero yo lo detuve con una sola mirada, poniéndome en medio de él y la señal de Wi-Fi.
— Ni se te ocurra, Vasilakis. Guarda ese teléfono. Hoy hemos salvado la tierra con nuestras propias manos, nos hemos tragado el lodo de tus ancestros. Hoy se come lo que la finca nos da, cocinado por la mujer que casi pierde la dignidad —y un zapato— por una válvula oxidada.
Nikitas, que ahora vestía unos pantalones de lino de Alexander que le quedaban un poco cortos en los tobillos y una camisa que le apretaba en los hombros, se sentó en la mesa de madera rústica. Se veía extrañamente relajado, con el cabello todavía húmedo y una expresión de expectativa que nunca le había visto.
— Tengo miedo, Fernanda. Lo digo en serio —comentó Nikitas, observándome mientras yo empezaba a sacar sartenes—. La última vez que dijiste que ibas a "cocinar algo especial" en Atenas, terminé buscando el significado de "combustión espontánea" y "seguro contra incendios" en Google.
— Silencio, Nikitas. No arruines el momento. Hoy vas a probar la verdadera fusión México-Grecia. Mi "venganza de Moctezuma" versión gourmet.
Me puse manos a la obra. Saqué lo que pude encontrar en la despensa y lo que Giorgio me había traído de la huerta: tomates maduros que explotaban de sabor, cebollas moradas, mucho ajo y, por supuesto, el aceite de oliva virgen de la finca, ese que Alexander guardaba bajo llave como si fuera oro líquido. Busqué en mi mochila y saqué mi tesoro más preciado: un frasco de chiles secos que traía en mi "kit de supervivencia" desde Guadalajara.
Improvisé una especie de salsa macha, tostando los chiles en el aceite de la casa, dejando que el aroma herbáceo del olivo se casara con el picante ahumado de mi tierra. Preparé unos huevos rancheros montados sobre pan de pita griego, acompañados de aceitunas Kalamata y queso feta asado con un toque de orégano silvestre.
El aroma que inundó la cocina era una mezcla embriagadora. Mi abuela y mi madre estarían orgullosas de saber que improvisé bajo presión y, milagrosamente, no se quemó ni la cocina ni los alimentos. Creo que los Dioses del Olimpo me han bendecido hoy; logré hacer algo decente para el paladar ridículamente exigente de los Vasilakis.
Alexander entró en la cocina justo cuando servía los platos. Llevaba una camiseta negra sencilla, sin logotipos, sin pretensiones. Se veía diez años más joven, menos como un busto de mármol del museo y más como un hombre de carne y hueso. Se detuvo en seco al ver la mesa. No había manteles de lino, no había cubiertos de plata alineados milimétricamente. Solo platos desparejados, servilletas de papel y una botella de vino blanco de la región que Nikitas había descorchado sin pedir permiso.
— Esto... no es lo que suelo cenar, Fernanda —comentó Alexander, pero sus fosas nasales se dilataron y sus ojos traicionaron su hambre voraz.
— Siéntate y come, Alexander. No es una cena gourmet, es combustible para guerreros —dije, colocando el plato frente a él.
La primera reacción de Nikitas al probar el primer bocado fue digna de un premio de la Academia. Se puso rojo, luego pasó a un tono morado interesante, y finalmente se bebió medio vaso de vino de un solo trago, jadeando.
— ¡Por los dioses del Olimpo! ¡Fernanda, esto es un ataque terrorista a mis papilas gustativas! —exclamó, secándose el sudor de la frente, pero inmediatamente tomó otro bocado doble—. Pero... es adictivo. Es como si el alma me estuviera despertando a bofetadas. ¡Pica como el demonio, pero quiero más!
Alexander, fiel a su estilo, comió con más cautela. Al primer bocado, se quedó inmóvil, como si estuviera procesando un dato complejo. Luego, masticó lentamente y cerró los ojos.
— El aceite —susurró, casi para sí mismo—. Nunca lo había probado así. El calor del chile resalta el sabor frutal del olivo de una manera... lógica. Es una combinación eficiente.
— Es "sabrosa", Alexander. No "eficiente". Aprende la diferencia, por favor —me burlé, sentándome por fin con ellos.
El vino y el picante empezaron a soltar las lenguas. Nikitas, que normalmente se escondía tras una armadura de cinismo y bromas pesadas, empezó a contar historias de su infancia en Corfú. Habló de cuando él y Alexander se escapaban a la playa de Paleokastritsa para robar higos de los huertos vecinos. Alexander, para mi absoluta sorpresa, no lo interrumpía para corregir los detalles técnicos; al contrario, añadía anécdotas sobre cómo Nikitas siempre terminaba atrapado por los perros de los granjeros porque se quedaba paralizado del susto.