Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 32.

ALEXANDER

Dormir con el enemigo bajo el mismo techo es una técnica que perfeccioné en el mundo corporativo, pero Andreas Latsis no era un rival cualquiera. Era un recordatorio andante de la versión de mí mismo que yo más despreciaba: la que no tiene escrúpulos.

Me desperté antes del amanecer. Fernanda seguía dormida, pero su respiración era inquieta. Me quedé un momento observándola en la penumbra. Sin las almohadas de por medio, la realidad de nuestra cercanía me golpeó con más fuerza que cualquier auditoría. Ella se había convertido en el eje de esta casa, y Andreas lo sabía. Por eso, su estrategia no sería atacarme a mí —yo conocía todas sus jugadas—, sino atacarla a ella.

Salí de la habitación para buscar a Giorgio y preparar la inspección del pozo. Tiempo después regresé a la casa, pero al pasar por el ala de invitados, escuché voces en el salón principal. Era temprano, demasiado temprano para que Nikitas o Fernanda estuvieran activos.

Me detuve en las sombras del pasillo. Mi pulso se aceleró cuando reconocí el tono melifluo de Andreas y la voz defensiva, pero firme, de Fernanda.

— Es una oferta generosa, Fernanda. Piénsalo bien —decía Andreas. Escuché el tintineo de una cuchara contra la porcelana—. Te investigué detalladamente bajo una lupa, supe que Alexander te ofreció pagar tus deudas a cambio de seis meses de tu libertad. Yo te ofrezco triplicar esa cifra hoy mismo. Solo tienes que firmar una declaración admitiendo que el matrimonio nunca se consumó y que fue un acuerdo puramente financiero. Podrías volver a México hoy mismo, con tu familia a salvo y una cuenta bancaria que nunca soñaste.

Me quedé helado. La furia comenzó a subir por mi garganta como ácido, pero me obligué a no intervenir. Necesitaba saber qué pieza era Fernanda en este tablero. ¿Era la mujer que había cavado en el barro conmigo, o era la estudiante de medicina acorralada por las deudas que aceptó mi contrato original?

— ¿Triplicar la cifra? —la voz de Fernanda sonó plana, difícil de leer—. Eso es mucho dinero, señor Latsis. Mucho más de lo que Alexander me prometió.

— Exactamente. Alexander es un hombre de negocios; siempre busca el margen de beneficio. Yo soy un hombre de soluciones. Si tú confiesas, el Consejo recupera la finca, Alexander pierde su herencia y tú te vuelves rica. Todos ganan... excepto él, por supuesto. Pero seamos sinceros, ¿qué te debe él a ti? Te trajo aquí como si fueras ganado.

Hubo un silencio prolongado. Podía oír mi propio corazón martilleando contra mis costillas. Mis manos se cerraron en puños tan fuertes que las uñas se clavaron en mis palmas. Dile que se largue, le ordené mentalmente. Demuéstrale quién eres.

— Es cierto —dijo Fernanda finalmente. Escuché cómo se levantaba de la silla—. Alexander me trajo aquí por las razones equivocadas. Me vio como un número, como una cláusula de escape.

Sentí una punzada de decepción tan profunda que casi me hizo tambalear. Ella tenía razón, pero escucharla admitirlo frente a Andreas se sentía como una sentencia de muerte.

— Entonces, firma —insistió Andreas con urgencia—. Aquí tienes la pluma. Es oro de 18 quilates, un pequeño anticipo de la vida que te espera.

— Es una pluma hermosa —respondió Fernanda. Hubo un ruido metálico, como si estuviera examinando el objeto—. ¿Pero sabe qué es lo gracioso, señor Latsis? Que usted y el Consejo cometieron un error de cálculo básico.

— Ah, ¿sí? ¿Cuál?

— Ustedes creen que Alexander es el único que tiene un contrato. Pero ayer, en ese pozo, yo firmé otro. Uno que no está escrito en papel, sino en lodo y en el esfuerzo de salvar algo que importa. Alexander es un idiota por haber intentado comprarme, sí. Pero usted es un imbécil por creer que mi lealtad tiene un precio de liquidación.

Un ruido seco resonó en el salón. Me asomé lo suficiente para ver: Fernanda había dejado caer la pluma de oro dentro de la taza de café de Andreas.

— Quédese con su dinero —continuó ella, y pude ver su perfil, con la barbilla en alto y esa mirada de fuego que me había cautivado sin que yo lo supiera—. Porque si voy a traicionar a Alexander, no será por unos billetes. Tendría que ser por alguien que fuera, al menos, la mitad de hombre de lo que él está empezando a ser. Y usted, con su traje impecable y su alma podrida, no llega ni a la suela de sus botas llenas de barro.

Andreas se puso de pie, su rostro antes pálido ahora encendido por una mancha roja de humillación.

— Te vas a arrepentir de esto, mexicana. Cuando Alexander lo pierda todo, te arrojará a la calle sin un centavo. Él no tiene amigos, solo socios. Y tú acabas de elegir al socio que está a punto de quebrar.

— Pues quebraré con él —sentenció Fernanda—. Pero al menos no tendré que lavarme las manos cada vez que me mire al espejo, como tendrá que hacerlo usted.

Andreas salió del salón a zancadas, pasando cerca de donde yo estaba escondido. No me vio; estaba demasiado cegado por la rabia. Esperé unos segundos y luego entré en la estancia.

Fernanda estaba de espaldas a mí, apoyada en la mesa, con los hombros caídos y las manos temblando violentamente. El fuego de su discurso se había apagado, dejando paso al agotamiento del miedo.

— Fernanda —dije suavemente.

Ella se sobresaltó y se giró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.



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En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 10.02.2026

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