FERNANDA
Hay humillaciones que se sienten como un golpe seco en el estómago, de esos que te dejan sin aire y te obligan a doblarte. Pero la que Andreas Latsis me propinó frente a Alexander ayer fue diferente. Fue un veneno lento, una disección quirúrgica diseñada para hacerme sentir pequeña, una pieza de repuesto barata en una maquinaria de lujo que no me pertenecía. Escuchar que me llamaba "oferta" me dolió, no porque fuera una mentira técnica, sino porque Latsis usó la verdad como un arma para intentar aniquilar lo único que me quedaba: mi dignidad.
Sin embargo, Latsis cometió el error más grande de su arrogante carrera: pensó que me había tomado por sorpresa. Creyó que yo era solo una chica de Guadalajara deslumbrada por los euros y los olivos, sin saber que yo ya venía con la guardia en alto y el corazón blindado.
Lo que nadie en esta isla sabía es que yo ya había recibido el primer golpe días antes de que ese "bisturí de hielo" aterrizara en Corfú. Fue una llamada a medianoche, tres días antes de la auditoría. En la pantalla de mi teléfono apareció el nombre de Valeria, mi prima. Valeria, la que siempre fue el orgullo de la familia, la que se graduó con honores y consiguió un puesto estable en una firma de consultoría mientras yo veía cómo mi sueño de ser doctora se hundían entre las deudas de mi padre y mis propios errores.
La llamada no fue para saludar. Valeria estaba llorando, pero no era un llanto de tristeza, era ese gemido agudo de quien sabe que ha cometido una falta imperdonable y está tratando de limpiar su conciencia antes de que la atrapen. Entre hipos y el eco de una resaca monumental, me confesó que se había ido de lengua en un bar exclusivo de la zona de Polanco. Me contó que se había dejado deslumbrar por un "dios griego" de traje impecable y ojos de tormenta que resultó ser el mismísimo Latsis.
Valeria se justificó diciendo que él la había envuelto, que la hizo sentir la mujer más inteligente del lugar. Entre copa y copa de vino caro, ella terminó soltando los detalles de mi "contrato" con Alexander, convencida de que un hombre tan guapo y poderoso no podía tener malas intenciones. Se vendió por un poco de atención masculina y un par de tragos, justificando su traición porque "ella siempre había sido la responsable y merecía un poco de diversión". Me dolió más su envidia mal disfrazada de error que la información filtrada. Ella sabía que salir de mis deudas dependían de este dinero, y, aun así, se dejó seducir por el hombre que venía a destruirme. Latsis no solo me investigó; él usó la debilidad de mi propia sangre para comprar las llaves de mi pasado.
Así que, cuando Latsis me encaró en la cocina esta mañana, yo ya sabía de dónde venían sus balas. Sabía que él conocía el precio exacto de mi libertad porque Valeria se lo había soplado al oído.
Por eso, cuando me ofreció triplicar la cifra a cambio de confesar que el matrimonio era una farsa, no sentí tentación. Lo que sentí fue un asco visceral que me subió por la garganta. Asco por él, por la cobardía de mi prima y por ese mundo de los Vasilakis donde todo, incluso la lealtad, tiene un precio de liquidación en un estante.
— Alexander me trajo aquí por las razones equivocadas —le dije a Latsis, manteniendo la voz firme a pesar de que el corazón me martilleaba en los oídos—. Me vio como un número, como una salida de emergencia para su herencia.
Lo solté para ver cómo brillaban sus ojos de tiburón, creyendo que me tenía acorralada en un rincón de su red legal. Pero cuando tiré su pluma de oro en su taza de café, el estruendo metálico contra la porcelana fue el sonido más dulce que he escuchado en mi vida. Fue mi propia declaración de independencia. No iba a ser la "oferta" de nadie, ni la de Alexander al principio, ni la de este buitre ahora.
Lo que no esperaba, lo que realmente cambió el eje de mi mundo, fue lo que vino después.
Alexander no solo estaba escuchando detrás de la puerta; estaba transformándose delante de mis ojos. Cuando entró en la habitación y me llamó "esposa", no con el tono burocrático del contrato, sino con una autoridad que parecía mover las piedras mismas de la mansión, sentí que el suelo bajo mis pies dejaba de temblar. Pero fue el abrazo lo que me desarmó por completo.
Alexander me rodeó con una firmeza que no pedía nada a cambio. No era el jefe protegiendo un activo, ni el magnate salvando su imagen. Era un escudo de carne y hueso que se interponía entre el veneno de Latsis y yo. El olor a jabón limpio mezclado con el aroma de la tierra del pozo que aún parecía impregnada en su piel me devolvió el aire que Latsis me había robado. En ese abrazo, Alexander me estaba diciendo que yo ya no era un anexo en un documento; era su compañera de trinchera.
Sentí el respaldo de Alexander de una forma que nunca había experimentado en Guadalajara, ni siquiera con mi propia familia. Él, el hombre que medía la vida en milímetros y segundos, me estaba dando algo que el dinero de Latsis no podía comprar: un lugar donde no tenía que pelear sola. Me estaba dando su apellido, no como una jaula, sino como una armadura.
— No vas a quebrar, Fernanda —me susurró al oído, y su aliento cálido fue el bálsamo que detuvo el temblor de mis manos.
En ese momento, entendí que el poder de los Vasilakis no estaba en sus cuentas bancarias, sino en esa lealtad feroz que Alexander acababa de despertar. Me sentí vista, no como una "causa perdida" o una "estudiante fracasada", sino como la mujer que había devuelto el agua a su tierra.