FERNANDA
Alexander se llevó a Andreas a los viñedos bajo el sol implacable de las diez de la mañana. Verlos caminar juntos desde la ventana de la cocina era como ver dos eras de la familia Vasilakis chocar en cámara lenta: Alexander, con las mangas de la camisa enrolladas, la piel bronceada por el trabajo y restos de tierra en las botas, se veía como un hombre que finalmente echaba raíces. Al otro lado, Latsis, con un traje que costaba más que todo nuestro sistema de riego, se movía con una rigidez cómica, alzando los pies como si el polvo de Corfú fuera una enfermedad contagiosa que pudiera arruinar su linaje.
— Tienes exactamente cuarenta minutos antes de que el "Bisturí de Hielo" regrese por sus notas —susurró una voz a mi espalda, haciéndome saltar.
Me giré y encontré a Nikitas apoyado en el marco de la puerta. No llevaba su habitual expresión de aburrimiento o esa mirada de superioridad que tanto me irritaba al principio; sus ojos brillaban con una malicia juguetona que me recordó por qué Alexander decía que, de niños, él era el cerebro detrás de todas las travesuras que volvían locos a los tutores.
— ¿Notas? —pregunté, secándome las manos nerviosamente en el delantal.
— El maletín de Andreas, querida "Leona de Guadalajara". Lo dejó en el ala de invitados, bajo llave, por supuesto. Pero Andreas es un hombre de costumbres aburridas. Usa una combinación basada en la fecha de la fundación del Consejo. Es un tipo tan arrogante que cree que nadie aquí tiene el nivel intelectual para desafiar su seguridad.
Nikitas se acercó a la mesa y extendió una servilleta de papel con un plano de la casa dibujado a mano. Tenía una precisión casi técnica, marcando puntos de vigilancia y rutas de escape.
— Bienvenido a la Misión Imposible: Edición Corfú —anunció Nikitas con un acento británico exagerado, divirtiéndose claramente con el drama—. El objetivo: El maletín de cuero de becerro negro. El obstáculo: Una cerradura de tres discos y el hecho de que Andreas tiene el oído de un murciélago y el humor de una hiena hambrienta. El plan es simple: Alexander lo llevará hasta el límite de la propiedad, fingiendo que la bomba del sector sur está fallando. Andreas odia caminar y detesta el calor, así que eso nos dará el tiempo suficiente si Alexander sabe cómo "complicar" la explicación técnica.
— Nikitas, esto es ilegal —dije, sintiendo que el corazón empezaba a galopar contra mis costillas—. Si nos atrapa, le estaremos entregando en bandeja de plata la prueba de "mala conducta" que tanto está buscando para invalidar el matrimonio.
— Ilegal y jugar sucio es lo que él hizo usando a tu prima Valeria, Fernanda. Eso se llama manipulación de testigos y es un golpe bajo incluso para los estándares de los Vasilakis. Nosotros solo estamos haciendo una... inspección preventiva —Nikitas me guiñó un ojo con una complicidad que me resultó extrañamente reconfortante—. Además, necesito que tú entres. Yo vigilaré el pasillo. Si te veo en problemas, tiraré este jarrón de la dinastía que-sé-yo que está en el pedestal. El estruendo se oirá hasta en Atenas y sabrás que tienes que saltar por la ventana o esconderte bajo la cama.
Caminamos sigilosamente hacia el ala de invitados. Nikitas se movía con una gracia felina, controlando cada esquina del pasillo con espejos de mano y gestos de comando. Al llegar a la puerta de Andreas, sacó un clip de su bolsillo y, ante mi asombro, empezó a manipular la cerradura de la habitación.
— ¿Dónde aprendiste eso? —susurré, incrédula.
— No me juzgues solo por ver la portada… o algo así se dice, ¿no? Tres años en un internado suizo, mucho tiempo libre, y una dieta estricta de películas y series de espías, querida. Entra. Busca cualquier documento que mencione tu nombre, el de tu prima o una cláusula de "rescisión por conducta moral". Latsis no juega limpio, nosotros tampoco.
Entré en la habitación de Andreas. El aire acondicionado estaba a tope y el ambiente olía a perfume caro y a una pulcritud asfixiante, casi médica. El maletín estaba sobre el escritorio de caoba, brillando como una advertencia silenciosa. Mis dedos temblaban tanto que casi no podía girar los discos de la cerradura mientras Nikitas me siseaba los números desde la rendija de la puerta.
Click. Click. Click.
La tapa se abrió suavemente. Dentro, las carpetas estaban perfectamente alineadas, cada una con una etiqueta que parecía una sentencia. Empecé a pasar las hojas con rapidez. Vi fotos mías en el mercado de Guadalajara, capturas de pantalla de mis deudas bancarias, de las de mi padre... sentí una náusea violenta al ver mi vida privada expuesta así. Y entonces lo vi. Una carpeta roja con un sello dorado: "Protocolo de Nulidad Inmediata".
Mi sangre se congeló al leer el primer párrafo. No era solo sobre el matrimonio o mi pasado. Andreas traía una orden pre-firmada para embargar la finca alegando que Alexander había ocultado información crucial sobre la "inestabilidad mental" de los herederos. Iban a usar el diario de Eleni, si es que lo encontraban, para construir un caso de demencia. Pero lo que me hizo sentir un escalofrío fue leer que el "raro comportamiento de Alexander" en los últimos días —seguramente refiriéndose a mi broma de la plomería y sus ataques de ira en el barro— había sido el pretexto perfecto para decir que Alexander estaba sufriendo el mismo "delirio" que su madre antes de morir. Mi intento de hacerlo reír se había convertido en un arma para encerrarlo.