ALEXANDER
Hay noticias que no se reciben con los oídos, sino con la sangre. Cuando Fernanda y Nikitas me arrastraron al estudio y me soltaron lo que habían encontrado en el maletín de Andreas, sentí que el mundo se volvía de un blanco gélido.
— ¿Incapacidad mental? —repetí. Mi propia voz me sonó ajena, como el crujido de un glaciar rompiéndose—. ¿Van a usar a mi madre para robarme la finca?
— Tienen el protocolo de nulidad pre-firmado, Alexander —dijo Fernanda. Sus ojos estaban empañados, pero su voz vibraba con una furia que igualaba la mía—. Dicen que tu obsesión con el pozo y tus "comportamientos erráticos" son señales de que has perdido el juicio. Van a presentar el diario de Eleni como la prueba de un historial genético de delirios.
Cerré los ojos y apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas. Tío Petro y el Consejo no solo querían mi dinero; querían borrar mi identidad, convertirme en un fantasma legal y, de paso, pisotear la memoria de la mujer que más amé. Usar la vulnerabilidad de mi madre como una herramienta contable era una bajeza que ni siquiera yo, con todos mis años en el mundo corporativo, pude prever.
— Mañana a las diez de la mañana tiene una llamada con el juez de circuito —intervino Nikitas, cruzando los brazos—. Si presenta ese documento, estás fuera, primo. Mi padre Petro será nombrado albacea y Fernanda será deportada antes de que pueda decir "aceite de oliva".
Me puse de pie y caminé hacia el ventanal. Miré los olivos, esos gigantes plateados que habían sobrevivido a décadas de sequía y abandono. Eran tercos, igual que yo.
— No vamos a dejar que esa llamada suceda —dije, dándome la vuelta con una calma que pareció inquietar a Nikitas—. Andreas cree que soy una presa acorralada. Vamos a dejar que lo siga creyendo hasta que el lazo esté en su cuello.
— ¿Qué tienes en mente? —preguntó Fernanda, acercándose a mí.
— Andreas es un narcisista, Fernanda. Su mayor debilidad es su propia inteligencia. Necesita que los demás reconozcan lo listo que es. Vamos a darle un escenario para que brille... y para que se hunda solo.
Esa noche, transformamos el comedor de la mansión. Fernanda sacó la porcelana vieja, Nikitas consiguió un vino tinto que era pura seda y veneno, y yo me puse una máscara que no usaba desde que era adolescente y perdí en un tonto juego de ajedrez con mi abuelo: la máscara de la derrota aceptada.
Cuando Andreas bajó a cenar, me encontró sentado a la mesa con una copa en la mano y la mirada perdida.
— Andreas —dije, arrastrando un poco las palabras como si el alcohol ya hubiera hecho efecto—, quiero disculparme por mi actitud de hoy. El calor... la presión de la finca... supongo que me ha afectado más de lo que quería admitir.
Latsis se sentó a la cabecera, con una sonrisa de depredador que finalmente ve a su presa dejar de luchar.
— La aceptación es el primer paso para la recuperación, Alexander —dijo, sirviéndose una generosa copa de vino—. Debo decir que me sorprende que lo admitas tan pronto, pero es lo mejor para todos.
Fernanda entró en la habitación llevando una bandeja de cordero. Se veía hermosa, pero actuaba con una sumisión fingida que era casi dolorosa de ver. Se movía en silencio, evitando la mirada de Andreas, interpretando el papel de la esposa que sabe que el juego ha terminado.
— Alexander está muy cansado, señor Latsis —dijo ella, con un tono suave—. Solo queremos que esto pase pronto.
— Y pasará, querida —Andreas bebió un largo trago, sus mejillas empezando a colorearse por el alcohol y el ego—. Mañana a las diez, Alexander firmará la transferencia de albacea a Don Petro y tú recibirás un generoso cheque por tus... servicios. Es un plan impecable. Petro fue muy claro: no importa si el matrimonio es real o si el pozo da oro. El objetivo es que Alexander deje de ser una molestia.
— ¿Incluso si eso significa inventar que estoy loco? —pregunté, mirándolo fijamente.
Andreas soltó una carcajada cínica, recostándose en la silla.
— "Inventar" es una palabra muy vulgar, Alex. Digamos que hemos "interpretado" los hechos. El Consejo tiene médicos que firman lo que sea si el precio es el correcto. Tu madre fue el precedente perfecto, y tú, con tu numerito de granjero griego, nos diste el resto de las piezas. Fue poesía legal, de verdad. Una obra maestra de la que me siento muy orgulloso.
Bajo la mesa, vi el pequeño destello de luz de la grabadora de Nikitas, oculta tras un frutero de plata. El micrófono estaba captando cada palabra, cada confesión de fraude, cada admisión de que el reporte médico era una farsa comprada por Tío Petro.
— ¿Así que no es por la finca? —preguntó Fernanda, acercándose para rellenar su copa—. ¿Es solo una cuestión de sacarlo del camino?
— Es una cuestión de negocios, Fernanda —respondió Andreas, ya con la lengua suelta y los ojos brillantes por el triunfo—. Alexander es demasiado impredecible. Petro necesita a alguien que sepa seguir órdenes, no a un "León" que se cree dueño de la selva. Mañana presentaré la orden de incapacidad, el juez firmará basándose en los informes que yo mismo redacté, y tú... bueno, tú habrás sido una anécdota exótica en la historia de los Vasilakis.
El silencio que siguió fue denso. Nikitas, desde las sombras del pasillo, me hizo una señal con la mano. Ya lo teníamos.