Fernanda
El amanecer en Corfú tiene un color que no he visto en ninguna otra parte del mundo; es un oro pálido que parece limpiar todo lo que toca. Pero esa mañana, el aire no solo se sentía limpio, se sentía ligero. El peso opresivo de la presencia de Andreas Latsis se había esfumado.
Lo vimos irse desde el pórtico. Nikitas se encargó de escoltarlo hasta el coche que lo llevaría al aeropuerto, asegurándose de que el maletín de cuero negro —ahora vacío de amenazas— estuviera bien lejos de sus manos. Latsis no miró atrás. Se fue como lo que siempre fue: un hombre que solo es poderoso cuando tiene un papel firmado, pero que se encoge ante la verdad.
Cuando el sonido del motor se perdió a lo lejos, el silencio regresó a la Finca Aris. Un silencio real, sin oídos tras las puertas.
Alexander estaba de pie junto a una de las columnas de piedra, observando el camino. Se veía agotado, pero había una serenidad en su rostro que me cortó la respiración. Ya no era el magnate de Atenas, ni el granjero furioso. Era simplemente él.
— Se acabó —dijo, sin apartar la vista del horizonte.
— Por ahora —corregí, acercándome a él—. El tío Petro no se va a quedar de brazos cruzados cuando Latsis le cuente que su "obra maestra" terminó en una grabadora.
Alexander finalmente me miró. Sus ojos, que antes eran como tormentas de invierno, ahora tenían una calidez que me hizo flaquear las piernas.
— Que venga —respondió con una sonrisa ladeada—. Ya no tiene nada con qué negociar. Latsis nos entregó los documentos de nulidad y las pruebas fabricadas. Si tío Petro intenta algo, cavará su propia tumba legal.
Caminó hacia mí, acortando el espacio que siempre nos había impuesto el contrato, las deudas y el miedo. Se detuvo tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
— Fernanda... anoche, antes de que todo esto estallara, te dije que había algo que no cabía en ninguna grabación.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza errática. Traté de buscar mi chispa, mi defensa habitual de bromas y sarcasmo, pero no la encontré. Estaba desarmada.
— Alexander, no tienes que decir nada por gratitud. Hicimos lo que teníamos que hacer para salvar la finca y...
— No es por la finca —me interrumpió, tomándome suavemente de los hombros. Sus manos eran grandes y firmes, un ancla en medio de mi confusión—. Legalmente, el Consejo ya no puede tocarnos. Podría darte tu cheque ahora mismo, tus deudas en México están saldadas y dejar que vuelvas a la universidad, a estudiar lo que quieras, a que vuelvas a tu vida, a todo lo que sacrificaste por venir a este desastre.
Sentí un nudo en la garganta. Era lo que quería desde el principio, ¿no? Volver a casa, ser libre, ser alguien que fuera el orgullo de mi familia por mis logros... es lo que siempre soñé. Entonces, ¿por qué la idea de marcharme se sentía como una sentencia de exilio?
— ¿Eso es lo que quieres? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Qué me vaya?
Alexander soltó un suspiro largo y me atrajo hacia él, eliminando el último centímetro de distancia. Me rodeó la cintura con sus brazos y, por primera vez, sentí que su cuerpo temblaba ligeramente. El León de Atenas también tenía miedo.
— Lo que quiero es que te quedes —confesó contra mi frente—. No porque un papel lo diga. No porque tío Petro nos vigile. Quiero que te quedes porque este lugar no es una casa sin ti. Porque yo no soy el mismo hombre cuando no estás cerca para decirme que soy un idiota o para tirar plumas de oro al café.
Me separé un poco para mirarlo a los ojos. Busqué cualquier rastro de duda, de frialdad corporativa, pero solo encontré una vulnerabilidad cruda y hermosa.
— Sabes que soy un desastre, ¿verdad? —le dije, intentando sonreír a pesar de las lágrimas—. Que voy a seguir usando mis Vans de flores, que voy a intentar arreglar la plomería y que probablemente termine quemando la cena de vez en cuando.
Alexander soltó una carcajada corta y me pegó más a él, su mirada bajando hacia mis labios.
— Prefiero tu desastre que la perfección de cualquier otra mujer en el mundo, Fernanda. Quédate conmigo. No como un contrato, sino como mi esposa. De verdad.
— ¿Estás seguro? Apenas y nos conocemos. No sabemos mucho uno del otro. ¿Crees que funcionará?
— Estoy seguro. Tenemos toda una vida para conocernos. Sé mi esposa, te acepto con tus Vans y con el caos que trajiste a mi vida.
No esperé a que dijera nada más. Me puse de puntitas, rodeé su cuello con mis brazos y lo besé. Fue un beso que sabía a victoria, a alivio y a la promesa de un futuro que ninguno de los dos había planeado.
Fue el beso que selló el pacto más importante de nuestras vidas, uno que no necesitaba notarios ni testigos, solo dos corazones que finalmente hablaban el mismo idioma. Cuando nos separamos, Alexander me miró con una intensidad que me hizo arder la piel.
— Bien —dijo, recuperando un poco de su tono de mando, aunque con una sonrisa—. Ahora que eso está resuelto, tenemos un viñedo que preparar para la cosecha y un tío en Atenas que necesita aprender una lección sobre la familia.
— ¿Vamos a pelear? —pregunté, sintiendo una chispa de emoción.