Alexander
Tres meses. Habían pasado noventa días desde que Andreas Latsis huyó de la Finca Aris con el rabo entre las piernas, y el cambio en la propiedad era casi milagroso. Pero el cambio más profundo no estaba en los viñedos, ni en los surcos de tierra que ahora rebosaban de vida, sino en cómo me despertaba cada mañana.
Durante años, mi despertador había sido el sonido metálico de las notificaciones de la bolsa de valores o el zumbido impersonal de una ciudad de cristal. Ahora, el despertador era el calor de Fernanda a mi lado, su respiración acompasada y ese aroma a café recién colado mezclado con el aire salino de Corfú que subía desde la cocina.
Me quedé unos segundos observándola antes de levantarme. Quién hubiera dicho que la mujer que llegó con unas Vans de flores y una maleta llena de deudas terminaría por reconstruir los cimientos de mi propia cordura.
Esa mañana, el aire de la isla estaba cargado de un aroma dulce, denso y terroso. Era el día de la primera gran cosecha. Bajé las escaleras, terminando de abotonar mi camisa de lino, y el bullicio del patio me recibió como una bofetada de energía pura.
— ¡Alexander! —gritó Fernanda desde el centro del patio, agitando una mano enguantada—. ¡Si no bajas ahora mismo, Nikitas se va a beber todo el vino de reserva antes de que empecemos a cosechar para el aceite de olivo! ¡Y ya sabes que cuando Nikitas se pone alegre, empieza a cantar canciones de Eurovisión y no hay quién lo pare!
Sonreí, una reacción que antes me resultaba extraña y que ahora era mi estado natural. La encontré rodeada de trabajadores locales; hombres y mujeres que antes me miraban con desconfianza y que ahora la trataban a ella como a una santa o, mejor aún, como a una de los suyos.
Fernanda hablaba un griego chapurreado, lleno de modismos mexicanos y señas exageradas, pero se entendía con ellos mejor que cualquier traductor oficial. Me acerqué a ella por la espalda y la rodeé por la cintura, ignorando las miradas cómplices de los trabajadores. Ella se apoyó en mi pecho, soltando un suspiro de satisfacción que me vibró en los huesos.
— Mira eso, Alex —susurró, señalando hacia el sector norte, una ladera que yo siempre había considerado terreno muerto—. ¿Ves ese resplandor plateado entre las hierbas?
— Lo veo. Parece que algo ha brotado allí donde solo había piedras —respondí, intrigado.
— ¿Te acuerdas de aquellas cajas que estaban en mi oficina improvisada? Esas que tenían los sobres de papel encerado con inscripciones en una letra casi ilegible. Eran semillas, Alex. Semillas que Eleni recolectó y guardó como si fueran diamantes. Las mandé sembrar a escondidas con la ayuda de Nikitas y del viejo Kostas mientras tú estabas encerrado con los abogados en Atenas.
Me quedé mudo, mirando la ladera. Era una variedad antigua de hierbas aromáticas y flores silvestres que, según decían las leyendas de la isla, se habían extinguido hace décadas.
— Eleni no solo guardaba recuerdos en su diario, Alexander —continuó Fernanda, girándose en mis brazos para mirarme a los ojos—. Guardaba el futuro. Ella sabía que llegaría alguien que amara esta tierra tanto como ella. Esas plantas son el ingrediente secreto. Hoy las recolectaremos para el primer prensado. Nuestro aceite no será solo puro, será único. Tendrá el aroma de la memoria de tu madre.
Sentí un nudo en la garganta que apenas me dejó articular palabra. Mientras yo peleaba con leyes y contratos, ella había estado rescatando el alma de mi familia.
— Lo logramos, Fernanda. La tierra respondió porque tú le devolviste el agua, pero sobre todo porque ella guardaba secretos que solo esperaban a alguien con el corazón lo suficientemente puro para escucharlos.
— Nosotros respondimos, Alexander —corrigió ella con esa firmeza que tanto me gustaba—. Juntos.
La paz fue interrumpida por el sonido de una tableta electrónica. Nikitas se acercaba con su habitual caminar despreocupado, pero había algo diferente en él. Durante años, lo había etiquetado como un vago, un holgazán que se gastaba la fortuna familiar en fiestas y trajes de marca.
Qué equivocado estaba. Hacía apenas una semana, Nikitas me había confesado, entre copas de vino, que era el cerebro detrás de tres de las aplicaciones de gestión logística más exitosas del mercado bursátil europeo, vendidas bajo un pseudónimo por millones de euros.
Mi primo no era un parásito; era un genio que prefería que el mundo lo subestimara para que nadie lo molestara mientras construía su propio imperio.
— Siento interrumpir el idilio bucólico, primos, pero el mundo real acaba de llamar a la puerta y trae un olor a naftalina y malicia —dijo Nikitas, extendiendo la tableta con una mueca de asco—. Mi querido padre, el encantador Tío Petro, ha enviado una invitación formal para la Gala Anual del Consejo de Familia en Atenas. Es este fin de semana.
Fernanda se tensó en mis brazos. La mención de Petro siempre traía de vuelta el frío de las amenazas legales.
— ¿Una invitación? —pregunté, tomando el dispositivo—. Petro no invita, él tiende emboscadas.
— Exacto —asintió Nikitas, cruzándose de brazos—. El rumor en las oficinas de Atenas es que Petro está convencido de que la Finca Aris es un cementerio de dinero. Cree que tu silencio estos meses significa que la cosecha ha sido un desastre absoluto. Planea usar la gala para pedir tu destitución formal y la venta inmediata de la propiedad a ese consorcio hotelero que le está pagando por debajo de la mesa. Quiere humillarte en su terreno.