Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 38.

Fernanda

Atenas era un mundo de cristal, mármol y cuchillos afilados escondidos tras sonrisas perfectas. El hotel donde se celebraba la gala del Consejo de Familia gritaba opulencia por cada poro; el aire mismo olía a perfumes caros y a un poder que se heredaba por sangre, pero se mantenía con crueldad. Mientras me miraba en el espejo de la suite, apenas podía reconocer a la chica que llegó a Grecia con una maleta rota y el corazón lleno de deudas.

El vestido que Alexander había mandado a hacer era de un verde esmeralda profundo, de seda pesada que caía como agua hasta el suelo. No era el vestido de una "oferta" de tienda por departamentos; era el vestido de una reina que no necesita corona para ser reconocida.

— Estás espectacular —dijo Alexander, apareciendo detrás de mí. Él vestía un esmoquin negro impecable que resaltaba su porte atlético y esa mandíbula de acero que solía intimidar a medio mundo corporativo. Ya no era el hombre desaliñado y huraño de la finca; era el León de Atenas en todo su esplendor, pero ahora sus ojos tenían una luz diferente cuando me miraban. Ya no era un depredador acechando a su presa, era un compañero admirando a su igual.

— Me tiemblan las piernas, Alex —confesé, girándome hacia él y ajustándole la pajarita—. Esos hombres de ahí abajo... son los que iban a usar la enfermedad de tu madre como un arma. Los que te llamaron loco para robarte lo único que te quedaba.

— Y hoy son los que van a ver cómo se reconstruye lo que intentaron romper —respondió él, tomándome de las manos con una calidez que me devolvió la calma—. No bajes la mirada ante nadie, Fernanda. Tú tienes más honor en un solo dedo que todos ellos juntos en sus cuentas suizas. Recuerda quién eres: la CEO de Aris & Co.

Bajamos al salón principal por la gran escalinata de mármol. El murmullo de las conversaciones, el tintineo de las copas de cristal y la música de cámara se detuvieron casi en seco cuando entramos. Sentí cientos de ojos clavándose en nosotros como alfileres: ojos llenos de juicio, de una curiosidad morbosa y, sobre todo, de una envidia que se podía cortar con un cuchillo.

— ¡Alexander! —la voz de Tío Petro tronó desde el centro del salón, rompiendo el silencio sepulcral.

Caminó hacia nosotros con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos gélidos. A su lado, varios miembros del Consejo observaban la escena como buitres esperando el primer signo de debilidad en la presa.

— Sobrino, qué sorpresa que hayas decidido honrarnos con tu presencia. Y con... la señorita. Pensamos que Corfú los había tragado o que habías decidido retirarte permanentemente por "razones médicas". Latsis nos dio informes muy... preocupantes sobre tu estado de salud y la viabilidad de la finca.

Alexander ni siquiera parpadeó. Mantuvo su postura erguida, con su brazo rodeando mi cintura con una firmeza protectora.

— Los informes de Latsis tienden a ser tan ficticios como su ética profesional, Tío —respondió Alexander con una voz clara que recorrió el salón—. Pero no hemos venido a hablar de mi salud. Hemos venido a presentar el balance de Aris & Co.

— ¿Balance? ¿Aris & Co.? —Petro soltó una carcajada burlona, mirando a los demás socios para buscar su complicidad—. Alexander, todos sabemos que esa tierra es estéril y que tu juicio está nublado. La locura de los Vasilakis siempre empieza con la fijación en las ruinas. No nos hagas perder el tiempo con fantasías. El Consejo está listo para votar tu destitución y la liquidación de los activos.

Sentí cómo la rabia de la Leona de Guadalajara despertaba en mi pecho. Di un paso adelante, separándome un poco de Alexander, y sostuve la mirada de Petro con una frialdad que pareció desconcertarlo.

— Hablemos de "fantasías", señor Petro —dije, y mi voz, aunque suave, cortó el aire como un látigo—. Usted menciona la locura. Supongo que se refiere a la enfermedad de Eleni Vasilakis. Es curioso que un hombre con su educación confunda el Alzheimer de inicio temprano con la locura. El deterioro cognitivo es una tragedia médica, no un estigma genético. Usar la vulnerabilidad de una mujer que padeció una enfermedad degenerativa para intentar invalidar a su hijo no solo es científicamente ignorante, es moralmente repugnante.

Un murmullo de asombro recorrió a las esposas del Consejo. Petro se puso rojo de furia, pero antes de que pudiera replicar, continué.

— Antes de que voten por una "tierra estéril", supongo que querrán probar el fruto de lo que mi gestión como CEO ha logrado en solo tres meses.

Hice una seña a Nikitas, quien apareció entre la multitud con una elegancia impecable, sosteniendo la tableta de alta tecnología.

A su lado, una mujer hermosa, de mirada inteligente y sonrisa segura, sostenía una bandeja con pequeñas muestras de nuestro aceite de oliva y copas de nuestro vino.

— Los socios del Consejo no comen muestras, jovencita —escupió Petro, tratando de recuperar el control—. Esto es una reunión de negocios de alto nivel, no un mercado de pueblo en México.

— Tienes razón, suegro —intervino la mujer que acompañaba a Nikitas, dando un paso al frente con una gracia absoluta—. Por eso, como Katerina Vasilakis, esposa de Nikitas y consultora estratégica, he revisado personalmente los contratos de preventa que Aris & Co. ya tiene firmados con las principales distribuidoras gourmet de Londres y París.



#417 en Otros
#186 en Humor
#1463 en Novela romántica

En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 10.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.