Alexander
El ambiente en el salón privado del hotel era asfixiante. Petro nos había arrastrado allí, lejos de los ojos de la prensa y de los socios menores, esperando que entre cuatro paredes de roble pudiera recuperar el control que se le escapaba entre los dedos. Pero el Tío Petro cometió el error de siempre: pensó que el poder se gritaba, cuando en realidad, el verdadero poder se ejerce en silencio.
— ¡Esto es una emboscada! —rugió Petro, lanzando su copa contra la chimenea. El cristal estalló, pero nadie se inmutó—. ¡Nikitas, eres mi hijo! ¿Cómo te atreves a conspirar con este... con este enfermo y su mujer extranjera? ¡Y tú, Katerina! ¡Tu familia le debe todo a mi apellido!
Katerina, que permanecía de pie junto a Fernanda, ni siquiera parpadeó. Cruzó los brazos con una elegancia gélida que recordaba a las antiguas estatuas griegas.
— Mi familia le debe respeto al apellido Vasilakis, suegro, no a sus manejos turbios —respondió Katerina con voz gélida—. Y como abogada del holding, mi lealtad es con la verdad de los balances. Aris & Co. es el único activo que no está sangrando dinero en este momento. Si usted quiere hundir el barco por un rencor personal, yo no seré quien le sostenga el ancla.
Petro se volvió hacia mí, con el rostro congestionado y los ojos inyectados en sangre.
— Alexander, recapacita. Esa mujer —señaló a Fernanda con desprecio— solo está contigo por el dinero. En cuanto firme como CEO, te despojará de todo. ¿Es eso lo que quieres? ¿Terminar como tu madre, solo y delirando mientras una extraña administra tu vida?
Sentí a Fernanda tensarse a mi lado, pero antes de que pudiera intervenir, yo di un paso al frente. El "León" que Petro tanto temía estaba más despierto que nunca.
— Mi madre no estaba loca, Petro. Estaba enferma y sola porque personas como tú prefirieron ocultarla para no "ensuciar" la marca familiar —dije, y mi voz sonó como el juicio final—. Y sobre Fernanda... ella ha hecho por la Finca Aris en tres meses lo que tú no lograste en diez años de "administración". Ella no necesita mi dinero; ella ha creado su propio valor.
Fernanda dio un paso adelante, sosteniendo la tableta de Nikitas. Sus dedos se movieron con agilidad sobre la pantalla, proyectando en el televisor del salón una serie de correos electrónicos y transferencias bancarias cifradas.
— Hablemos de despojar a los demás, señor Petro —dijo Fernanda, con ese temple de la Leona de Guadalajara que me volvía loco de orgullo—. Aquí tengo el rastro de las comisiones que el grupo hotelero "Blue Mediterranean" le ha estado pagando en una cuenta en las Islas Caimán. El plan era simple: declarar la finca estéril, incapacitar a Alexander, y venderle a sus socios por una fracción del precio real para luego cobrar su parte.
Petro palideció. Se aferró al borde de la mesa de caoba, buscando aire.
— Eso... eso no es legal. Esa información fue obtenida de forma ilícita —balbuceó.
— Lo que no es legal es el fraude agravado y la conspiración para delinquir contra tu propio sobrino —intervino Nikitas, dando un paso al frente—. Como experto en sistemas, te diré algo, papá: no existe el borrado permanente cuando yo estoy buscando. El Consejo de Familia ya tiene una copia de esto. En este momento, los socios principales están votando tu expulsión permanente y la revocación de todos tus poderes notariales.
Petro se desplomó en una de las sillas de cuero, como si le hubieran quitado los huesos. El gran titán de Atenas se había encogido hasta convertirse en un anciano amargado y derrotado.
— No puedes hacerme esto, Alexander... soy tu sangre —susurró, con la mirada perdida en el suelo.
— La sangre se cuida, Petro. No se drena para alimentar la codicia —respondí con frialdad—. Tienes dos opciones. O firmas tu renuncia voluntaria a todo derecho sobre Aris y te retiras a tu casa de la montaña en silencio, o entregamos esto al fiscal general mañana a primera hora. Katerina ya tiene redactado el acuerdo de confidencialidad y la renuncia.
Fernanda se acercó a la mesa y deslizó un documento frente a él. Sacó una pluma —una de esas plumas de oro que yo solía usar para firmar contratos sin alma— y se la entregó.
— Firme, señor Petro —dijo ella, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Demuestre que le queda al menos un gramo de la dignidad que le faltó para tratar a Eleni.
Con la mano temblorosa, Petro tomó la pluma. El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el rasgueo del metal sobre el papel. Cuando terminó, dejó caer la pluma, que rodó por la mesa como un despojo de su antiguo poder.
Katerina tomó el documento y lo revisó con ojo clínico.
— Está en orden. Petro Vasilakis ha dejado de ser una amenaza para Aris & Co. —anunció, mirando a Nikitas con orgullo.
Salimos de aquel salón dejando a Petro solo con sus sombras. Al cruzar las puertas y volver al vestíbulo del hotel, el aire se sintió diferente. Más puro. Más libre. Nikitas y Katerina se detuvieron frente a nosotros.
— Bueno, CEO —dijo Nikitas, guiñándole un ojo a Fernanda—. Mañana tenemos la rueda de prensa oficial. Espero que tus Vans estén listas para la alfombra roja, porque los periodistas van a querer saber cómo una estudiante de medicina de México se convirtió en la salvadora de los viñedos griegos.