Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Capítulo 40.

Fernanda

Atenas de noche parecía una alfombra de diamantes bajo el coche de lujo que nos llevaba desde el hotel de la gala hacia la residencia privada de Alexander. Volver a la Mansión Vasilakis me revolvió el estómago, pero no por miedo, sino por el contraste.

Recordé vívidamente cuando llegué aquí por primera vez: me pareció un museo hostil, un monumento al ego masculino con su mármol frío y techos tan altos que hacían que mis problemas se sintieran minúsculos.

Ahora, mientras cruzábamos el umbral, la luz de las lámparas de cristal ya no me resultaba cegadora. Empezaba a verla como mi hogar, o al menos, como el refugio del hombre que amaba.

Al entrar, el silencio era absoluto. No había guardaespaldas apostados en cada esquina, ni secretarias corriendo con agendas, ni rastro del caos eléctrico de la gala. Solo nosotros. Y la señora Petra.

Ella nos esperaba en el vestíbulo, con las manos entrelazadas y una sonrisa maternal que suavizaba la severidad de su uniforme.

— Bienvenidos a casa, señores —dijo con una reverencia suave—. El joven Nikitas me avisó que la noche había sido... victoriosa. He preparado un poco de té y algo ligero, por si gustan.

— Gracias, Petra, pero creo que por hoy hemos tenido suficientes banquetes —respondió Alexander con un tono inusualmente suave.

— Entiendo perfectamente —asintió ella, lanzándome una mirada cómplice que me hizo sonrojar—. Sus cosas ya están donde pertenecen, señora Fernanda. Que tengan una excelente noche.

— Por fin —suspiró Alexander en cuanto Petra se retiró. Arrojó las llaves sobre la mesa de la entrada y se aflojó la corbata con un gesto lento y deliberado que me cortó la respiración. Verlo desarmarse de su armadura de magnate siempre me ponía nerviosa.

— Es una casa hermosa, Alex —dije, dejando que mi vista recorriera las obras de arte que antes me intimidaban—. Pero se siente... un poco fría después de la calidez de Corfú. Es tan perfecta que da miedo tocar algo.

— Era fría porque solo era un lugar para dormir entre reuniones, un escaparate para el Consejo —respondió él, acercándose y tomándome de la mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos, firmes y cálidos—. Pero eso ha cambiado hoy. Esta casa ya no tiene que ser un museo. Ven conmigo.

Subimos la escalera de caracol hacia la planta superior. Al llegar al rellano, mis pies se dirigieron por instinto hacia la puerta de la habitación de invitados donde me había quedado la única vez que estuvimos en Atenas. Pero Alexander no se detuvo. Su mano en mi cintura me guio con suavidad, pero con una determinación clara hacia las puertas dobles de su suite principal.

— Alexander, mi habitación es esa... —señalé hacia atrás, confundida.

Él se detuvo, me miró con una sonrisa cargada de una intención tan ardiente que sentí un calor repentino subir por mis mejillas. Abrió las puertas de su dormitorio y se hizo a un lado. Me quedé sin habla.

No era solo que hubiera llevado mis maletas. Mi maleta de cuero, mis libros de romance subrayados, e incluso mis Vans de flores —esas que él tanto había criticado al principio— estaban allí. Mis cosas estaban perfectamente integradas en su mundo: mi perfume descansaba junto a su loción de afeitar en el baño de mármol; mi bata de seda colgaba junto a sus camisas hechas a medida. Había un jarrón con flores frescas en la mesa de noche que ahora, claramente, era la mía.

— Mandé que trajeran tus cosas esta tarde, mientras estabas con Katerina —susurró él, colocándose detrás de mí, rodeándome por la cintura y pegando su pecho a mi espalda—. Ya no hay habitaciones separadas, Fernanda. No hay contratos, ni mentiras, ni distancias. Si vas a ser la CEO de mi empresa y la dueña de mi vida, quiero despertarme contigo cada mañana, ya sea en medio del campo o en el corazón de la ciudad.

El corazón me dio un vuelco. Ver mi "caos" colorido mezclado con su mundo monocromático era la declaración de amor más real que me había hecho. Significaba que me estaba dejando entrar en su espacio más sagrado.

— ¿Estás seguro de esto, Vasilakis? —pregunté, dándome la vuelta entre sus brazos para colgarme de su cuello, desafiándolo con la mirada—. Soy muy ruidosa por las mañanas, tiendo a ocupar todo el lado de la cama y probablemente llene tu baño de cremas y mascarillas.

— Estoy seguro de que no quiero volver a dormir en una cama donde no huela a ti —respondió, y su voz bajó una octava, volviéndose más profunda, más peligrosa—. He pasado meses deseando este momento sin las sombras de mi familia o el peso de las deudas sobre nosotros. He pasado meses queriendo decirte cuánto te deseo sin que pareciera parte de un trato.

Alexander me besó, pero esta vez no fue un beso de alivio tras la batalla. Fue un beso hambriento, cargado de toda la tensión sexual que habíamos estado acumulando entre discusiones, crisis y silencios prolongados. Sus manos, grandes y expertas, bajaron por mi espalda, recorriendo la seda verde de mi vestido, trazando el camino hasta encontrar la cremallera.

El sonido del cierre bajando fue lo único que rompió el silencio de la suite. Sentí el aire fresco de la habitación en mi piel cuando el vestido cayó a mis pies, quedando como un charco esmeralda en el suelo, pero el calor que emanaba de Alexander era suficiente para incendiar la estancia. Me levantó con una facilidad asombrosa, haciendo que mis piernas se enredaran en su cintura.



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En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 10.02.2026

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