Alexander
Me desperté antes de que el sol terminara de escalar los edificios de mármol de Atenas. Por primera vez en años, no sentí esa opresión en el pecho, esa urgencia de revisar los mercados financieros antes de abrir los ojos. La razón estaba dormida junto a mi brazo: Fernanda, con el cabello desordenado sobre la almohada de seda y una expresión de paz absoluta que me hacía sentir que, finalmente, el León de Atenas podía permitirse ser simplemente un hombre.
Me levanté en silencio y salí a la terraza de mi mansión. Cuando Fernanda despertó una hora después, el sol ya bañaba la Acrópolis con una luz dorada. La vi aparecer envuelta en una de mis camisas de seda blanca que le quedaba enorme, pero que la hacía ver más poderosa que con cualquier vestido de diseñador.
— ¿Vasilakis? ¿Planeando la conquista del mundo antes del desayuno? —preguntó con voz ronca de sueño.
— El mundo puede esperar —respondí, extendiendo una mano hacia ella—. Ven aquí.
Desayunamos frente al Partenón, pero Fernanda no soltaba su teléfono. Estaba concentrada, moviendo los dedos con rapidez y sonriendo frente a la pantalla.
— ¿Se puede saber qué es tan importante para ignorar este café? —pregunté con una ceja levantada.
— Estoy documentando la victoria, Alex —dijo ella, girando el teléfono. Había subido una foto de nuestras manos entrelazadas con la ciudad de fondo. El pie de foto decía: "La Leona ahora tiene oficina con vista. Aris & Co. es real".
— Mis seguidores en México están vueltos locos. Sin embargo, vi que su sonrisa flaqueaba un segundo al deslizar las notificaciones.
— ¿Pasa algo? —pregunté.
— Es Valeria —suspiró, dejando el teléfono sobre la mesa—. No ha dejado de comentar y dar "like" a todo desde que subí la primera foto en Atenas. Ha puesto: "Te ves increíble, Fer. Perdóname, no sabía que las cosas saldrían así. Te extraño".
Me tensé. Valeria fue quien filtró la información del contrato, la que casi nos destruye por un arranque de imprudencia o, más probablemente, por la envidia de ver a Fernanda trabajando y genuinamente feliz. Quizás lo hizo simplemente porque dejó de ser el centro de atención de su familia y no soportaba el brillo de su prima.
— Sigue intentando que la perdones —observé con frialdad.
— Lo sé. Cree que, porque ahora todo salió bien, lo que hizo ya no importa. Pero me vendió, Alex. Me expuso ante Petro —Fernanda miró hacia la Acrópolis con amargura—. Me llevará mucho tiempo perdonarla, si es que lo hago. Por ahora, que vea mis fotos es lo único que va a obtener de mí. La confianza es un cristal que ella rompió en mil pedazos.
Le tomé la mano, apretándola con fuerza.
— Me parece justo. Pero si vamos a ser una pareja pública y vas a dirigir la empresa, hay algo que no podemos seguir postergando, Fernanda. Tu griego. No puedes ir a las juntas diciendo "Opa" cada vez que alguien te ofrece un contrato. Fernanda hizo un puchero, tratando de cambiar de tema.
— ¡Es muy difícil! Las letras parecen dibujos de geometría.
— Necesitas un maestro serio. Y tienes al mejor frente a ti —dije con suficiencia—. He cerrado negocios en seis idiomas. Si puedo manejar a los tiburones de Wall Street, podré hacer que tú hables griego, francés y hasta ruso. No aceptaré un "no" por respuesta. Fernanda soltó una carcajada.
— Ah, ¿sí? ¿El gran Alexander Vasilakis va a dar clases particulares? ¿Y cuál es su método, "Profesor"? — Mi método es la persistencia —me acerqué a ella—. Repite conmigo: Agapi mou.
— Agapi... ¿qué? —arrugó la nariz—. Suena a nombre de medicina.
— Agapi mou —repetí—. Significa "amor mío". Pruébalo.
— Agapi mu... —lo intentó con ese acento de Guadalajara que me volvía loco.
— Un desastre —sentencié, aunque por dentro me derretía—. Tu pronunciación es un crimen contra mis ancestros, pero tu intención es aceptable. Tenemos un largo camino, Leona.
— Veremos si tienes tanta paciencia cuando te pregunte por décima vez por qué la "p" se escribe como una "n" —rio ella, volviendo a tomar su teléfono para grabarme—. "Aquí, mi maestro personal de idiomas. Es muy guapo pero muy estricto. Valeria, si estás viendo esto, no me hables, que el León me va a poner a estudiar".
— ¡Fernanda, deja ese aparato! —protesté, mientras ella corría por la terraza riendo.
Ese momento de ligereza fue el preludio perfecto para el viaje. Nikitas y Katerina nos esperaban en el aeropuerto privado. En el jet, Fernanda no paró de tomar fotos: del paisaje, del café y de un selfie conmigo donde, por primera vez, no puse cara de pocos amigos.
— Valeria va a infartar con esta —susurró, mostrándome la foto donde yo le daba un beso en la mejilla.
— Que infarte lo que quiera, siempre que no se le ocurra venir a Corfú —bromeé.
Cuando el avión sobrevoló las aguas turquesas de la isla y vimos los viñedos verdes extendiéndose como un manto esmeralda, Fernanda grabó todo para sus redes. Aris & Co. ya no era un secreto; era una realidad que el mundo entero estaba empezando a envidiar. Al aterrizar, caminamos hacia la entrada de la propiedad. Saqué la llave del gran portón, pero antes de entrar, miré a Fernanda con total seriedad.